Viernes, 07 de agosto de 2026
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Los libros son para el verano: contar la vida valiente de Julián González Guerras
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Los libros son para el verano: contar la vida valiente de Julián González Guerras

Publicado 07/08/2026 08:18

El autor, ejemplo de una vida de superación, relata en “La vida en ruta” una existencia marcada por la voluntad de superar las adversidades

El hecho de que se publiquen tantos libros y en tan diversas editoriales recién surgidas hace que, en ocasiones, sea la casualidad la que guíe nuestros descubrimientos. Porque es un auténtico descubrimiento el libro de Julián González Guerras “La vida en ruta”, publicada por la editorial Letrame y del que tuve conocimiento a través de Gloria González. Ella, actriz de Komo Teatro, me puso en las manos el libro de su hermano que abrí con cierto descuido… hasta que me di cuenta de que había llegado a la mitad de este relato de vida esforzada que nos habla directamente al corazón, sin necesidad de alardes literarios.

Nace Julián González en Barbadillo, de padre rentero que desplaza a su familia a medida que surgen oportunidades de trabajo. Una familia que crece y que recala en La Maya, donde el autor sitúa sus recuerdos más felices: aprende el valor de un buen relato en las charlas con sus tíos pescadores, disfruta de la naturaleza a la que aprende a mirar con una sensibilidad diferente. Porque esta es una de las sorpresas del relato de toda una vida, surgido a partir del duelo por la muerte de la esposa bien querida. Julián, niño que deja de estudiar, dolorosamente, para trabajar con su padre cuando se instalan como colonos en Nuevo Naharros, tiene siempre una mirada limpia, memoriosa, que se analiza y analiza, que no se engaña y resulta de una sinceridad y una coherencia deslumbrante.

Niño que trabaja, joven que se esfuerza, la vida de Julián es la de tanta gente surgida de la labor, del deseo de ir más allá. Le llama Salamanca, tan cercana, le llama Madrid, tan sorprendente. Y siempre con esa presencia de los suyos, pese a las dificultades. Es el relato de la generación de mis padres, esfuerzo, oportunidad, impotencia ante las dificultades –su relato de cómo limpian todo un campo de malas hierbas, durante un año, es desolador- y amor. El amor que acompaña, que suma, que se solaza en ese progresar que tiene mucho que ver con los barrios, barrios que se llamaban “Prosperidad”, porque eso anunciaban. Familias jóvenes, con fuerza, que se suben al coche pequeño, frágil, con una tienda de campaña por hotel, en la felicidad del pisito compartido con los amigos. Agricultor, obrero, ebanista, Julián parece haber encontrado su camino. Pero la vida da y quita con la misma saña y un accidente hace que pierda prácticamente la visión. La desesperación deja paso a la reinvención y la ONCE le ofrece la oportunidad de trabajar… pero no en Salamanca, sino en un Avilés industrial crudo en la soledad y en el desconocimiento.

Cuando el lector llega al relato de los años asturianos, la admiración por el autor nos deja un temblor de tristeza. El paisaje, la dureza del recorrido de un vendedor de cupones, la solidaridad de estibadores, obreros, gentes del norte tan diferentes a los habitantes de la meseta, se recorren con admiración. Julián González es un hombre de empuje, trae a su familia, se hace hueco en un lugar tan diferente, e incluso, se enfrenta a la estructura monolítica de la organización en la que trabaja. Siempre coherente, el artesano de la madera construye su nueva vida hasta que deciden regresar a Salamanca, donde también encontrarán nuevos escollos que sortear con su particular entereza. Y se suceden entonces los años de jubilación, de los viajes, de la cosecha, de los hijos situados, de esa tranquilidad con la que construye su casa como ha escrito su libro, con libertad, con originalidad, con empeño. Sin embargo, la vida de nuevo muestra el envés de la trama y muere la compañera, la “encargada”, la pequeña tendera del establecimiento de ultramarinos que regentaba su padre en la calle Varillas. La esposa querida y la que sustentó los peores años, tras el accidente que les volteó su vida.

Presentará Julián González su libro en ese Nuevo Naharros que ahora habita y que sabe de tierra difícil, de trabajo duro, de casa de colonos repartida a las familias que nada tenían. Lo hará dedicado a los nietos que deben estar orgullosos de un abuelo que nunca ha detenido su lucha por la vida. Como un personaje barojiano, como un golfillo pícaro a la hora de engañar a su madre para bañarse en el Alhándiga, el niño se convierte en joven, el joven se forja en el esfuerzo y el hombre se entrega a la búsqueda de otros horizontes. Es una vida en ruta que relata con la libertad de quien no busca estilo literario, sino gubia y cepillo para pulir la historia. El ebanista adorna lo necesario, porque sabe que, en este libro, lo importante no es la voluta, sino la madera noble, la que se alza con un empeño que maravilla al lector. Ese que no solo lee la vida azarosa, valerosa, de un ejemplo de superación, sino la de toda una generación de hombres y mujeres laboriosos, a los que nada les fue regalado, y a los que, en ocasiones, se les arrebató el derecho de ir más allá del surco y el esfuerzo.

Charo Alonso.