La corriente insondable. Antonio Colinas.
Un hombre solo (sólo acompañado
por quien va conduciendo junto a él
un coche fúnebre),
lleva al cementerio el cuerpo de su hijo.
Este hombre ha dejado
dentro del laberinto de cemento
que es la gran urbe,
llorando a una mujer.
También lloraba, sin hablar, un padre.
Pero ambos se han quedado en compañía
de la serenidad
trágica y salvadora de una madre.
¿Ha salido a llevar este hombre a su hijo
a la fosa,
a la tierra,
al vacío del que vino,
o lo está conduciendo a una luz permanente?
¿Se está perdiendo en la mañana gris
en busca de un secreto que la muerte
no desvela jamás,
de un secreto que escapa a la razón,
de un secreto del que el amor no gusta?
¿A dónde va ese hombre
llevando a sus espaldas
su propia sangre muerta?
¿La desea sacar del laberinto
de cemento y dolor
o la va a ofrendar al ciprés tenebroso?
¿Hacia qué luz tan pura o tan terrible
se hunde lo que un día fuera amor?
¿Qué corriente insondable de misterio
tiene que arrastrar,
tierra abajo, el cadáver de ese niño
para que tenga justificación
su muerte?
Un hombre solo (sólo acompañado
por quien va conduciendo junto a él
un coche fúnebre),
lleva al cementerio el cuerpo de su hijo.