Me refiero a las orillas de nuestro Tormes que pertenecen a Salamanca capital; ya sé que en otros puntos excepcionales de su recorrido sí está permitido el baño. Pero en nuestra Salamanca la Blanca…hace largos años que, los bañistas, estamos obligados a ir a piscinas, públicas o privadas, si queremos bañarnos.
Volviendo de un viaje vacacional por Castilla y León y parte de la Europa central, llama enormemente la atención cómo grandes ciudades no costeras como París, Hamburgo, Frankfurt o Berlín (ahí siguen en la lucha por conseguir un permiso para todos los días de la semana) tienen las aguas de su río abiertas y limpias para cualquier ciudadano que desee bañarse. Pero no solo en las ciudades europeas por las que he pasado, sino también en varias de nuestras ciudades castellanas (vecinas de Salamanca) tienen sus playas fluviales preparadas: León con su Playa de Toral de los Vados y la de Vega de Espinareda; Zamora con su excelente playa de los Pelambres, pero no la de Valladolid en la actualidad, pues en la Playa de las Moreras de la capital, últimamente está prohibido por problemas con la calidad del agua del Pisuerga. La ciudad más “seca” de toda la Comunidad para bañarse en su gran río Tormes ¡es Salamanca!
Después de haber sufrido el trauma nacional de la cadena de olas de calor que acaba de comenzar a darnos una tregua y de los grandes incendios que nos han quemado a todos, en algún sentido, durante este terrible mes de julio, creo que es necesario, dentro de la urgente planificación de medidas contra el calor en las ciudades y prevención de incendios que requieren nuestros campos, que nos demos cuenta de que sin una naturaleza sana, robusta, cuidada…”no somos nadie”, estamos desprotegidos en salud, agricultura, ganadería, ocio, turismo y múltiples riquezas. Pero esta idea no sirve para nada si solo “la sabemos”: hay que sentirla desde nuestro corazón amante de nuestro país, de nuestro territorio y de sus habitantes; poco a poco, en las últimas décadas nos hemos encontrado con la triste realidad de pueblos y comarcas enteros vacíos de población, pues los pobladores de cientos de pequeños pueblos, y no tan pequeños, han tenido que abandonar sus tierras, al no encontrar un digno nivel de vida para ellos, sus hijos, sus negocios, sus trabajos agrícolas y ganaderos.
Unos ríos limpios y cuidados no son ningún lujo, sino una riqueza colectiva necesaria; no solo para el riego, sino para actividades que son salud y placer de vivir: pescar, bañarse, enseñar a nuestros hijos la belleza, utilidad y complejidad de la vida en el campo.
Los que han pasado una infancia al lado de un río, entienden muy bien a qué me refiero, añorando todas las ricas vivencias que hemos tenido todos los que hemos sido afortunados con un río en nuestro hábitat cotidiano. También los que hemos jugado, aprendido a nadar, descubierto la vida de peces, aves, anfibios, a las orillas del Tormes.
El poder ejecutivo sobre un río no puede ejercerse a distancia, desde una Confederación lejana de la realidad física de un río; en mi opinión los responsables del buen mantenimiento de todo río ha de ser un grupo de especialistas pertenecientes al Ayuntamiento local.
Esta vivencia es la que, como ciudadano de la ciudad de Salamanca, quiero transmitir hoy a nuestro Ayuntamiento.
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