Martes, 04 de agosto de 2026
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Panes y peces
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Panes y peces

Publicado 03/08/2026 11:22

Dos muchachos apenas se arrodillan en el suelo para rezar con agradecimiento. El uno delante del mundo, tras haberlo ganado todo; el otro, en una playa llena de restos de naufragio de casi setenta personas alentadas por una esperanza vacía, una política maquiavélica. El mismo Dios parece escucharles ahí arriba donde no hay fronteras ni papeles, donde nadie establece lindes de piedra y alambrada. Aquí abajo, el hambre y el frío de las madrugadas junto al mar nos estremece, y buscamos al nazareno que sea capaz de alimentarles con los pocos panes y peces del evangelio de San Mateo.

Apenas la comida para casi veinte personas, al otro lado del lago donde se llora en soledad la muerte de Juan el Bautista. No hay tiempo para lamentaciones, el trabajo se acumula y salimos al fuego, a la desgracia que empujan los poderosos. Pero darles de comer y beber, abrigo y esperanza a tanta gente es imposible. No tenemos la capacidad de multiplicar panes y peces. Nos sobra lo que tiramos, lo que acumulamos sin usar, lo que no nos hace falta. Mientras, el frío, la desesperanza, el hambre, la sed, la suma de la desgracia o del oportunismo quizás se refugia de los uniformes ahí en los recodos de las calles, de los calveros desolados del desastre. Mientras se trazan las líneas de la falsa diplomacia, los cuerpos ateridos que no se han ahogado en las aguas que nos son propicias en verano se refugian del orden y la ley de un país de gentes de mano tendida y ahora, temblor de miedo.

Hace años conocí la frontera dolorida de los porteadores, de las mujeres como hormigas esforzadas de la Melilla modernista que se asoma al mar. El horror y el maltrato en la cola del pasaporte en medio de las tierras desoladas. Más allá el amor, el afecto, la calidez y la belleza hacen olvidar el paso descarnado. Se eleva la tetera moruna y cae el líquido dulce y amable, envuelto en la miel de su hospitalidad generosa, de su exquisita hospitalidad de mano tendida. El pescado en la barca casi galilea, la costa que recorrieron los portugueses, el dulce donde habitan las almendras y el pan que se comparte generosamente. Sin embargo, subimos de nuevo hacia el Tánger de Paul Bowless o de Nines Corrochano, el Tánger internacional de nuestros exiliados y en la carretera se ocultan, sombras inevitables, los subsaharianos. Y el pan deja de tener gota de aceite, miel que rebasa la dulzura de la alfombra, el plato generoso pintado a mano. De nuevo el dolor nos devuelve a una playa donde las olas acarician cuerpos muertos, y no sobran los doce canastos de los pueblos de Israel ni el pez que nos resbala de las manos. El muchacho que reza y agradece no tiene más que la ropa que le cubre, y una esperanza truncada en las calles vacías y desoladas.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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