Cuando veo el poco -más bien poquísimo- interés que tiene este gobierno a la hora de dotar a España de los medios necesarios para garantizar nuestra soberanía e independencia, no ya como profesional que fui de las FAS, sino como un español más, debo contar hasta tres para no incurrir en la exageración ni en el conformismo. El problema que surgió cuando Trump criticó el continuo incumplimiento de España a la hora de emplear , según acuerdo de la OTAN, el 5 % del PIB en la actualización de armamento y material de guerra, ya venía de atrás. Sánchez dejó bien claro que, mientras él sea presidente, España no pasará del 2 %. De entrada, para alcanzar ese escaso 2 % ha debido empezar por la adquisición de material inexistente, o reposición del obsoleto. Seguimos a la cola de los miembros de la OTAN, lo que ha ocasionado un claro rechazo de los demás y, especialmente, una velada amenaza de EE.UU.
Los acontecimientos, por desgracia, han venido a confirmar la conveniencia de un cambio radical en la postura de este gobierno. Ahora más que nunca, el mundo parece empeñado en volver a colocarse en los dos bandos de siempre y repetir las tristes y graves consecuencias vividas en el siglo pasado. La prepotencia de unos y la ambición de otros hace que se vaya estirando la cuerda hasta que acaba rompiéndose. Otra forma de encender la mecha viene dada por el hábito de apoyar subrepticiamente a terceros -generalmente, organizaciones terroristas- para que los verdaderos interesados puedan encontrar la excusa necesaria para intervenir abiertamente en el conflicto.
Atravesamos una nueva escalada porque la superioridad de las grandes potencias pasa por fases de pérdida de hegemonía ocasionando la debilidad de algunos organismos internacionales y haciendo que otras potencias de carácter más regional quieran competir en el control del poder territorial. Ante esta situación, posiciones como la de Sánchez, ancladas en un anacrónico pacifismo, responden a mundos idílicos que en nada se parecen a la triste realidad. No es precisamente el mejor momento para no contar con los suficientes medios para repeler una agresión o colaborar a la ayuda de un socio
Hay políticos que aún no se han enterado de que las guerras suelen ser el resultado de sus malas decisiones. Por triste que parezca, conviene recordar el viejo aforismo: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”. Los políticos sensatos, y eficaces, establecen una serie de prioridades: educación, sanidad, vivienda, empleo, bienestar, pero sin olvidar el orden y la seguridad, tanto interior como exterior. Para ello, es imprescindible contar con los fondos suficientes. Por desgracia, España no es de los países que pueden permitirse “alegrías”, pero sí emplear los suyos con equidad y, sobre todo, con justicia; algo que hoy día deja mucho que desear. Vayamos por partes.
Un país como el nuestro, con más de veinte ministerios, montañas de altos cargos y exagerado número de asesores, responde más a la necesidad de buscar una nómina para los allegados que a desempeñar misiones esenciales. Naciones más poderosas que la nuestra solucionan sus problemas eficazmente con la tercera parte de personal. Si sumamos las cantidades que se asignan a fundaciones, sindicatos, o colectivos convertidos en caladeros de votos, fondos sobre los que no suele haber el imprescindible control, encontraremos cantidades que, debidamente empleadas, podían mejorar alguna de las verdaderas necesidades.
Cuando cualquier mortal intenta criticar las actitudes de políticos que le parecen abusivas o alejadas de la legalidad, el primer calificativo que se le aplica es el de demagogo. Es la muletilla de quien niega los hechos o no tiene intención de reconocerlos. A pesar de ello, me atrevo a recibir ese calificativo si digo que nuestro presidente del gobierno, y no pocos de sus “machacas” -ordenanzas con cartera- están empleando medios de transporte y recintos del patrimonio estatal con demasiada alegría, y no siempre con el conocimiento del sufrido ciudadano que ha llegado a la conclusión de que, en España, lo único que funciona es Hacienda.
Nuestras FAS están atravesando un momento muy delicado. Por un lado, su participación en misiones en el extranjero, está dejando bien alto el pabellón de la preparación y la eficacia, algo de lo que todos debemos sentirnos orgullosos. Sin embargo, no todo son satisfacciones. Nuestros medios no son todo lo modernos que sería necesario y, cuando las unidades salen al exterior procurando no desentonar, lo hacen dejando las de dentro con una capacidad de respuesta bastante reducida. Como ex miembro del Ejército de Tierra, quiero dejar constancia de un caso concreto.
El 25 de agosto de 2020, el Ministerio de Defensa firmó un primer contrato para la adquisición de 348 vehículos VCR 8x8 Dragon, imprescindibles para la verdadera eficacia de las Armas de Infantería y Caballería, y en sustitución de los viejos BMR y VEC. El contrato señala la participación de la industria nacional en un 70 % del importe total -2.520 M€, pero el conflicto judeo palestino ha dado al traste con la operación y el contrato ha sufrido un brusco frenazo. El 30 % restante se encargó a la tecnología de Israel. Como consecuencia del embargo decretado según informaciones publicadas, hasta esta fecha se han recibido menos de la mitad de los vehículos comprometidos. Pero el problema tiene difícil solución porque los no entregados ya disponen de algunos elementos suministrados por Israel, aunque faltan otros de vital importancia y, según el RD/2025, quedan prohibidas las importaciones y exportaciones con Israel de materiales de defensa y tecnologías de doble uso. Para que no haya dudas, se especificaba que el embargo afectaba al vehículo Dragon por incluir operaciones que tienen autorizaciones pendientes.
Ahora mismo, el Ejército de Tierra carece de los vehículos imprescindibles en cualquier conflicto armado y no se sabe el tiempo que transcurrirá hasta que los tenga. Una vez más, este gobierno nos ha metido en un callejón sin salida y, para solucionar la situación, está haciendo lo mismo que en Ceuta: NADA.
Mientras lo piensa, debería prestar más atención a nuestra gigantesca Deuda. Para ello deje de dilapidar los fondos prescindiendo de lo superfluo que malgasta, tanto en faustos que rozan la malversación como en dispendios distribuidos alegremente al personal no español que se pretende pedir un posible voto, a la vez que desoye las necesidades más perentorias. Ha llegado la hora de olvidarse de que el dinero público no es de nadie.
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