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Los mal pagados ángeles de la guarda
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COLES DE BRUSELAS, 139

Los mal pagados ángeles de la guarda

Publicado 23/08/2026 16:20

A los que no creemos en milagros no nos queda más fe que la ciencia; y yo diría que, a los que tienen fe, también les conviene creer en ella. Y lo afirmo después de haber estudiado un bachillerato y dos carreras de letras, haber defendido las humanidades con uñas y dientes, insistir a mis hijos para que escogieran el latín como optativa y hacer de mi vida un eterno río de libros escritos, reseñados, leídos y por leer; después de todo eso aquí lo digo alto y claro: lo único que nos salva, nos proporciona el progreso justo y nos libra de pandemias, plagas y enfermedades, nos trae el alimento a casa sin sus muchas bacterias, el agua limpia que corre por el grifo y hasta nos ha permitido distraernos durante unos días con un fenómeno astronómico, lo único, insisto y no me cansaré: la ciencia.

La ciencia que desdeñamos todos porque no queremos usar nuestros impuestos para financiarla; la que ha sido durante muchos años coto cerrado de hombres cuando las mujeres tienen a priori el mismo talento para entenderla, deducirla y aplicarla. Esa ciencia que ha multiplicado nuestras cosechas, limpiado nuestra atmósfera, inventado cosas tan banales como la luz eléctrica, la penicilina o la leche pasteurizada. La que, a fuerza de golpes, muchos ensayos y muchos errores encontró el átomo, la manera de hacer volar los aviones, usar los rayos X y dormir a los pacientes cuando se les opera. La que inventó la lavadora, los pañales desechables, las cremas antiarrugas y el Ibuprofeno. Sí, esa ciencia a la que acceden a veces los más listos de la clase, pero que luego no saben qué hacer con sus carreras y se acaban marchando a otros países donde se los rifan, porque en España solo queremos promotores inmobiliarios, empresarios turísticos y jóvenes expertos en unas finanzas que alimenten las dos profesiones anteriores.

Y dentro de esa ciencia, hay una que debería interesarnos especialmente a los que aspiramos a vivir muchos años (que me apuesto que somos casi todos): la medicina que, vaya por Dios, no es una ciencia exacta y exige de quien la aplica, además, ciertas dotes especiales como la humanidad, la empatía y el valor para tomar decisiones sobre las vidas ajenas. Por circunstancias especiales y mías, soy una firme defensora de la medicina y los médicos desde hace casi tres años y no pasa un día sin que proclame que en estas sociedades malcriadas en las que vivimos, no le damos el valor que tiene a lo de llamar al médico y que el médico acuda. O que cada ciudad de mediano tamaño tenga hospitales con quirófanos, servicios de urgencias, atención para partos, suficientes medicamentos, anestésicos y barbitúricos varios para hacernos pasar los malos tragos sanitarios que a todos nos tocan alguna vez. Nos parece tan normal y corriente como darle al interruptor y que se encienda la luz; y nos parece igualmente normal que esas meritorias gentes que estudian ocho o diez años una carrera difícil y después opositan, se inflan a hacer guardias y salvan vidas cobren menos de dos mil euros mensuales, que es lo que se deja en propinas cualquier famosillo de medio pelo en una discoteca de Ibiza.

En el país donde soy expatriada, decidieron hace unos años, a saber por qué, hacerles la vida imposible a los maestros y profesores; algún día pagarán por ello. En mi patria querida, hicieron lo mismo con los médicos que ahora me encuentro por los pasillos de un hospital de Bruselas donde paso algunas horas varios días por semana; y me cuentan que trabajan aquí porque allí son menos que nadie y cobran de esa manera escasa. En este hospital que estos días frecuento, veo jóvenes tan preparados como astronautas manipular máquinas, goteros automáticos, pantallas de ordenador y scanners con la misma agilidad y seguridad con la que yo tecleo estas palabras. No sólo son científicos, además salvan vidas y, de paso, siempre tienen una palabra amable y una mano que te aprieta el brazo en los muchos momentos malos que tienen los que acompañan al enfermo. Son de Albacete, de un pueblo de Huelva o de Burgos, hablan francés e inglés, les gusta tratar a pacientes españoles y llevan pegada al rostro la sonrisa de los ángeles de la guarda, que es lo que son. ¿En serio que, como país, nos podemos permitir semejante fuga de talentos salvadores?

Queridos contribuyentes y/o votantes: los que deciden acabar con los que enseñan y curan no pueden ni deben gobernarnos, independientemente de otros valores de los que presumen o carecen. Es una idea muy simple; denle una vuelta la próxima vez que se acerquen a una urna electoral.

Concha Torres.

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