Miércoles, 22 de julio de 2026
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Pero... morirá mucha gente
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Veintidós

Pero... morirá mucha gente

Prácticamente todo un sábado, mañana y tarde leyendo, resumiendo, transcribiendo, intentando plasmar en mapas lo que las palabras narraban, desgastando la vista con la tipografía tan reducida del Espasa... No recuerdo ahora en qué curso sería, pero Pilar, la profesora de Historia en el Amor de Dios, nos pidió hacer un trabajo y me sumergí en la batalla de Los Arapiles, aquellas colinas cercanas a Salamanca que nunca había pisado pero siempre me cautivaban cuando me las señalaba mi abuela Carmen en los viajes anuales a Alba de Tormes. Con el tiempo subí a una de ellas, y mientras hacía memoria de aquel esforzado trabajo escolar, me asaltaba el recuerdo del Seat 124 de mi abuelo José, matrícula de Salamanca de la A, que circulaba lo suficientemente lento para atesorar en la retina la silueta de aquellos Arapiles, el grande y el chico, donde se escribió uno de los hitos de nuestra Guerra de la Independencia, verdadero episodio nacional que pasó a la colección de Galdós.

- No me siento bien- dijo con sonrisa graciosa-. No sé lo que tengo... ¡Ah, ¿no sabéis?! Dicen que va a darse una gran batalla.

La tarde del 21 de julio de 1812, los aliados (británicos, portugueses, españoles) han ocupado el Arapil Chico, mientras los franceses están hacia Calvarrasa.

¿Cuándo será?

Mañana, parece que os alegráis.

Y usted también se alegrará, señora. Un alma como la de usted, para sostenerse a su propia altura, necesita estos espectáculos grandiosos, el inmenso peligro seguido de la colosal gloria. Nos batiremos, señora, nos batiremos con el Imperio, con el enemigo común, como dicen en Inglaterra, y le derrotaremos.

La gloria envuelta en la bandera que envuelve muertos rescatados del campo de batalla es, sin duda, menos airosa, menos compatible con lo que el alma puede sentir como alegría y otorgarle la dignidad de ese nombre. La batalla como espectáculo inevitable, como duelo al sol, como peligro repartido entre los desnudos de suerte, no eleva almas sino que las abaja, las entierra, las derrota. Ya no quedan sombras en las que refugiarse ni ramos de olivo que surquen el cielo.

Athenais no me contestó, como esperaba, con ningún arrebato de entusiasmo, y la poesía de los romances parecía haberse replegado con timidez y vergüenza quizás en lo más escondido de su alma.

- Será una gran batalla y ganaremos- dijo con abatimiento-; pero... morirá mucha gente. ¿No os ocurre que podéis morir vos?

Doscientos catorce años después sigue habiendo vísperas de batallas, vencedores heridos para siempre y vencidos que nunca volverán a batallar, romances de victoria que entre verso y verso encierran una rima oculta, la amargura cuando la sinrazón se impone y la solución es más muerte, la vergüenza inocultable de no haber sido capaces de la paz.

Ahora mis viajes hasta Alba de Tormes son diarios, y así cada mañana, al pasar junto a Gargabete regreso a los felices días de campo de cada verano de la infancia, junto a la fuente de Santa Teresa me santiguo, y junto a los Arapiles refresco mi curiosidad por la Historia de esta querida patria nuestra, que son tres maneras de dar gracias por mis abuelos.

En este 22 de julio daré gracias por la victoria, que será más victoriosa si el conocimiento de la batalla nos ayuda a cultivar los caminos de una paz justa y duradera en las tierras de España.

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