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Salvador Perpiñá: “Me atraen los años sesenta en España porque es una etapa de transición y, como todas las etapas de transición, fascinante"
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ENTREVISTA

Salvador Perpiñá: “Me atraen los años sesenta en España porque es una etapa de transición y, como todas las etapas de transición, fascinante"

Publicado 11/07/2026 09:43

Su novela “El prisionero de la planta 15” es un trhiller cercano a la novela histórica que no deja indiferente al lector

Para los amantes de las series españolas, el nombre de Salvador Perpiñá es sobradamente conocido. Su firma está en ficciones tan famosas como “Los Serrano”, “Isabel” o más recientemente “Reina Roja”. Pero quizás lo que no sepamos es que también es autor de libros de relatos y que firma una de las novelas más sorprendentes de este año, elogiada por un Juan Gómez-Jurado que describe esta desasosegante intriga como “un trhiller intoxicante, de una rara hondura”. Y yo diría más, si se me permite, un libro cercano a esa memoria inmediata nuestra que no ha sido tan utilizada en la narrativa: los perdedores de la División Azul y su regreso a una realidad que insistió en mirar hacia otro lado.

Charo Alonso: Guionista de numerosas series ¿Qué diferencia encuentra al enfrentarse a una novela, género que precisa otro ritmo, otra cadencia?

Salvador Perpiñá: Se escribe desde otro lugar diferente, un lugar más interior. Literatura significa libertad formal y libertad de imaginar. No niego que la escritura de guiones sea gratificante, pero está sujeta a muchas servidumbres.

Ch.A.: Desconozco si es su primera novela, pero sí sé que ha escrito relatos ¿Cuándo se sabe que la historia quiere continuar y no detenerse en la brevedad del relato?

S.P.: No es exactamente así. Yo al menos sé antes de escribir una sola palabra cuándo una historia está destinada a ser relato y cuándo está destinada a ser novela. Es una cuestión de envergadura, una novela tiene la complexión de una gran obra de arquitectura. Un relato es una pieza de orfebrería.

Ch.A.: Me gustan estas dos definiciones. En esta historia, el edificio amenazador, mastodóntico, es un protagonista vivo del que se describen sus miles de puertas, kilómetros de cable y tubería… ¿Es protección o trampa?

S.P.: Es un refugio y es un laberinto del que es difícil salir, es también una representación de la mente angustiada del protagonista. Conforme iba escribiendo, me daba cuenta de que el Edificio España, el zigurat —como lo llama un amigo del protagonista— es un personaje más de la novela.

Ch.A.: En él vive un antihéroe muy particular que se llama Víctor a pesar de ser un absoluto derrotado.

S.P.: No había caído en esa paradoja. De todos modos, hubiera sido terrible llamarlo Tristán.

Ch.A.: Y ya puestos, ese Rivera tiene ecos aristócratas y de belleza de papel couché. ¿Cómo se le apareció este extraño personaje al que no oímos hablar en toda la novela?

S.P.: La idea de la muchacha desaparecida es un motivo frecuente en el género. Pronto me di cuenta de que el poder del personaje era su propia ausencia, lo que íbamos descubriendo de manera indirecta sobre ella a través de quienes la conocieron.

Ch.A.: Se trata de un thriller desasosegante, cierto, pero no tanto por la desaparición de la protagonista o la descripción de los bajos fondos, sino por ese aire oscuro y cruel de la posguerra ¿Cómo supo que ese era el marco temporal de la historia?

S.P.: Me atraen los años sesenta en España porque es una etapa de transición y, como todas las etapas de transición, fascinante. En 1966, al régimen le quedan todavía nueve años, pero empiezan a aparecer las primeras grietas en la monolítica grisura de aquella sociedad. Grietas por donde se filtran nuevas voces, nuevas costumbres, colores diferentes. Ni siquiera el franquismo podía evitar la influencia de cuanto estaba ocurriendo en el resto del mundo.

Ch.A.: “Usted debería estar muerto” le dice el doctor al protagonista. Esa historia suya es la de la derrota en Rusia que ha sido poco estudiada ¿Por qué eligió este extraño episodio de una dureza y de una crueldad extrema?

S.P.: Lo que me extraña es que no se haya utilizado mucho más. Hay pocas obras en torno a ese episodio. Imagino que las connotaciones negativas de una división que combatió junto a los nazis es una de las causas.

Ch.A.: Leemos: “Usera era también el barrio de los que habían perdido”. Habrá quien diga que ya está bien de hablar de vencedores y vencidos…

S.P.: Es inevitable que si se ambienta una historia en aquella época esté presente el eco de la guerra y la dictadura. Los hechos están ahí y no pueden negarse. Lo que si he intentado es no repetir cierto tono entre elegiaco y lastimero del que se ha abusado mucho. Españoles de ambos bandos vivieron décadas bajo ese régimen y, pasados los años feroces, durísimos de la posguerra, su vida no fue un funeral perpetuo. Me gusta hablar de la supervivencia de lo humano, de la posibilidad de la alegría incluso en las peores circunstancias.

