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Niños de finales de agosto
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Niños de finales de agosto

Publicado 07/09/2026 09:33

Antes de ser yo madre, ella ya lo era y me enseñó que, mediado agosto, los niños necesitan cole y se ponen imposibles, deseosos de cambio, de blancas páginas de cuaderno por estrenar. Llega septiembre, sí, y huele a libro nuevo aunque ahora lleguen trabajados por otros, llevados de mano en mano en el banco de libros, en el programa que ahorra a los padres ese dineral obsceno que cuesta la vuelta al cole, como si no hiciera falta para ello más que un bolígrafo, un lápiz y muchas ganas.

Niños que llegan con el aparataje y los útiles que no les harán mejores. Niños de mochilas a reventar de aperos de escritura con los que no saben escribir, de cuadernos que no quieren llenar y libros que cambian a cada curso para decir lo mismo y diferente dependiendo del territorio donde se levante la escuela que cada vez se va quedando más vacía. Niños de zapatillas estrepitosas y pasos perdidos, amigos con los que comunicarse a través de un móvil aunque estén codo con codo en el mismo banco antes de entrar a descubrir que no les ha tocado el profesor que querían, o que su amigo del alma está, precisamente por algo, en otra clase. Niños de babi recién estrenado que lloran un poquito pero que se dejan acunar por la voz de quien les recibe con todo el amor de una clase de infantil llena de colores y sillas diminutas. Niños.

Septiembre llega con calores inusuales, con dorados de uva, membrillos llenos esperando madurarse. La piscina sigue luciendo su azul de deseo, su pátina de tiempo sin horarios porque hace calor, un calor de calima que viene del sur, como las hordas que no tienen sitio en las aulas, sino carpa donde descansar del dolor solitario, el empujón que le dieron en la familia para buscarse la vida y buscársela a todos en una travesía dolorosa. No nos hemos desembarazado de la imagen de los desheredados de la tierra empujados por la horda de indeseables, ahí están, sin lapicero afilado, sin cuaderno donde aprender a leer la verdad. Y nosotros, impotentes, tristes, el cuaderno recién estrenado, los nombres de los alumnos como un rosario de rezos. Los desheredados de la tierra eran una entelequia de los antropólogos, pero ahora los tenemos aquí, jóvenes, ansiosos, feroces en su desesperación, heridos, maltratados, expectantes… y esos niños que no tienen más que una mano tendida donde colocar un lapicero y no ese estuche repleto de colores, ese montón inservible de lujos de papelería. Y el verano, cálido, denso, pesado, nos sigue diciendo que aquí sigue, con las gentes del desastre. Con la pena. Con la cartera vacía y el cuaderno que nadie escribirá.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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