Tienen las casas andalusíes del Rif un jardín privado, el jardín de la señora donde la mujer laboriosa, constante en su afán hospitalario, se sienta a huir del ruido. En aquella casa de patios blancos, de fuente rumorosa, de niñas que trabajaban como felices esclavas, pese a la exquisita cordialidad con la que nos recibieron, nunca pude, frente al jardín cerrado de la señora de la casa, ir más allá de una breve mirada: árboles juntos, arrayanes tupidos, un poyo de piedra, una fuente donde mojar las manos, flores breves y menta para ser tronchada en la tetera diaria. Y un rumor de chilaba de colores al paso del misterio. El jardín secreto de la señora donde huir de sus infinitas responsabilidades, de una casa con salón para los hombres, cocina siempre presta a dar de comer al hambriento. Y niñas, niñas que eran criadas pese a su brevedad, subiendo y bajando las escaleras del laberinto. El Rif con sus pueblos blancos de quienes fueron expulsados de un Al-Andalus medieval.
Niñas que deambulan ahora por las calles de nuestro desconcierto. Porque se supone que somos Europa, que somos civilizados como los animales. Que no metemos a la gente en un camión y les empujamos al abismo de lo incierto. Niñas que esperan, los ojos grandes, la calle palpitando de desidia, de angustia, de hastío. Y el mar como sola frontera. Y la falta, la falta de agua, comida, un lugar donde inclinarse a ser humano lejos de la vista de todos, un lugar para bañarse lo más secreto, un lugar donde recibir esa mirada lejana de desespero. Porque desde el privilegio y a través de la pantalla, miramos con desesperación, con impotencia, con hastío, y a esa niña menesterosa, a esa madre sola arrastrando a sus crías, quisiéramos decirles que no, que nosotros somos diferentes.
Sigo pensando en aquel jardín cerrado, aquella quietud en medio de la casa llena. El hombre al que había que servir, las niñas criadas, criadas en la casa para ser lo que eran, y después, quizás casarlas. Niñas, niñas, niñas rumorosas como la fuente, vestidas de colores, delgadas, rápidas, reidoras, la cabeza aún descubierta. Niñas que ahora vagan por la calle, ocultándose mientras pasan los días, pasan las gentes con sus micrófonos, con sus carpetas ministeriales, con su deseo de ayudar y sus bocadillos que no son suficientes. ¿Qué pasará cuando llegue la hora de la escuela, del cuaderno, del trazo de los lápices? ¿Qué pasará cuando pensemos en otra cosa y siga la calle llena, la morgue ahíta, los hombres acechando un futuro imposible? Y las niñas que flotaban sobre los escalones blancos, encalados, de aquella casa laberíntica y antigua, empujadas por el viento de un país que no ama a los suyos, condenadas a las calles inhóspitas de quienes nos llamamos Europa y le bailamos el agua al sátrapa que no pensó nunca en ellas. Niñas.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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