«Cada uno es “el que tiene que llegar a ser”, aunque acaso no consiga ser nunca.»
JOSÉ ORTEGA Y GASSET
«Somos de aquellos que de lo oscuro hacia lo claro aspiran»
GOETHE
Cada año, el primer miércoles de septiembre se celebra el Día Global de la Adquisición de Talento. La fecha nació para reconocer a quienes buscan, atraen y acompañan a las personas que harán posible el futuro de las organizaciones. Pero quizá convenga mirar esta celebración desde una perspectiva más amplia. Porque hablar de adquisición de talento no debería llevarnos únicamente al mundo de las empresas, los currículos, las entrevistas o los procesos de selección. En el fondo, estamos hablando de algo mucho más antiguo y más humano: la capacidad de reconocer el valor de otra persona antes de que ese valor resulte evidente.
Vivimos en una época que ha aprendido a medir casi todo. Medimos resultados, competencias, experiencia, productividad, conocimientos y hasta posibilidades futuras. Los algoritmos pueden analizar miles de perfiles en pocos segundos y establecer semejanzas, probabilidades y patrones. La tecnología puede ayudarnos muchísimo. Pero existe algo que ninguna herramienta puede resolver por completo: la pregunta por el ser humano que tenemos delante.
Porque detrás de un currículum no hay solamente títulos, idiomas, puestos de trabajo y años de experiencia. Hay una historia. Hay decisiones, fracasos, esfuerzos que nadie vio, aprendizajes silenciosos, dudas, deseos y oportunidades que llegaron o no llegaron. Una persona no es la suma de sus credenciales. Es también todo aquello que todavía puede llegar a ser.
Ahí comienza la verdadera adquisición de talento. No cuando se cubre una vacante, sino cuando alguien es capaz de descubrir una posibilidad. No cuando se encuentra al candidato perfecto, sino cuando se reconoce una capacidad que todavía no ha tenido ocasión de manifestarse plenamente. Seleccionar es necesario; reconocer es algo más profundo. Seleccionar compara lo que una persona ha demostrado. Reconocer intenta descubrir lo que puede llegar a aportar.
José Antonio Marina lo resume con una expresión sencilla y poderosa: «el talento es la inteligencia en acción». El talento, por tanto, no es una pieza que una persona posee definitivamente, como quien posee un título o una herramienta. Es algo vivo. Se manifiesta, crece, cambia y se desarrolla en contacto con las circunstancias. Por eso una trayectoria imperfecta no tiene por qué ser una trayectoria sin valor. A veces, precisamente en los caminos difíciles se desarrollan la perseverancia, la capacidad de adaptación, la creatividad o la sensibilidad hacia los demás.
Esta forma de mirar tiene consecuencias que van mucho más allá del ámbito laboral. Una sociedad puede desperdiciar muchísimo talento no porque carezca de personas capaces, sino porque no sabe reconocerlas. Cuando confundimos valor con prestigio, capacidad con títulos o futuro con experiencia acumulada, dejamos fuera a muchas personas que quizá solo necesitan una oportunidad para demostrar aquello que llevan dentro.
José Ramón Pin Arboledas y Pilar García Lombardía hablan de la necesidad de descubrir «yacimientos de talento» allí donde todavía no son evidentes. La imagen es acertada. Un yacimiento no es algo que aparece ya convertido en riqueza. Está oculto. Hay que saber dónde buscar, tener paciencia y reconocer los indicios. Con las personas sucede algo parecido. El talento muchas veces existe antes de que aparezcan los resultados que permiten reconocerlo.
Quizá por eso quienes trabajan en adquisición de talento deberían parecerse menos a auditores y más a jardineros. El auditor comprueba lo que existe. El jardinero mira también lo que puede crecer. No puede fabricar una planta, pero sí puede preparar la tierra, cuidarla y ofrecerle las condiciones necesarias para desarrollarse. Del mismo modo, ninguna organización crea el talento de una persona desde cero. Puede descubrirlo, acompañarlo, darle confianza y construir un entorno en el que ese talento tenga posibilidades de crecer.
Aquí aparece una palabra decisiva: confianza. Muchas personas llegan a convertirse en aquello que alguien vio en ellas antes de que ellas mismas fueran capaces de verlo. Todos podemos recordar a un profesor, un amigo, un familiar, un entrenador, un mentor o un responsable que un día nos dijo, de una manera u otra: «Tú puedes». A veces una frase así no cambia solamente una decisión profesional. Cambia la imagen que una persona tiene de sí misma. El reconocimiento puede convertirse en una fuerza creadora.
Por eso reconocer talento es también una forma de justicia. Significa no condenar a una persona a su pasado. Significa comprender que nadie coincide completamente con sus errores, sus fracasos, su origen o las circunstancias que le han tocado vivir. Significa aceptar que una biografía permanece abierta.
Hannah Arendt escribió que cada ser humano llega al mundo como un comienzo. La frase contiene una profunda esperanza: nadie está completamente terminado. Siempre existe la posibilidad de aprender, cambiar, crecer y sorprender. Mirar así a las personas exige algo que nuestra época acelerada no siempre concede: tiempo. Exige escuchar antes de juzgar, comprender antes de clasificar y mirar más allá de la primera impresión.
También por eso el Día Global de la Adquisición de Talento puede ser una celebración mucho más universal de lo que parece. No habla solamente de quienes trabajan seleccionando profesionales. Habla de todos nosotros. Porque todos tenemos alguna responsabilidad en la manera de mirar a los demás. Un profesor adquiere talento cuando descubre una capacidad escondida en un alumno. Un padre o una madre cuando reconoce una vocación que todavía no ha madurado. Un empresario cuando apuesta por alguien que no encaja perfectamente en el molde. Un amigo cuando descubre en otro una fortaleza que ni siquiera él conoce.
En el fondo, reconocer talento es reconocer posibilidades. Es decirle a alguien: no te veo solamente como eres ahora; también puedo imaginar lo que puedes llegar a ser. Y quizá pocas cosas sean tan humanas como esa mirada.
Y quizá esa sea la verdadera grandeza de esta tarea: descubrir personas antes de que el mundo las haya descubierto. En una época que confía cada vez más en los datos, los algoritmos y las predicciones, sigue siendo necesario alguien que mire a los ojos de otra persona y sea capaz de percibir una promesa. Alguien que entienda que todo ser humano es más que su pasado y que ninguna historia está completamente escrita.
Al final, adquirir talento no consiste en encontrar piezas para que una organización funcione mejor. Consiste en encontrar personas y ofrecerles un lugar donde puedan crecer. Porque cuando una capacidad encuentra una oportunidad, no gana solamente una empresa. Gana también una persona, una comunidad y, en alguna medida, la sociedad entera.
Los procesos terminan. Los currículos envejecen. Las tecnologías cambian. Pero una mirada que supo reconocer el valor de alguien cuando todavía nadie lo veía puede acompañar una vida entera. Y eso, más que una técnica de selección, es una de las formas más nobles de confianza en el ser humano.
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