El último informe PISA advierte de una caída en el rendimiento de los adolescentes españoles de 15 y 16 años en todas las competencias, alcanzando el peor resultado de su historia. Especialmente es digno de destacar el batacazo en comprensión lectora, matemáticas y ciencias.
Vamos bebiendo los últimos sorbos del verano, cuando los días se van haciendo más cortos y se van poco a poco bajando las temperaturas. Echamos un vistazo al armario, que ya pide un recoloque y las prendas de entretiempo de ponen contentas porque en breve van a empezar a salir a pasear. Por un lado, miramos con nostalgia y resignación todo lo vivido en verano, que ya pasó y no volverá, y por el otro, anticipamos con recelo y la misma resignación lo que nos viene encima al retomar el ritmo del curro. Pero nuestros hijos e hijas, ¡ay!, esos sí que viven la vuelta al cole como un trago amargo, más fuerte que el tequila con limón. Lo normal es que tengan pocas ganas de empezar, lo cual contrasta con la visión de sus progenitores, que desean que comiencen ya su cole. Y si algo les motiva de entrada, es volver a encontrarse con amigos. Y si algo les desmotiva es todo esto de volver a coger los libros, hacer los deberes y tener que someterse a profes nuevos o ya conocidos, sin contar con cierto miedo porque les han dicho que el curso que comienzan es más difícil que el anterior.
Pero este panorama, que vivimos cada ciclo anual, no es nuevo. Lo que sí que sorprende es el dato del informe Pisa, lo que nos dice que nuestros chicos y chicas de 15 y 16 años han batido la marca histórica de rendimiento más bajo especialmente en ciencias, matemáticas y comprensión lectora. Es decir, que les cuesta comprender un texto, porque leen muy poco. Su lenguaje va poco a poco quedando reducido a monosílabos y emoticonos y encima las personas a las que escuchan, siguen y admiran tienen dificultades para articular frases que tengan cierto sentido gramatical. Escuchan cantantes a los que casi no les entiende lo que dicen y cuando se les entiende, casi mejor no haberlo hecho. Hay que repetirles las cosas varias veces porque no lo pillan. Pero, ¿cómo vamos llegando a esta situación que no será pasajera sino que nos anuncia lo que aún está por llegar?
Creo que como todas las cuestiones, no hay una respuesta única, y sí varios factores a analizar. En primer lugar, el ámbito familiar. Si el león o la leona no leen, es difícil que los cachorros lo hagan. Si en casa, se lo damos todo hecho, pobrecitos para que no sufran, ellos no aprenderán a desenvolverse por sí mismos. Si todo se lo mascamos, ellos se acostumbrarán a tomar papilla. Si pasan demasiado tiempo con dispositivos móviles o electrónicos, eso acabará pasando factura. Nuestros hijos e hijas tienen capacidades mentales, pero a veces se les dormimos con nuestro excesivo proteccionismo o con nuestra dejadez.
Por otro lado, el colegio, en donde nuestros hijos pasan muchas horas. Como en todos los colectivos hay profesionales excelentes y otros que dejan mucho que desear. Muchas veces, que nuestros hijos e hijas disfruten y aprendan con una asignatura depende del profe de tuno. También la burocracia escolar ahoga en muchas ocasiones a los profes y desde luego, las familias tendríamos que ayudar más dando más autoridad a los docentes y recordando a nuestros retoños que hay que obedecer en el cole, que insultar y acosar a otro compañero no está bien y que hay que esforzarse y trabajar.
Finalmente, ya sabemos que educar es un arte. Habría que preguntar a los chicos y chicas de 15 y 16 años por qué no les gusta leer o por qué no les gusta las matemáticas o la ciencia, porque ellos tienen competencias y no son menos inteligentes que los de otras generaciones. Hablo de la motivación, aquello que nos anima, que nos da sentido para realizar una tarea, aunque sea ardua. Sin ella, no hay nada que hacer en la educación de los seres humanos. También hay que pedir a los gobiernos de turno leyes sobre la educación más consistentes y más consensuadas.
Y ojalá nuestros chicos y chicas de 15 y 16 encuentren en el camino de su vida gente, padres, madres, profes, educadores…. que les hagan ilusionarse con la lectura de un libro, no porque toca y porque sí, sino por que leer es una aventura fascinante que nos diferencia, entre otras cosas, de los primates y los cerditos. Y que las matemáticas o la ciencia puede ser apasionante si hay personas que más allá de escupir el temario que toca, logran dar con la tecla de la motivación, diferente para cada alumno, y provocar el deseo de conocer más, de aprender más y de estudiar más.
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