En septiembre, debido a la vuelta de las vacaciones veraniegas, el tiempo se vuelve melancólico. De nuevo, a todos, se nos impone ese recomenzar un nuevo curso, una nueva etapa, dentro de ese tiempo, a la vez cíclico y lineal, que va configurando nuestras vidas.
Es un tiempo de regresos a los lugares habituales en que residimos, para recomenzar una nueva andadura, que conocemos, pero que, a la vez, trae siempre sorpresas y hechos inesperados, ya sea para bien o para mal, como ocurre siempre en la vida.
Pero septiembre es, al tiempo, un mes muy significativo. Las fiestas marianas del día ocho suelen ser muy hermosas en los ámbitos campesinos; lo mismo que las fiestas del Cristo crucificado, que tanto se celebran en nuestras tierras.
Para nosotros, septiembre siempre supone una convocatoria hacia la montaña sagrada, que es la Peña de Francia, en la que –se dice (no sabemos si será cierto)– que se halla el santuario mariano más elevado del mundo.
En todo caso, es uno de los hitos esenciales de nuestro origen. La Virgen de la Peña de Francia, con su leyenda del hallazgo de la imagen mariana vinculada con el Camino de Santiago, aparece citada en nuestra mejor literatura clásica: nada menos que en El Quijote, cuando Don Quijote desciende a la cueva de Montesinos. También en La gitanilla, la hermosa novela ejemplar cervantina. Tirso de Molina le dedica toda una comedia, escuetamente titulada La Peña de Francia. Y tampoco se olvida de ella Lope de Vega.
Era uno de los lugares de retiro predilectos de Miguel de Unamuno, que le dedica hermosas páginas en Andanzas y visiones españolas (1922) y en otros varios escritos. A Blas Infante, el considerado padre de la patria andaluza, le gustaba acudir cuando le era posible a la Peña de Francia.
La imagen que se venera desde hace muchos años es obra del escultor valenciano José Alcoverro (1835-1908), al que se la encargara el P. Cámara (obispo salmantino) en 1890. La imagen antigua, por una serie de avatares, sufrió muchos deterioros y sus restos se hallan en el interior de la actual imagen.
Estos días, aparece la noticia en un prestigioso periódico de Madrid de que una copia fidedigna de la imagen original antigua de la Virgen de la Peña de Francia se encuentra en Villaverde de Pontones (Cantabria), en la residencia particular de la familia Mazarrasa. Y que estos días va a “visitar” el santuario.
Recordemos que uno de los obispos de la diócesis de Ciudad Rodrigo fue José Tomás de Mazarrasa y Rivas, entre 1885 y 1907, en que falleció. La copia fidedigna de la imagen la tienen hoy sus herederos.
Una emoción antigua nos visita estos días, cuando, a punto de celebrarse, un año más, la romería del santuario de la Virgen de la Peña de Francia, acuden hacia su altura serranos y salmantinos de no pocas áreas comarcales de Salamanca, así como también hurdanos y portugueses, convocados por ese imán que la montaña sagrada atesora desde antiguo.
Y tal emoción es, hoy, un buen antídoto contra el ruido y la furia en que algunos quieren convertir un país como el nuestro, sin que para nada se lo merezca.
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