Decía Adorno que el museo y el mausoleo están conectados por algo más que una asociación fonética. No erró en una frase tan demoledora e incluso irónica. La gran mayoría de museos que habría visitado serían un simple depósito embellecido con fines estéticos. Un almacén adaptado a una visita elitista que construía identidades nacionales. Pautas de contemplación de elevadas obras donde sólo se atendía a las altas esferas y, como mucho, a la hábil pincelada. Por eso la alusión al mausoleo.
El paso del tiempo y la erección de los derechos sociales dio cabida a una nueva corriente museológica donde se pretendía repensar el relato a la par que la accesibilidad a las colecciones abría sus miras. Podemos hablar de los albores de una democratización artística, de revertir la mirada monárquica a una especulativa sociedad que conocía los códigos, pero no sus maneras. Aunque ya había nacido anteriormente la intención didáctica, esta intención no dejaba de ser una ensoñación pretenciosa.
Ha pasado ya más de un lustro desde que ese giro tuvo lugar. El museo, a día de hoy, se abre con la tenacidad de un gusto cuestionado. Los buenos espacios suelen atender a una revisión constante de sus colecciones y de las formas de percibirlas en aras de la educación y el disfrute. Nunca se ha perdido de vista el nacimiento del museo como una política de los estados, con todo lo que ello conlleva. La imagen sustentaba un ideal y un relato, redactado tanto en pretérito perfecto y como en futuro simple. Por eso, la presentación de la colección se volvía una forma para construir la Historia con mayor o menor timidez. Hablamos siempre de una ficción pasada por el tamiz de lo científicamente intachable, una taxonomía cuasibiológica que encasillaba intelectos por escuelas y formas sin atender nunca ni a las personas que envolvían las imágenes como la cultura visual que las teñían. Y en un entorno aséptico, tan propicio para diseccionar como el ofrecido en un quirófano. Ello, al final, representa una corriente de pensamiento reglada y controlada que educa con la misma certeza que un refrán: sabiduría atemporal, ciertamente condescendiente.
Por eso, Adorno veía esa relación con la construcción para los muertos. Porque estaba realizado para la mayor gloria del descanso eterno. Solo para pasar por delante con cordial respeto. Sin cigarrillos y quitándose el sombrero ante ilustres lienzos. Obras maestras de medio tiempo, publicidad mediante.
Ahora desvelamos sin ambages la intencionalidad política de las colecciones que atesoran nuestros museos. Ha pasado mucho tiempo, están pensadas a través de múltiples perspectivas. Conocemos cuáles han llegado de manera ilegal, cuáles sustentan la violencia, cuáles ocultan las pasiones del alma. Porque las personas, a través del museo, pueden seguir viendo a las personas que las precedieron. Y eso honra a tan noble espacio que, lejos de encarnar la muerte, transforma la imagen en un soplo vital.
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