Miércoles, 12 de agosto de 2026
Volver Salamanca RTV al Día
El futuro del trabajo ya está aquí
X

El futuro del trabajo ya está aquí

"La tecnología es un siervo útil, pero un amo peligroso."

CHRISTIAN LOUS LANGE.

"El progreso es imposible sin cambio."

GEORGE BERNARD SHAW.

Hoy que el cielo se oscurece por unos minutos, el mercado laboral vive su propio eclipse: la inteligencia artificial no apaga la luz del talento humano, solo redefine dónde debe brillar. Así como un eclipse revela la corona solar que de otro modo permanece invisible, esta transición tecnológica deja al descubierto la verdadera esencia del trabajo: la capacidad de innovar, liderar con empatía y resolver problemas complejos donde los algoritmos no llegan.

La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa de futuro para convertirse en una realidad cotidiana. Está en los hospitales, en los bancos, en las administraciones públicas, en las fábricas, en los medios de comunicación e incluso en nuestras casas. Su capacidad para aprender, analizar millones de datos y realizar tareas cada vez más complejas despierta admiración, pero también incertidumbre. La pregunta ya no es si cambiará nuestra forma de trabajar, porque ese cambio ya ha comenzado. La verdadera cuestión es cómo queremos que sea ese nuevo mundo laboral y qué lugar ocupará en él la persona.

Cada revolución tecnológica ha despertado los mismos temores. Ocurrió con la máquina de vapor, con la electricidad, con la informática y con internet. Siempre hubo quienes anunciaron el fin del trabajo y quienes prometieron una era de prosperidad ilimitada. La historia demuestra que ninguna de las dos posiciones acertó plenamente. Desaparecieron profesiones, surgieron otras nuevas y, sobre todo, cambió la manera de trabajar. Como recuerda el economista David Autor, «las máquinas sustituyen tareas, no necesariamente personas». Esa diferencia es esencial para comprender el momento actual.

Sin embargo, la inteligencia artificial introduce una novedad. Por primera vez, las máquinas no solo realizan esfuerzos físicos o cálculos repetitivos, sino que empiezan a ejecutar actividades que parecían reservadas a la inteligencia humana: redactan textos, analizan imágenes, traducen idiomas o elaboran diagnósticos. Esto explica que muchos trabajadores se pregunten si su empleo seguirá existiendo dentro de diez o quince años.

Europa ha decidido afrontar este desafío de una forma distinta a la de otras grandes potencias. Mientras Estados Unidos ha confiado principalmente en la iniciativa de las grandes empresas tecnológicas y China ha impulsado un desarrollo estrechamente vinculado al Estado, la Unión Europea ha optado por un camino más exigente: combinar innovación con protección de los derechos fundamentales. La aprobación de la Ley Europea de Inteligencia Artificial refleja precisamente esa voluntad de poner límites allí donde los algoritmos pueden afectar a la libertad, la igualdad o la dignidad de las personas.

No se trata de frenar el progreso, sino de evitar que el progreso termine deshumanizando el trabajo. Un algoritmo puede ayudar a seleccionar candidatos para un empleo, pero no debería decidir por sí solo quién merece una oportunidad. Puede evaluar datos con enorme rapidez, pero carece de experiencia vital, de sentido moral y de la capacidad de comprender las circunstancias personales que rodean cada decisión. Como escribió Hannah Arendt, «el mundo humano solo puede ser comprendido por seres humanos». Conviene no olvidarlo en una época fascinada por la inteligencia de las máquinas.

España comparte esa visión europea, aunque afronta dificultades propias. Nuestro tejido empresarial está formado, en su inmensa mayoría, por pequeñas y medianas empresas. Muchas de ellas observan con interés las posibilidades que ofrece la inteligencia artificial para mejorar la productividad, reducir costes o prestar mejores servicios, pero también se encuentran con obstáculos evidentes: falta de inversión, escasez de especialistas y dificultades para incorporar tecnologías que evolucionan a un ritmo vertiginoso. Existe el riesgo de que las grandes compañías aceleren su transformación mientras miles de pequeñas empresas queden rezagadas, aumentando así las diferencias de competitividad y de empleo.

