Juegan los intensos al fútbol en los recreos como si les fuera la vida en ello. Y seguro que han vivido el mundial intensamente, con su camiseta pirata, su carita pintada, incluso, uno de los más feroces, copiándole la diademita a Lamine, que también tiene el pelo rizado y origen marroquí. Mis chicos se han dejado las rodillas, literal, en la pista del recreo. Y juegan casi veinte contra veinte, con saña. En la pospandemia les quitamos la pelota. Dio igual, jugaban con una botella de plástico, o hacían un balón de papel y trapos. He visto en los calveros de Marruecos, en los alrededores de los pueblos, festoneados de tiras de plástico y basura, a niños jugando al fútbol como una pelota rota. Nada me impresionó más que otro descampado feroz de tierra y polvo, en México, llena de niños jugando con la cabeza de una muñeca a falta de balón. Pobreza y fútbol parecen unidos, y también riqueza desmedida, collares ridículos de nuevo rico, de macarrilla de barrio, de pobre de solemnidad. Somos pobres hasta para pedir, decía mi padre. Y otro de sus amigos: jugar y perder, pagar y callar.
Los hay que no pagan ni callan. Pegan, se vuelven de espaldas. Golpean, golpean, golpean… En mi barrio, hasta ahora mismo que enmudecen las calles y se aquietan las banderas de los balcones, los niños van a la tienda donde compro el pan de cada día para hacerse con los sobres de cromos que mi sobrino amontona. Son sus particulares santos de devocionario. Los alinea a su manera, los barajea, los pone a jugar sobre la mesa, sobre el suelo de su cuarto. Mientras, en un lugar donde los niños no tienen cromos, ni un plato de comida ni un techo donde resguardarse, se alegran de la victoria de un país ajeno, se ríen de Trump y de su amigo ridículo, ambos tan ridículos, tan viejos, tan acabados… Hay que lavarse inmediatamente la mano con la que se estrecha al tirano, al que decide y apoya la destrucción y el caos pero luego contempla enternecido un espectáculo lleno de niños de todos los colores. Niños como los que manda meter en jaulas lejos de sus padres, niños que son deportados sin hacer preguntas.
Todo es tan desmesurado, tan estúpido, tan épico, tan grande, tan extraño que me quedo con la rosa bordada de una presidenta de verde militar. Un vestido rojo de sangre derramada. Un muchacho que ya no lo es en medio de la gente cantando con una guitarrita, como si fuera a pasar después la gorra al respetable. Me quedo con la alegría que, seguramente, han vivido mis intensos. Esos que juegan a lo bestia en el recreo, que vienen con las rodillas desolladas a que les laves la herida, esos que también, en un momento dado, se pegan con la misma saña. Ellos, que revientan los balones de puras ganas. Y a veces, a los que hay que enseñar a perder… porque como diría también mi señor padre, en la mesa y en el juego se conoce al caballero… claro, que qué van a saber de refranes mis intensos.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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