Miércoles, 05 de agosto de 2026
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Aquel fuego
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Aquel fuego

Publicado 27/07/2026 14:13

Al otro lado de la ventanilla del coche, las pequeñas montañas llenas de árboles se dejaban dividir por el cortafuegos, el camino en peligrosa pendiente que se alzaba entre castaños y robles, arbustos y helechos de una naturaleza tan feraz, tan profunda de verdes que destacaba furiosamente aquel camino a ninguna parte. La sierra, aún desconocida, de pueblos callados, misteriosos, plenos de macetas y gentes huidizas, sin más turismo que cuatro comensales en el restaurante donde las piezas de carne parecían recién arrancadas al animal, era un lugar casi ignoto, de carreteras vacías y fuentes de piedra en las que nos parábamos a rellenar las botellas, refrescar la piel y dejar que el rumor del agua nos consolara de los mareos infantiles y el cansancio.

Y de tanto en tanto, los carteles de bordes rojos, advirtiendo del fuego, la cerilla junto a los árboles, el aviso del peligro. Un conejo disfrazado de guarda forestal, los hombres uniformados de ICONA que se subían a altas torres de vigilancia. Un destello del cristal de los prismáticos y un trabajo que nos fascinaba como niños que éramos. Estar ahí, en lo alto, vigilando que no llegara el fuego, el fuego, el fuego, aquel contra el que cantaban en la televisión de dos canales con la voz entrecortada de un Serrat joven como eran todos. Los amigos de mi padre, los enamorados de aquellas carreteras que se conocían tan bien, curvas y curvas con las que yo soñaba desde el jueves, muriéndome de horror por el domingo de neveras, cubos y palas para la orilla del Alagón, curvas y pueblos apretados entre una vegetación que a mí me parecía selvática.

Aún hoy, rizando esta carretera con el gusto de ver el paisaje de pura belleza, recuerdo a la niña observadora, a la niña que odiaba estos viajes de puro mareo a la que no consolaban ni los ríos cristalinos, de corriente rauda, hermosísima, ni las casas de madera con su encaje de flores. Niños, agua helada, un helado en el bar donde los hombres tomaban café con aguardiente o se paraban para que tuviéramos un rato para estirar las piernas, frenar el mareo, hacer pis. Árboles y árboles y ríos que cantaban. Y las torres de los vigilantes del fuego, los carteles de la cerilla encendida, el conejo de largas orejas que buscábamos felices. Fuego que nunca vimos. Fuego que se conjuraba en el pueblo de mi madre, sin árboles, sin montaña, con el repique de campanas que nos concentraba a todos con cubos y palas, fuego al ras del rastrojo, en la cuneta desbrozada, fuego que no necesitaba más manos que las del pueblo unido para conjurarlo. Fuego. El mismo que se prendía acabado el espigadero. Ese que era amigo, aliado. El que ahora se combate con furia, impotentes, extrañados. El que ahora nos deja sin palabras, doloridos, ciegos de pena, impotentes del todo.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.

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