Ch.A.: Estoy segura de que el autor tiene más simpatía por los perdedores que por esos ganadores que siempre salen más o menos indemnes… ¿Me equivoco?

S.P.: ¡Todos somos perdedores! Todos acabamos haciéndonos viejos y muriendo, todos —bueno, casi todos— tenemos una dimensión de incumplimiento en nuestras vidas. ¿Cómo no sentir simpatía por aquellos que no se comieron el mundo?

Ch.A.: El capítulo XXVIII tiene un título que nos lleva a Siniestro Total… las alusiones tienen cierto humor, como ese de Amancio ¿Ortega? que está obsesionado con asesinar a Franco.

S.P.: No lo habría pensado. “¿Quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?” es el título de un cuadro de Gaugin y una frase que suele emplearse al hablar de la tarea de la filosofía. El nombre de Amancio me pareció eufónico y memorable, un vecino mío de la infancia se llamaba así. Hay en mí una tendencia irreprimible al humor, un blog que llevé durante años se llama “Desesperación y risa”.

Ch.A.: Le ha tocado una entrevistadora que sabe más de letras chuscas que de títulos de cuadros con ecos filosóficos. Y sigo, “Tus amigos no te olvidan”, dicen las cintas de las coronas de flores ¿Tenía amigos la protagonista o solo gentes que la deseaban o la envidiaban como la aspirante a actriz tan magníficamente secundaria? Por cierto, maravillosa la escena en la que descubrimos que su padre no es tan ajeno a la realidad de la hija como parece…

S.P.: Puede que Estela, una chica de un pueblo de provincias, esté perdida en esa inmensa Babilonia competitiva que era la capital de España, pero las personas como Estela necesariamente tienen amigos. La bondad y cierta capacidad de derramar alegría a tu alrededor puede que no te garanticen el éxito, pero si te hacen merecedor del don de la amistad. Y sí, me encanta la secuencia en que el padre de estela se sincera ante Víctor.

Ch.A.: Somos memoria, pero su protagonista no la tiene. O quizás sí ¿Hasta qué punto no falseamos, construimos nuestra propia memoria?

S.P.: Incluso nuestros más felices recuerdos no dejan de ser una fabulación. Nuestra memoria absuelve el pasado, lo mitifica. Con algunas impresiones sensoriales construimos una fábula luminosa y fraudulenta que nos sirve de refugio en los momentos de desesperanza.

Ch.A.: Nemo es quizás el personaje más cierto de la novela. Es siempre quien tiene el poder y lo ejerce sin arrepentimiento. ¿Ha encontrado un ser real así a lo largo de su vida?

S.P.: Nemo tiene un algo mefistofélico y “bigger tan life”, como dicen los ingleses. Tiene algo del coronel Kurtz que encarnó Marlon Brando en Apocalypse Now. No he conocido íntimamente a personas de semejante calibre, pero algo de esa personalidad sí que existe en aquellos que detentan el poder. El poder en serio, el poder que te puede joder la vida con una llamada.

Ch.A.: No sabemos si a la vuelta de una fiesta –está muy bien terminar con una fiesta- Víctor se quedará a vivir en este edificio no sabemos si refugio o infierno ¿Cada lector imaginará un final?

S.P.: Por lo que a mí respecta el final está bastante claro y tiene un sentido evidente, pero dejemos al lector que se enfrente a él sin saber nada con anterioridad.

Ch.A.: El laberinto es un lugar del que se sale con ayuda femenina. Nuestro Teseo es detective porque sabe leer los indicios. ¿De dónde nació? ¿Tendrá continuidad? Y lo más importante ¿Tendrá futuro ya que no tiene pasado del qué acordarse?

S.P.: Pues mira, los guionistas tenemos siempre muchos proyectos que finalmente no llegan a ver la luz. El mercado audiovisual es azaroso y lo normal es que todos los del gremio tengamos cajones donde personajes en los que trabajamos mucho y a los que llegamos a querer como si fueran hijos duermen el sueño eterno. Víctor Cano, ex detective, ex combatiente de la División Azul y morfinómano, era uno de ellos. Durante años nunca pude quitármelo de la cabeza. Un día, paseando cerca del Edificio España supe que tenía que vivir ahí y que esa era la semilla de una novela. La alquimia de la escritura a veces es caprichosa. Víctor Cano ha sido devuelto a la vida y ha cumplido su destino en las páginas de la novela. Ahora el círculo se ha cerrado. ¿Acaso podría darle un nuevo destino mejor que aquel con el que se encuentra en las páginas finales de la novela? Lo dudo.

Charo Alonso. Fotografía del autor: Paloma Massó-Guijarro.