Los columnistas somos capaces de escribir doscientas columnas, con doscientas ideas diferentes y empezar la doscientas una con la misma idea que desarrollamos en la primera. La columna es tan antigua como la “inventio” retórica de Cicerón (que era la columna de la Roma antigua) y como la gente las sigue leyendo, las seguimos escribiendo tantas veces sin pensar en añadir nada nuevo ni imaginativo; claro que, para eso están los cuentos y novelas, que da la casualidad de que algunos, también los escribimos los columnistas. Así que introduzco una novedad en esta columna que escribo hoy, el mismo día en el que España juega esta noche la final de un mundial que se ha estirado como el chicle. Mundial al que le he prestado poca atención porque a diferencia del que ganamos en 2010, ahora soy una gallina sin polluelos, esos que vivían con fervor cada gol y cada parada de Casillas, los que aquel verano del 2010 no se quitaban la camiseta roja ni para dormir y coleccionaban cromos con las caras de los futbolistas. En aquel verano del 2010 estaba donde estoy esta mañana escribiendo, en el mismo lugar pero no con la misma gente y el país que ahora se prepara a festejar un partido que no han ganado aunque todos lo den por hecho, es otro: más enrabietado e iracundo (me niego a usar “polarizado” que ya es palabra manoseada) menos inocente y, sobre todo, menos acogedor aunque este verano vayamos a recibir más de cuarenta millones de turistas que molestan y todo lo que ustedes quieran, pero representan el 12% de nuestro PIB, que no es cualquier cosa.
En 2010, miles de jóvenes, muchos de ellos nacidos en España de unos padres venidos a dejarse el pellejo barriendo nuestras calles o poniendo los muchos ladrillos que se ponían entonces, salieron a la calle con una bandera española jaleando a los nuestros como si les fuera la vida en ello. Ahora, en este 2026 que quizás nos regale otro Mundial, tenemos en muchos de nuestros gobiernos regionales a unos señores que, si por ellos fuera, meterían a todas esas gentes que también se levantan cada día para levantar a España, en un barco rumbo a Ceuta. Para nuestro alivio, por ahora son minoría, pero gritan mucho y tienen la gran habilidad de contar mentiras que acaban pareciendo verdades. Espero que esta noche Lamine Yamal meta un par de goles y ese chico Williams que sale a jugar con un peinado imposible, otros dos, para que al menos durante un mes estén calladitos. Por cierto: estos dos chicos son españoles, tanto como yo y como muchos de ustedes, por si les entran las dudas.
Y ahora viene el experimento: me paro aquí y sigo escribiendo el lunes 20, pase lo que pase y gane o pierda mi equipo que, no lo duden, es el de España, aunque yo insista tanto en que lo del patriotismo a veces es más folklore que reflexión y aunque, personalmente, el fútbol solo me importe una vez cada cuatro años; una no es de piedra, caramba.
Lunes 20 de julio, retomo la escritura con un mundial ganado y los de Adidas redoblando la producción de camisetas a las que, muy probablemente, unos niños en Bangladesh estén cosiéndoles la segunda estrella para venderlas aquí por 150 pavos de los que ellos verán unos céntimos. Seguimos siendo el mismo país, los churros de esta mañana me han sabido a gloria, como los de ayer. El mercado tiene sus puestos abiertos, la playa sigue instalada a tiro de piedra de mi ventana, el pescado está carísimo para los españoles, pero un kilo del mismo atún quintuplica su precio en la pescadería belga donde no me atrevo a comprarlo. Estamos disfrutando de un pequeño paréntesis en el que los jueces han dejado de ser famosos como futbolistas y los futbolistas aprovechan para decir y hacer todo lo que se les ocurre sabiendo que por los buenos ratos que nos han dado, todo se lo vamos a perdonar. Que sí, que hemos ganado otro mundial jugando bien y sin hacer trampas, que es muy loable, pero este país ya no está impresionado por la hazaña como lo estaba en 2010. Habrá niños que piensen que somos la pera y ganamos siempre, cuando yo fui una niña que creció viendo perder campeonatos de todo tipo de deportes, incluyendo los deportes en los que yo misma participaba. Quizás sea esa la escuela de vida que nos hace falta.
Esta columna se ha escrito en dos días diferentes con un magno acontecimiento en medio de esos que no dejan a nadie indiferente, pero al final, es solo una columna…Como el fútbol es solo un juego, con primer tiempo y segundo tiempo. Como este país nuestro, que tuvo su primer tiempo en 2010 y ahora, dieciséis años después ha jugado el segundo tiempo, por esta vez con éxito.
Concha Torres
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