La iglesia de Nuestra Señora del Rosario fue una nueva parada de ‘Juan, el espíritu del amor’ de Denis Rafter, dentro de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca
Cuando el público entra y llena la iglesia de Nuestra Señora del Rosario de Cerralbo, todo parece preparado para que comience una representación. Los instrumentos están en su sitio, los actores esperan y el espacio se ha convertido durante unas horas en un teatro. Lo que no se ve son los kilómetros que han sido necesarios para llegar hasta allí.
Cerralbo fue una nueva parada de Juan, el espíritu del amor de Denis Rafter, dentro de la gira promovida por el Área de Cultura de la Diputación de Salamanca con motivo del Año Jubilar de San Juan de la Cruz. La representación contó con la colaboración del Ayuntamiento, la Parroquia y la Diócesis de Ciudad Rodrigo.
Pero en esta gira cada función empieza mucho antes de que se enciendan las luces.
Empieza en una carretera.
El equipo recoge el material en el pueblo anterior, carga instrumentos, equipos técnicos y todo lo necesario para levantar de nuevo el escenario. Después llega el viaje por las carreteras de la provincia. Kilómetros que llevan hasta pueblos pequeños, la mayoría de ellos alejados de las rutas habituales de las grandes producciones culturales.
A través de las ventanillas van cambiando los paisajes de Salamanca. Campos, dehesas, pequeñas localidades y carreteras que parecen conducir hacia lugares donde el tiempo transcurre de otra manera.
Y, al final del camino, siempre hay alguien esperando.
Un alcalde, una concejala, un párroco, un vecino, una asociación o simplemente un grupo de personas que han preparado la llegada de los artistas. Se abre la iglesia y comienza el segundo viaje: el que lleva desde la carretera hasta el escenario.
En Cerralbo, los espectadores, la música, la poesía y la interpretación llenaron Nuestra Señora del Rosario y consiguieron que durante unas horas aquel templo se transformara en un espacio de encuentro. El público siguió la representación con atención y despidió a los cinco intérpretes con una larga y cálida ovación.
Después, desmontar. Recoger. Volver a cargar. Y otra vez a la carretera.
Es una rutina que podría parecer repetitiva, pero nunca lo es. Porque cada pueblo es diferente, cada iglesia tiene su propia historia y cada público aporta una emoción distinta.
Quizá por eso esta gira se pueda medir de una manera diferente. No solo por el número de representaciones, sino por todos los caminos recorridos para hacerlas posibles.
Porque en Juan, el espíritu del amor el viaje no es simplemente el trayecto entre dos puntos. Es también una manera de conocer la provincia, de acercarse a sus pueblos y de recordar que la cultura merece la pena cuando está dispuesta a recorrer los kilómetros necesarios para encontrarse con las personas.