A mi urbanita provinciano le criaron sin pueblo. Con barrio que lo parecía, eso sí, pero sin pueblo. No sabe montar en bicicleta, los perros y los gatos le parecen de otro planeta y, por supuesto, no distingue el trigo de la cebada ni un barbecho de un espigadero. Pobrecito. Lo suyo no fueron los caminos polvorientos a rebufo del tractor, las parvas de grano, el abuelo que te enseñaba a jugar al dominó y las largas tardes en el corral. Ni se ha bañado en una acequia, ni sabe lo que es una matanza, y, por supuesto, si ve una araña en una pared de adobe o una lagartija entre las piedras de una barda, sale corriendo a por la primera calle asfaltada que se precie. Le falta pueblo, ir a buscar agua a la fuente, cocer la leche antes de beberla y bañarse en un balde de metal porque no hay agua corriente ni más aseo que ir al rincón del muladar.
Pueblo ahora lleno de niños y de chicos que se hacen peña, que se llaman quintos y que pasan el verano inclemente en la calle o en la piscina municipal, que lo de las charcas y las acequias tiene su peligro. Pueblos alegres, llenos, pueblos en los que me gustaría ver disfrutar a mis intensos, estos que han pasado las semanas en la quietud densa de los pisos porque no se puede salir al parque ardiente, lugar donde agotan las vacaciones jugando a la pelota o sentándose juntos con el móvil en la mano. Mis intensos, los más afortunados, van con la Cruz Roja de campamento o a las piscinas municipales a bautizarse de alegría, pero por lo general, pasan este verano inclemente en casa, viendo pasar las horas, dejando que llegue el atardecer para salir a disfrutar de la calle y a caminar sin rumbo porque no hay mucho dinero para gastar por ahí. Ni viaje, ni playa, ni pueblo donde ser libre aunque sea tirando piedras a los cercados y participando en esa fiesta que se llena de colores. Pueblo para vagar sin rumbo, las puertas abiertas, las rodillas llenas de costras. Pueblo en el que llegan los titiriteros del teatro, los conciertos y los de la capital que sueñan con jubilarse y venirse a la casa de los abuelos, a la quietud del campo que ya añora el frescor de finales de agosto, el septiembre quizás más húmedo para retomar el curso de las estaciones, ese curso interrumpido por los incendios, por el calor que hace caer las hojas de los árboles.
No tienen pueblo mis intensos. Tienen barrio que, al menos, es un consuelo compartido. Los amigos, la falta de horarios, la placita que se llena de ecos, la mañana en la que nadie te despierta… y ese helado de palo que nos sabe a verano, verano, verano, verano, el que nos sobra a mediados de agosto, cuando hasta tienen ganas de volver al instituto los chicos, mis intensos. Los que como mi querido urbanita, no tienen pueblo, pueblo, pueblo, pueblo…
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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