Pero el problema no es únicamente económico. También es educativo y cultural. Durante décadas pensamos que estudiar una carrera o aprender un oficio bastaba para toda la vida. Esa idea ha dejado de ser válida. La inteligencia artificial obliga a aprender de forma permanente. No basta con dominar herramientas digitales; será necesario desarrollar aquello que las máquinas todavía no saben hacer bien: interpretar situaciones complejas, trabajar en equipo, comunicar con empatía, crear, imaginar y asumir responsabilidades éticas.

El premio Nobel Daron Acemoglu insiste en que la tecnología no genera automáticamente bienestar. Todo depende del uso que hagamos de ella. Una inteligencia artificial orientada exclusivamente a sustituir trabajadores puede aumentar los beneficios de unas pocas empresas, pero también incrementar la desigualdad y debilitar la cohesión social. En cambio, si se utiliza para complementar las capacidades humanas, mejorar las condiciones laborales y aumentar la productividad sin expulsar a las personas del mercado de trabajo, sus beneficios pueden extenderse al conjunto de la sociedad.

Esta reflexión adquiere una importancia especial en una Europa envejecida. Cada año disminuye la población activa mientras aumenta el número de jubilados. La escasez de trabajadores ya afecta a sectores como la sanidad, la atención a la dependencia, la industria o determinados servicios especializados. En este contexto, la inteligencia artificial puede convertirse en una aliada para compensar parte de esa falta de mano de obra y mantener el crecimiento económico. Pero sería un error pensar que resolverá por sí sola problemas tan complejos. Ningún algoritmo sustituirá una buena política educativa, una inversión decidida en investigación o unas condiciones laborales capaces de atraer y retener talento.

Existe además un riesgo del que se habla menos y que quizá sea el más preocupante. Podemos acostumbrarnos a valorar a las personas únicamente por su productividad. Si una máquina trabaja más rápido, más horas y sin descanso, la tentación será medir al trabajador con el mismo criterio. Sería una derrota cultural. El trabajo nunca ha sido solo un medio para obtener ingresos; también es una forma de participar en la sociedad, de desarrollar capacidades, de establecer relaciones y de encontrar sentido a buena parte de nuestra vida. Una economía que olvida esta dimensión humana puede ser muy eficiente, pero también profundamente injusta.

Byung-Chul Han ha advertido que las sociedades contemporáneas corren el peligro de convertir al individuo en un simple productor de rendimiento. La inteligencia artificial podría reforzar esa tendencia si no se establecen límites claros. La tecnología debe liberar tiempo para vivir mejor, no para exigir más productividad sin descanso. El verdadero progreso no consiste en que las máquinas hagan todo, sino en que las personas puedan dedicar más tiempo a aquello que ninguna máquina podrá ofrecer jamás: cuidar, educar, acompañar, crear, comprender y amar.

El futuro del empleo humano no dependerá únicamente de la potencia de los algoritmos. Dependerá, sobre todo, de las decisiones políticas, económicas y éticas que tomemos durante los próximos años. Europa tiene la oportunidad de demostrar que innovación y dignidad pueden avanzar juntas. España, por su parte, deberá apostar decididamente por la formación permanente, el apoyo a las pequeñas empresas y una transición digital que no deje a nadie atrás.

Quizá la pregunta decisiva no sea cuántos empleos desaparecerán, sino qué tipo de sociedad queremos construir. Porque el auténtico desafío de la inteligencia artificial no consiste en fabricar máquinas cada vez más inteligentes, sino en conservar una humanidad capaz de utilizar esa inteligencia con prudencia, justicia y sentido del bien común. El futuro no será más humano porque las máquinas piensen mejor, sino porque las personas no renuncien nunca a pensar por sí mismas.

La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.

Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.

La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.

En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.