Las olas del verano, de aliento salado o de rematado calor, arrastran a la orilla los objetivos menospreciados durante el resto del año. Físicamente, creemos adolecer de los designios fallidos de la “Operación Bikini”, del moreno de contrabando y la dureza del pelo típica de una humedad relativa del 75%. Ideológicamente, tendemos a un estoicismo malentendido que nos hace perder el foco, por ejemplo, de cuestiones sociales o ambientales. Es cierto que cada día nos levantamos con un nuevo incendio forestal amenazando nuestros montes y campos, tan patrimonio como las grandes catedrales que se alzan en las ciudades europeas. Y, aunque encontramos a los culpables, no somos capaces de traducir la dolorosa experiencia en una necesaria sabiduría. Incluso el humo de los incendios puede ser opacado por un destino perfecto de vacaciones. Un viaje prometido en redes sociales y alimentado por las expectativas de que hay que viajar mucho. Como si eso nos hiciera mejor personas o nos educase en valores por ciencia infusa.
Desde mi adolescencia he estado reflexionando sobre la vida en una ciudad de indudable atractivo turístico. Las calles son trasuntos de una torre de Babel perdida donde únicamente puedes distinguir a los grupos por su capitán armado por un paraguas. “¿En cuántas fotos de turistas habré salido sin quererlo?” me preguntaba inocentemente sin ver que la ciudad comenzaba a alquilarse en parcelas hasta desintegrarse en Airbnb, cadenas de comida rápida, cafés de especialidad. Mucho más cómodos y modernos para el consumo puntual que para la vida diaria. De tal manera que nuestro maltratado centro histórico se parecía, sospechosamente, al resto de centros repartidos por España. Ello conllevaba una subida de precios disparatada que cumple a la perfección con el proceso de gentrificación. Así, un centro cada vez más lleno de gente se vaciaba, irónicamente, de personas.
Quizás entendemos que “vivimos del turismo”. Sin embargo, cabría preguntarse quién vive exactamente del turismo y a quién beneficia. El plural mayestático encierra una capciosa intención que busca mantener el status quo del ritual turístico. Por ello, una vez detectada la trampa, convendría rastrear a los tramposos.
Seguramente sea el primero en caer en el pecado del turismo. Viajo a lugares medianos en tamaño en búsqueda de una sorpresa mayúscula. Rostros tendrán los santos, amplios parajes los albergarán. Entro en sus iglesias y museos para después rendirme exhausto en una terraza cualquiera, precisamente ejerciendo el turismo. Es aquí cuando termino extrañándome de las ausencias. No he visto a nadie que viva “ahí”, solo viviendas turísticas y pasajeros de la ordinariez publicitaria. Hasta que traspaso la pared y solo hay silencio. Un silencio que tiene la voz de una audioguía que describe tiempos pretéritos en tono de cantar de gesta. Una audioguía que no dice nada. Una audioguía que tiene la voz artificial de quien no conoce el lugar del que habla.
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