En 2024, millones de niños murieron por causas evitables, reflejando una desigualdad global donde el lugar de nacimiento determina las posibilidades de sobrevivir. Más que un problema médico, es una cuestión de decisiones y prioridades.
Jimena Moreiras Bernabé
Defensora de los derechos humanos
En 2024, 4,9 millones de niños murieron antes de cumplir cinco años. De ellos, 2,3 millones no llegaron a sobrevivir su primer mes de vida. Son cifras de un informe publicado en marzo de 2026 por la Organización Mundial de la Salud, UNICEF, el Banco Mundial y el Departamento de Asuntos Económicos de la ONU, el estudio más detallado hasta la fecha sobre mortalidad infantil global. Pero lo más revelador no es el número total, sino donde se concentran esas muertes: el 58 % en Africa subsahariana y otro 25 % en la India. Es decir, el 83 % de los niños que murieron en el mundo antes de cumplir cinco años lo hicieron en regiones donde la pobreza, los conflictos y la falta de infraestructura sanitaria convierten en sentencia de muerte lo que en cualquier hospital europeo sería una enfermedad tratable.
Las causas de estas muertes no son un misterio. Entre los recién nacidos, las complicaciones derivadas de partos prematuros representaron el 36 % de los fallecimientos, y las complicaciones durante el parto normal otro 21 %. Las infecciones neonatales completaron el cuadro. Mas allá del primer mes de vida, la malaria se mantuvo como la primera causa de muerte, responsable del 17 % de los fallecimientos, concentrada sobre todo en países como Chad, República Democrática del Congo, Niger y Nigeria. Por primera vez, este informe estima las muertes causadas directamente por desnutrición aguda grave: más de 100.000 niños. Y advirtió que la cifra real es probablemente mucho mayor, porque la desnutrición debilita el sistema inmunitario y convierte cualquier infeccióncomún en potencialmente mortal.
Lo que debería alarmar no es solo la magnitud del problema, sino que el progreso se está frenando. Desde el año 2000, la mortalidad infantil se había reducido a más de la mitad, pero desde 2015, el ritmo de esa reducción se ha desacelerado en más de un 60 %. Según el informe Goalkeepers de la Fundación Gates, publicado a finales de 2025, el año pasado fue el primero del siglo en el que las muertes de menores de cinco años aumentaron en lugar de disminuir, y la razón principal: los recortes en la ayuda internacional a la salud. La financiación global para salud cayó de 49.000 millones de dólares en 2024 a menos de 36.000 millones en 2025. Trece mil millones de dólares menos para los niños más vulnerables del planeta.
Las palabras de Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS, resumen la paradoja: «El mundo ha logrado avances notables a la hora de salvar la vida de los niños, pero muchos siguen muriendo por causas evitables». Y añadió un dato que debería pesar en la conciencia de quienes deciden los presupuestos: los niños que viven en conflictos y crisis tienen casi tres veces más probabilidades de morir antes de cumplir cinco años. No mueren porque la medicina no sepa como salvarlos, mueren porque no llegan a ellos las vacunas, los tratamientos contra la malaria, la atención cualificada en el parto o, simplemente, la comida.
El informe también reveló datos sobre los niños mayores y los adolescentes. Aproximadamente 2,1 millones de personas de entre 5 y 24 años murieron en 2024. Las enfermedades infecciosas y las lesiones fueron las causas principales entre los más pequeños de ese rango. Pero en la adolescencia el panorama cambia de forma inquietante: entre las chicas de 15 a 19 años, el suicidio es la primera causa de muerte; entre los chicos, los accidentes de tráfico. Detrás de cada una de esas cifras hay un fracaso colectivo: sistemas de salud mental inexistentes, carreteras sin seguridad, y sociedades que no protegen a quienes más lo necesitan.
Catherine Russell, directora ejecutiva de UNICEF, advirtió de que los recortes presupuestarios están llegando en el peor momento posible, sin embargo, la evidencia muestra que las soluciones existen y son rentables. Cada dólar invertido en vacunas genera hasta 54 dólares en beneficios sociales y económicos. Con menos de 100 dólares por persona al año se puede construir un servicio de atención primaria capaz de prevenir hasta el 90 por ciento de las muertes infantiles. La OMS ha demostrado que reducir la pauta de la vacuna contra el neumococo de tres dosis a dos mantiene la eficacia y ahorraría 2.000 millones de dólares hasta 2050. Las herramientas existen. Lo que falta es la voluntad de usarlas.
Hay algo profundamente obsceno en un mundo que gasta billones en armamento y recorta miles de millones en salud infantil. Un mundo donde el lugar de nacimiento sigue siendo el principal predictor de supervivencia, donde un niño nacido en Niger tiene 80 veces más probabilidades de morir antes de los cinco años que uno nacido en Finlandia. Estas no son tragedias inevitables, son decisiones políticas con consecuencias mortales. Y cada año que pasa sin revertir los recortes, cada momento donde se firman compromisos que luego no se financian, cada presupuesto que prioriza lo urgente del momento sobre lo esencial del futuro, añade miles de nombres a una lista que nadie debería poder ignorar.
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