Martes, 21 de julio de 2026
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Vivir detrás de las pantallas
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Vivir detrás de las pantallas

¿Cómo será vivir al otro lado de una pantalla? ¿La vida “real” se está trasladando al interior de todas esas que nos rodean constantemente y llegan a motivarnos más que la vida misma? ¿O es que nos refugiamos en ellas porque nos asusta lo real y tal vez estamos empezando a confundir virtualidad con realidad?

Según señala la filósofa y ensayista Marina Garcés, la amistad es uno de los factores prioritarios durante la niñez y la adolescencia. Sin embargo, en un mundo marcado por la inmediatez de lo digital, la manipulación emocional y esa compulsiva obsesión por estar permanentemente conectados con todo y con todos, hace necesario que sepamos distinguir entre una relación virtual y una verdadera. "Hoy nos da entre miedo y pereza relacionarnos con todo lo que no es directamente transparente, directamente idéntico e inmediato”.

Ciertamente resulta confortable vivir detrás de las pantallas. Nos permiten alejarnos de los problemas cotidianos, de las guerras, la crisis climática, el creciente avance de las ideologías de extrema derecha (o acercarnos), de nuestros complejos, incluso sentirnos ajenos a las consecuencias inmediatas de nuestros actos. Así que haciendo uso de avanzadas tecnologías nos podemos transformar en seres anónimos, ver las cosas fuera de la realidad, disfrutarlas como nos gustaría que fueran y disfrutarnos nosotros mismos como nos gustaría ser. Todo ello resulta muy tentador. Pero la excesiva confianza y dependencia de la tecnología entraña riegos. El mito griego de Icaro puede ilustrar lo que quiero decir.

Icaro era hijo de Dédalo el mas prestigioso arquitecto de la Grecia clásica, él fue quien construyó el laberinto del Minotauro para Minos el rey Creta y para no contara a nadie su secreto le condeno, junto a su hijo, a vivir para siempre en la isla. Pero Dédalo quiso liberar a su hijo y fabricó unas alas con plumas unidas con cera para que pudiera salir de allí volando. Cuando llegó el día de la fuga el padre advirtió a Icaro: No vueles demasiado bajo porque la humedad de mar puede llegar a despegar las plumas y te ahogarías, tampoco demasiado alto pues el calor del sol fundiría la cera.

Icaro se lanzó desde una alta montaña y comenzó a planear sobre el mar. Poco a poco se fue sintiendo deslumbrado por aquella avanzada tecnología que le permitía volar y pensó que sería capaz de cualquier cosa. Así que comenzó a ganar altura alucinado por aquel increíble artefacto hasta que, como Dédalo le había advertido, el calor del sol derritió la cera de sus alas y cayó al mar donde murió ahogado.

Pedro José Grande Sánchez[1], en su muy recomendable libro “Mitos griegos que nos habitan[2]”, escribe: En la sociedad actual este impulso se manifiesta de diversas maneras, en la búsqueda de la perfección a través de la cirugía estética, en la obsesión por las redes sociales y la fama virtual, en la carrera por la singularidad tecnológica. La presión constante por alcanzar un ideal de éxito, belleza, rendimiento. Lo que como a Icaro nos pueden conducir a la autodestrucción.

Tal vez esa “fuga” desde la realidad hacía la virtualidad tecnología, ese afán por refugiarnos detrás de las pantallas no sea la causa sino el efecto de la precariedad de nuestras relaciones sociales reales, de la presión ambiental y la polarización ideológica.

Como escribí en mi Trabajo de Fin de Grado en Filosofía de la USAL que titulé “Inteligencia Artificial. ¿El regreso a la caverna[3]?: La Inteligencia Artificial (IA) está detrás de muchas de las tecnologías que utilizamos a diario. Se ha instalado en nuestro mundo sin permiso y produce efectos reales sobre nuestra vida que nos pasan desapercibidos. Está modificando nuestros modos de hacer las cosas, de comunicarnos, incluso de pensarnos como seres humanos. Muchos opinan que hay que poner límites a la IA, pero ¿cómo hacerlo sino sabemos a dónde queremos ir?

La vida al otro lado de una pantalla puede ofrecer ventajas e, incluso, cierto bienestar, pero confundir la realidad con las “sombras”, con esas apariencias «iluminadas» por los resplandores de la hoguera digital que pueden proyectar las nuevas tecnologías podría llegar a invertir la premisa dominante en el desarrollo tecnológico hasta la fecha, es decir, que esta esté al servicio del ser humano y llegar a transformarnos en siervos de ella. Si permitimos que esto suceda regresaremos a la Caverna.

[1] Doctor en Filosofía y profesor de la Universidad Complutense de Madrid.

[2] Ediciones Bookman, enero de 2026

[3] El mito de la caverna. Platón. https://www.culturagenial.com/es/mito-de-la-caverna-de-platon/

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