El 19 de julio de 2026 permanecerá para siempre en nuestra memoria y los amantes del fútbol siempre sabremos dónde estábamos esa mágica noche en la que España ganó su segunda copa del mundo; como también recordamos, 16 años después, dónde estábamos aquél 11 de julio de 2010, en la que España consiguió su primer Mundial. Reconozco que, de las competiciones futbolísticas, las que me apasionan, las que me producen una emoción especial, las que me alteran los nervios desde el pitido inicial hasta la finalización del partido, son las de las selecciones nacionales, sobre todo la Eurocopa y el Mundial; eso sí, cuando participa España. De tal forma que, desde que tengo uso de razón, de los Mundiales recuerdo con absoluta nitidez, todos los celebrados desde el de México de 1970, en cuya final, la imbatible selección Brasileña de Pelé, Tostao, Rivelino, Jairzinho, Carlos Alberto o Gerson, ganó por 4 goles a 1 a Italia.
La selección española ha demostrado ser la campeona, no sólo porque venciera a Argentina en la final, sino porque en todos los partidos que ha disputado, ha sido el mejor equipo, el que más y mejor ha movido la pelota, el que más ocasiones de gol ha protagonizado y el que mejor ha practicado el “juego limpio”. Y hay que recordar que el éxito principal de nuestra selección ha sido, fundamentalmente, el gran trabajo en equipo realizado, por encima de las individualidades de cada futbolista; lo que es también un éxito del seleccionador Luis de la Fuente. Algo que ha sido reconocido por la inmensa mayoría de los medios de comunicación internacionales.
La antítesis del “juego limpio” y creativo de España, la han protagonizado selecciones como Uruguay, que, en su enfrentamiento con España y ante la incapacidad de contrarrestar el buen juego de nuestros futbolistas, sus pupilos se limitaron a dar patadas y empujones a los jugadores, es decir, a desplegar el “juego sucio”, que todos debemos condenar. En la final del campeonato, los jugadores de la selección argentina no consiguieron elaborar limpiamente jugadas de peligro, sino que se limitaron a romper el juego con empujones y patadas al contrario. Por suerte, se hizo justicia y ganó el mejor y el que practicó el juego más limpio, a pesar de que los jugadores argentinos ejercieron una presión intolerable. Algo que fue reconocido por la prensa internacional. Me llamaron la atención algunos comentarios realizados por el diario inglés “The Telegraph”, que encabezó la crónica con el titular: Fútbol 1, Delincuentes 0. En la crónica, el periodista inglés decía que si llega a ganar Argentina se le habría dado un mal ejemplo a los niños, porque se habría inculcado que el juego sucio merece la pena practicarlo si al final se consigue el fin perseguido, es decir, la victoria y, por consiguiente, la copa del Mundo, sin importar los medios –ilegítimos- utilizados para su consecución.
Todo esto me ha hecho reflexionar sobre el clima político en España. La derecha cavernaria, de PP y VOX, aupada por la mediática, sociológica y cultural y -por qué no decirlo- también por la judicial, se han conjurado para desalojar del Gobierno a la izquierda política, para echar a Pedro Sánchez como sea, utilizando todo el juego sucio posible. Sabemos –también la derecha política, sociológica y judicial lo sabe- que España es uno de los países en los que el crecimiento económico, social y cultural es más relevante –crece cuatro veces más que la media de los países de la UE- y los expertos internacionales así lo acreditan. La derecha extrema del PP y la extrema derecha de VOX no ofrecen alternativa política viable y el único argumento que esgrimen contra el Gobierno es el de la corrupción política. Cierto es que la corrupción política es detestable, condenable siempre por quién la practique; pero cuando la oposición política no ofrece una alternativa política fiable, seria y constructiva de potenciar las políticas públicas, de blindar los servicios públicos esenciales para todos los ciudadanos con independencia de sus recursos económicos, no puede llegar al Gobierno para gestionar los intereses colectivos.
Las políticas públicas que ofrecen la coalición ultra PP y VOX son regresivas y vulneran la dignidad, los derechos humanos y los derechos laborales de los ciudadanos. No obstante, la ignorancia que demuestra el líder del PP, Feijóo, resulta escalofriante. No se puede confundir una baja médica con el absentismo laboral. La baja médica es una situación en la que un ciudadano -por motivos de salud y firmado por un médico- no puede acudir al trabajo. En cambio, el absentismo laboral es la inasistencia al trabajo sin que se acredite causa justificada. Esta confusión terminológica es malintencionada y que oculta las verdaderas intenciones de la gestión política que quiere implementar la derechona cavernaria; es decir, que las bajas médicas no se cubran y que cuando un trabajador esté enfermo y no pueda ir acudir al trabajo, que no reciba el salario correspondiente.
Las consecuencias de la escasa implicación de la derechona política por las políticas públicas se están viendo estos días con los incendios que están asolando algunos territorios de nuestra geografía. La escasez de recursos y de medios de las Comunidades Autónomas implica que tenga que ser el Estado el que asuma la emergencia en la extinción de incendios, como está ocurriendo en Madrid, cuando es una competencia exclusiva de las Comunidades Autónomas y para ello, éstas deben tener los recursos suficientes; que se consiguen, no con la rebaja de impuestos, sino todo lo contrario. Si queremos tener unas políticas públicas de calidad, el caramelo que se lanza por la derecha a los ciudadanos de la bajada de impuestos, es envenenado.
A este respecto, resulta sangrante que el PP y VOX desprecien cualquier pacto de Estado por el Cambio Climático, porque alegan que “el cambio climático es propaganda”. Se ha hecho demasiado escarnio en el Parlamento nacional y en los respectivos de las CCAA sobre el cambio climático por parte de una derechona cruel y envenenada.
Este debate endiablado y fanático de la derechona política es la mejor garantía de que, con este argumento político, no pueden llegar al poder. El sentido común de la ciudadanía así lo acreditará.
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