Un ejemplo perfecto de patrimonio histórico industrial y fábrica moderna en la actualidad, cuyo reloj, sigue funcionando y las iniciales del fundador y el año 1840 continúan sobre las puertas de las instalaciones.
Llega el visitante a la fábrica de Cipriano Rodríguez Arias a través de un túnel de árboles frondosos que parecen devolvernos a otro tiempo, a la segunda mitad del siglo XIX, cuando un extremeño de Ceclavín, descendiente de prósperos propietarios agrícolas, llegó a Béjar siguiendo la ruta de la lana, la Cañada Real, Cañada de la Vía de la Plata, o de la Vizana. Allí se casó con una bejarana hija de familia industrial, Manuela Yagüe, y acabó construyendo el primer edificio de este complejo que se muestra como un ejemplo perfecto de patrimonio histórico industrial y fábrica moderna aún en funcionamiento. El reloj, como bien nos hace notar Jerónimo Rodríguez-Arias, el tataranieto de Don Cipriano, sigue funcionando y las iniciales del fundador y el año 1840 continúan sobre las puertas que se nos abren generosamente.
¿Quedan fábricas en funcionamiento en la ciudad de los paños excelsos, en la Béjar textil en la que todos creemos enmudecidos sus telares? La puerta de madera, con su enorme llave nos lleva al espacio donde los vellones de lana se cuecen para lavarse, tintarse y posteriormente, secarse. Vellones sucios por la grasa del animal, por la materia vegetal que llevan consigo, lana de una suavidad exquisita, aún caliente, que sale de las secadoras y que se trabaja pura o se mezcla, ochenta por ciento lana, con poliéster o nylon, el producto ideado por dos inventores que juntaron las iniciales de sus ciudades de origen, Nueva York y Londres. Ahora se dispone a entrar en una larguísima máquina de rodillos que cardan la lana y la fama del textil bejarano. El proceso iniciado con el esquileo, el lavado, secado y tintado acaba de empezar, estamos en una hilatura que convierte la lana en hilo. Ese hilo que tejerán en las otras empresas textiles que quedan en Béjar, cuyas piezas regresarán a Navahonda para ser acabadas. Un círculo perfecto que proporcionará a los confeccionistas el buen paño de Béjar, aquel con el que se hizo la fortuna de la ciudad vistiendo al ejército, ferrocarriles, a la Guardia Civil, a Correos… concesiones del Estado que, cuando terminaron, sumieron a la ciudad textil en una crisis que, en esta fábrica, acabó con sus propios telares.
Pero la marcha de la máquina de carda sigue moviendo sus complejos rodillos que peinan la lana para convertirla en un velo esponjoso translúcido y luego en mechas que son aún frágiles y delgadas. Unas mechas que se tuercen una y otra vez hasta convertirse en hilo que se trabaja hasta que tiene la solidez adecuada, una mayor resistencia. Y junto a la máquina de carda, impresionante en su girar de cilindros dentados, su vocación de rueca, los dos pasillos, modernísimos, en los que se trabaja el hilo. Porque esta es una de las sorpresas de esta fábrica de hechuras decimonónicas, posee rincones de tiempo detenido, oficinas de cristal y madera de otro tiempo junto a la modernidad, a la máquina que ajustan apenas dos trabajadoras –en el pasado, los trabajos de mujeres y hombres estaban bien delimitados y ellas, por supuesto, cobraban menos- y que hila e hila incontables bobinas que van recogiéndose. Y cuando Jero, que nos ha enseñado los vellones mojados, nos ha hecho tocar la lana seca y caliente, nos ha mostrado las mechas y los hilos que salen de la máquina de carda se aproxima a la máquina modernísima y la manipula porque se ha roto la hebra inacabable, sabemos que lleva el conocimiento ancestral del funcionamiento de esta fábrica en las venas. Generaciones dedicadas a la hilatura que han visto pasar la historia familiar, la historia industrial entre estas blancas paredes de esquinas de granito junto al río que les suministra el agua necesaria. Saltos hidráulicos de planos antiguos como los que trabaja Javier Sánchez Martín, gran estudioso del patrimonio industrial bejarano.
