Corría el año 1977 cuando esta novela de Clarice Lispector vio la luz. Se trata de una narración corta, medida y que pocas ganas tiene de contarse. Una fábula sobre el autoconocimiento que se cubre de crítica social para animar a la fortuna más allá de la pasividad. Aquella que se anima a conocer el mundo a través de una radio y repite para sus adentros su ímpetu sin recompensa exterior.
Algo hay de esa “fortuna” en el adoquín. Cuántas personas lo han pisado sin mirarlo y a cuántas ha hecho tropezar pensando que su suerte pertenece a un objeto inanimado. Una cabeza que abstraída maldice su hora y bendice su animadversión. La pregunta tal vez está en quién lo ha colocado ahí, si su intención era terminar su trabajo o elaborar una trampa regida, con desgracia, por el tiempo. Simpático guiño, sin duda. Digamos que el adoquín es más que una piedra. Es un monumento que ha renunciado al siglo para orlarse del misticismo conmemorativo.
Por supuesto, esta piedra la hubo de pisar alguien importante. Si no, no estaría aquí, tan campante, tan intachable. Ahora goza de individualidad porque tiene el nombre y el renombre, la gracia y la desgracia tatuadas. Entonces es una elegida entre tantas para ser reconocida como la muy primitiva, la muy noble e incluso la más bella. La tinta que corre sobre ella adquiere una forma, a veces, de elegía trasnochada. De relato fundacional épico. Es la que cuestiona, pero también la que admite. Se debe a su público como una promesa. Está pasando por su hora de la estrella, por su final redentor. Es aquella que fija los créditos finales con una canción conmovedora, la protagonista indiscutible de la buena vida.
Algo hay de esos créditos finales en la obra de arte. La encuentras por la calle como un icono desmenuzado por el capitalismo. La observas en el lugar de culto rastreando tanto las ausencias como las presencias del devoto. Está en el museo contando ojos tristes y nucas. También está multiplicada en un paraje que obedece a las pisadas y a las lluvias pasajeras. Y te fijas en ella pensando en su otra vida, la que nunca aparece en los libros ni en los artículos. Porque quizás nadie la ha amado tanto para escucharla. Por eso ahí se acaban los créditos, porque no hay hora de la estrella. No hay una fortuna que guíe sus pasos ni mucho menos métrica que los compute.
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