A raíz de los acontecimientos que, desde finales de julio, con esa masa humana arrojada en tromba contra Ceuta, como un indudable mecanismo de agresión (geopolítica manta; algo que no se analiza casi todos estos días posteriores), hemos reflexionado sobre esa gran diferencia entre patriotismo y patrioterismo.
El primer deber ético (desde la ética occidental, tanto civil como cristiana) es el de proteger a los seres humanos, a todos los seres humanos, sean del origen que sean y de la condición (geográfica, social, económica, étnica…) que sean.
Pero no. Ese deber está siendo pisoteado, hoy, en todo el mundo. Racismos y xenofobias mandan. En guerras, genocidios de pueblos; políticas de inmigración; deportaciones de seres humanos al corazón de África, continente con el que nada tienen que ver; y otras lindezas por el estilo, como aparecen a diario en los medios de comunicación.
Olvidando que, por el hecho de serlo, todo ser humano es sagrado, es sujeto de sacralidad. Un olvido que es una de las contravenciones de todas las cartas que, desde el siglo XVIII hasta hoy mismo, se han escrito y firmado en pro de los seres humanos y de los derechos humanos y civiles.
Y, entre nosotros, enseguida, en lugar de adoptar una responsabilidad social y de cooperación, ante un problema que se nos ha endosado, se adoptan actitudes irresponsables de patrioterismo.
No se acude a las reuniones, se viaja a Ceuta para atizar la crispación y otras mil lindezas a las que nos tiene acostumbrados el patrioterismo, disfrazado casi siempre con la piel de oveja del patriotismo.
Porque, desde hace tiempo, entre nosotros, el patrioterismo tiene secuestrado al verdadero patriotismo, que es luchar de modo responsable por el bien común de nuestro país, arrimando cada cual el hombro desde su situación y desde su posición, tanto las personas como los grupos políticos y sociales, como los gobernantes (sean del color que sean).
El patrioterismo, sí, tiene secuestrado al patriotismo. Pero esto no es nuevo en nuestro país. Ya Antonio Machado, en Juan de Mairena y otros escritos, nos lo advertía: los señoritos están todo el día con el nombre de España en la boca, pero, a la hora de la verdad, cuando llegan situaciones graves, en que hay que defender al país, los señoritos desaparecen y es el pueblo quien lo defiende, al país, a España.
El aserto machadiano sigue teniendo hoy mucha vigencia entre nosotros.
El patriotismo sigue hoy, entre nosotros, secuestrado por el patrioterismo.
Y uno de los rasgos de este último es su irresponsabilidad, su despreocupación del bien común.
Estos días, habría que ir a Ceuta no a pasearse, a crispar a su población y a sacar tajada. Sino a arrimar el hombro, a tratar de poner las soluciones que estén a nuestro alcance de un problema que, desde fuera (geopolítica manda), se nos ha creado y endosado.
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