Pese a la modernidad y rapidez de este largo pasillo de máquinas, hay algo antiguo, algo detenido en el tiempo en este lugar. Como si aún trabajaran los cuatrocientos obreros del textil que recibieron a Alfonso XIII en 1920, el rey que prometió, tras pasar a toda prisa por Béjar camino de las Hurdes, visitar la ciudad industriosa. La ciudad que nunca dormía, la ciudad obrera. Al rey le recibieron, cuenta la historiadora Carmen Cascón, con arquitecturas efímeras que mostraban los paños buenos, y agasajaron y llevaron de visita a esta fábrica “el templo del trabajo” según los cronistas de la época que dieron cuenta de la visita real, del tentempié que compartió la familia propietaria con el rey en la propia finca, junto a una fuente que aún se conserva. No eran ajenos al círculo real los dueños de las fábricas que ejercían de políticos, senadores, diputados de Madrid. Don Cipriano, conservador, sus descendientes, liberales… pero todos en esa capital del reino donde se dirimían las concesiones del estado que pedían paños a las muchas fábricas bejaranas.
Navahonda tenía apartadero de lana, lavaderos, batanes, espacios para el tinte, secaderos, hilaturas, telares, perchas, tundidoras… y en la actualidad, hila el hilo del tiempo convertida la lana en magníficas bobinas que tejerán al otro lado de la ciudad para regresar, convertidas en tejido. Tejido con diseños puramente bejaranos que han sido copiados hasta el agotamiento y que regresan al lugar de la hilatura para ser tratados. Otro proceso largo y laborioso que requiere maquinaria moderna, maquinaria de una longitud enorme que estira el tejido, lo peina para un mejor acabado, lo trata para que no se encoja ni tenga la más mínima tara. Si ya nos había sorprendido el largo proceso que convierte el vellón de lana en hilo resistente, ese trabajo de estirar y torcer para darle consistencia, guardando ese poco de grasa que lleva la materia del animal para que siga flexible pero no sucio, ese pasar inacabable por los rodillos de la carda, larga bobina del corazón… el camino que sigue el tejido por estas impresionantes máquinas nos hace mirar las telas que nos cubren –ligeras, veraniegas, de origen chino y mala producción y confección- de otra manera.
La urdimbre y la trama del tejido, hilos de carda y estambre, trabajo de las fábricas y telares que aún siguen vivas en Béjar, se extiende ante nosotros. O bien en cuerda o bien en ancho, se trabaja y acaba a través de estas impresionantes máquinas que dejan salir varas y varas de paño que son medidas, perfectamente presentadas y dispuestas a salir hacia las fábricas de confección, aquellas que montaba mi padre y que dieron trabajo a buena parte de la ciudad. En la actualidad, en este lugar de tiempo detenido y absoluta modernidad, trabajan menos de treinta personas, pero todo tiene una cualidad eficiente, constante, acompasada al ritmo de la máquina. En algunos rincones, podemos imaginar cómo eran los instrumentos antiguos que requerían de tanta mano de obra, esa mano de obra quizás no bien pagada, que se sindicaba y luchaba por sus derechos.
Los sucesivos edificios que se han ido añadiendo a la antigua fábrica, cuentan la historia de una ciudad fabril que sigue funcionando y que precisa del apoyo institucional para mantener su producción, la suya y las de los telares que aún continúan. ¿Y por qué es necesario que siga funcionando esta actividad habida cuenta del abaratamiento que supone traer una confección hecha de fuera? No se trata solamente de mantener puestos de trabajo, que también. Se trata de tradición, de trabajo bien hecho, de no someternos a la moda rápida, barata, mal hecha, que contamina y destruye ingentes cantidades de agua. El lujo supone la vuelta al trabajo más demorado o artesanal, al trabajo consciente, de excelentes acabados, un lujo que no debería estar al alcance de unos pocos, sino de quienes tenemos que volver a apreciar el valor de lo bien hecho, lo duradero… y también, por qué no… lo nuestro que no precisa de cargueros horrendos, de largos viajes, de talleres donde se practica la esclavitud del obrero.
La fábrica que visitara Alfonso XIII, al que recibieron con un amplio muestrario textil como si se repitiera el Corpus, sigue funcionando. Ya no es el templo del trabajo que glosaran las crónicas de periódicos como La Victoria, Béjar en Madrid o El Adelanto, pero sigue siendo un ejemplo de tarea bien hecha, como les reconocieron en 1900 en París con la Medalla de Oro en la Exposición Universal. Sigue siendo una referencia en hilatura de carda, en tinte, en acabados… y sobre todo, un empeño familiar que mantiene viva esta finca, esta fábrica que dirige Carlos Rodríguez Arias, esta memoria de lo nuestro. Y mientras Jero vuelve a sus quehaceres y siguen las máquinas al hilo de la memoria, nos adentramos por este camino de verdor, este espacio fuera del tiempo atravesando la misma verja historiada que vio pasar a quienes, a lo largo de cinco generaciones, han trabajado en Navahonda. Gentes esforzadas y entregadas. Gentes que forjaron un tejido que nos abriga y se convierte en página. Es el hilo resistente, sólido y fértil de nuestra memoria.

Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.