Jueves, 20 de agosto de 2026
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La oscura sombra de la Luna
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EL HORIZONTE EN LA FLECHA

La oscura sombra de la Luna

Foto del autor Carlos Sá Mayoral
Carlos Sá Mayoral
Publicado 19/08/2026 19:42

Desconozco si hay una nueva patología social que niegue la existencia de los eclipses, al estilo de aquellos que niegan la esfericidad de la Tierra y que en el mismo lote desprecian una de las mayores hazañas de la antigüedad: la de Eratóstenes, midiendo con precisión la circunferencia de nuestro planeta usando poco más que un palo. (Terraplanista no, pero confieso ser moderadamente “lunaplanista”…¡llevo 60 años viendo siempre el mismo lado!)

Estos días de atrás, nos ha sorprendido una nueva suerte de “aguafiestistas”, que nos han advertido sobre la intranscendencia de la contemplación en directo de algo que en nuestra península no había sucedido desde hacía 114 años: un eclipse total de Sol. Alegaban estos individuos, que dar importancia a estos fenómenos naturales era propio de izquierdistas que tratan con ello de ocultar las maldades de nuestro gobierno. Siguiendo la misma lógica, suponemos que estarán de los nervios con los ciudadanos de Granada, a los que habrán culpado de intentar hacer lo mismo con la excusa de un terremoto.

El eclipse solo fue un instante, que no nos hizo ni nos hará olvidar a los habitantes de Ceuta ni a los de Gaza, por poner un par de ejemplos.

En fin. Dejo a un lado el campo de la psiquiatría social, porque yo he venido aquí a hablar de mi Luna…

Luna que sin duda ha llamado la atención a todo bicho viviente que con un mínimo de inteligencia ha dirigido su mirada hacia ella.

Hace millones de años los dinosaurios la disfrutaron de mayor tamaño en el firmamento, por estar más cerca de la Tierra –se aleja cada año algo más de 3 centímetros– y los eclipses duraban más tiempo que ahora. Con la aparición del ser humano vinieron las observaciones científicas, culminando con los viajes hacia ella, comenzando con los literarios, tanto en la obra perdida de Antonio Diógenes como en la conservada de Luciano de Samosata, terminando con las misiones científico-propagandísticas “Apolo”, con las que se dio fin al intento soviético de encauzar la ciencia internacional hacia fines constructivos. Con la llegada de un astronauta a la Luna finalizó oficialmente la “Carrera Espacial” para enfatizar con más ahínco en la “Carrera armamentística” que tan pingües beneficios reportó –y reporta– al complejo industrial militar norteamericano y que a su vez asfixió la economía social de la Unión Soviética, al verse obligada a gastar ingentes cantidades de recursos en la fabricación de armas que compensaran las fabricadas por los yaquis.

Pero dejemos las cosas terrenales. Estoy seguro que toda vocación en astronomía ha comenzado con una criatura contemplando la Luna ensimismada.

Por todo esto me ha resultado un poco injusto el protagonismo que adquirió el Sol durante el evento que algunos pudimos contemplar el pasado 12 de agosto. Eclipse de Sol por allí, eclipse de Sol por allá, pero la Luna sin aparecer en los grandes titulares.

Porque fue nuestra vecina cósmica más cercana la que hizo todo el trabajo, con el atrevimiento de interponer toda su esfericidad entre nosotros y la estrella que nos torrefacta en verano. Con su descarada acción consiguió anonadarnos y refrescarnos a los millones de ciudadanos –de cualquier ideología– que pudimos contemplar en la franja del eclipse total un espectáculo que mantendremos en nuestras memorias personales hasta el fin de nuestros días.

Y no fue otro el acontecimiento, tan grande y sencillo a la vez, que conseguir cobijarnos durante unos segundos, diminutos, entusiasmados y sobrecogidos, bajo la oscura sombra de la Luna.

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