¿Y no nos convendría, en este tiempo de verano, en que nos hallamos retirados en nuestro lugar de origen, olvidarnos y huir de ese “mundanal ruido” de que hablara Fray Luis de León, para adentrarnos hacia los territorios que más importan, a través de esas “secretas galerías” machadianas?
Así nos lo hemos propuesto. Y, el sábado pasado, el primero de los del mes de julio, nos propusimos recorrer algunos de los territorios salmantinos en busca de huellas de antiguas ermitas.
Y nos adentramos por el mundo de la dehesa, uno de los ámbitos salmantinos que más secretos esconde y en los que existen más huellas que quedan por descubrir. En Fuente de San Esteban, me encaminé hacia algunos pueblos del Yeltes.
Llegué a Boada, en la hora de la plena siesta, con un calor por encima de lo habitual y quería buscar una ermitilla que hay en el pueblo. Detuve el coche en la plaza, a ver si encontraba a alguien. Y, protegido bajo un pequeño soportal, había un hombre con el que comencé a charlar, Nacho, de figura menuda y delgada, pero con una cordialidad y cercanía que me salvaron la tarde; hombre juicioso y enraizado en la tierra, le interesaba todo aquello que era el objeto de mis búsquedas.
A las afueras –me indicó–, junto a la carretera a Retortillo, está la ermita, junto al cementerio. Y así era. Y así la fotografié. Cuántas ermitas junto a los cementerios… Serían como lagunas Estigias, dentro del cristianismo, para hacer más llevadero el tránsito desde la vida al más allá. En lugar del barquero Caronte, sería Cristo el que cumpliría tal función.
Esas eran mis meditaciones, mientras me dirigía a Villares de Yeltes, donde llegué aún en pleno sesteo. Iba buscando las huellas de la ermita de la Virgen del Carpio, sobre la que tenía no poca documentación archivística. Tras idas y venidas, calores y sofocos, y preguntas a la primer persona con la que me encontré, logré ponerme en camino hacia la ermita, a las afueras del pueblo, en un montículo junto a un arroyo y muy cerca del río Yeltes, con un paisaje muy hermoso de ribera en aquel tramo.
El camino del pueblo hacia la ermita estaba jalonado por sucesivas cruces de granito, que creo configuraban un vía crucis o calvario. El enclave de la ermita acaso haya sido un lugar arqueológico. Pero la puerta del recinto sagrado estaba ganada por hierbas y cardos silvestres que trataban de apoderarse de ella. Señal, sin duda, de abandono.
Luego tuve la fortuna de entablar conversación con una chica que estaba con su madre y que me enseñó papeles con cantares sobre la Virgen del Carpio, alguno de los cuales era un cantar de rogativas. Y me llevó a casa de un matrimonio anciano, gentes humanizadísimas, cordiales, sencillas… pero con el alma a flor de conversación. Qué rato tan delicioso. El anciano me contaba cómo perdió a su madre a los tres años y cómo su abuelo, que vivía en una alquería en el ámbito de la dehesa, iba siempre a Villares a la fiesta de la Virgen, por primavera. Y que él dormía con su abuelo…
Necesito hablar con las gentes humildes, con las gentes cargadas de alma, para cargar las pilas. La tarde de ese sábado –lo percibí al regresar a casa ya al anochecer– había recibido un regalo, un don. Se me había dado algo, el entrar en contacto con otros seres, de modo incondicionado, sin merecerlo en absoluto. Y, debido a ello, experimenté un estado de júbilo, recogido y callado, que me llevó a la acción de gracias, también en el ámbito del recogimiento.
Pero la tarde dio más de sí, en aquella búsqueda de huellas de lo sagrado. Lo relataré en la próxima semana.
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