La novela, situada en Zamora, es una joya de la narrativa breve que ha conseguido el premio Ciudad de Ceuta.
A la escritora zamorana radicada en Cáceres y a mí nos unieron los relatos. Ella viajaba a visitar a su madre cuando, en un punto de la carretera, se detuvo para dejarme una caja que contenía la antología de cuentos en la que ambas participamos. Ambas vivíamos en la provincia de Cáceres, pero no nos conocíamos ni sabíamos que también compartiríamos el espléndido volumen “Contamos todas. Narradoras de Castilla y León”, publicado en el 2023 y antologado por Celia Corral Cañas, un libro que me permitió tener el placer y el privilegio de estar al lado de una autora que se ha prodigado más en la narrativa breve –de insuperable, define el crítico José Ignacio García su libro de relatos “Lo justo”- pero que cuando se dedica a la novela, sencillamente, sigue deslumbrando.
Victoria Pelayo ganó en 1986 un premio literario de narrativa con “Una amistad corriente”, y no había vuelto a publicar una novela hasta este año. “La Ciudad Dulce”, premio Ciudad de Ceuta, nos devuelve a una autora que, a lo largo de sus ya felizmente, numerosos libros de relatos y constante trabajo como columnista, sigue, como afirma García, mostrando su pericia a la hora de estructurar, sorprender al lector, conmoverlo y perfilar perfectamente la psicología de los personajes, esta vez en el formato más amplio. Y todo ello, según el crítico vallisoletano, marca de su cadencia como autora independientemente de la longitud de su narrativa.
Ante el nuevo título de Victoria Pelayo, lo primero que descubre el lector es su oficio a la hora de dominar un formato inusual, el de la novela breve. El relato es una obra de orfebrería y la novela, de ingeniería, bien lo sabemos, pero la novela breve se queda a medio camino de la poética de lo breve y el desarrollo de la historia que merece más. Porque cuando un personaje fascina a la autora, se le queda en la cabeza como un eco, y cuenta Victoria Rapado que, tras escribir un relato en el 2023 titulado “La elegida”, la niña protagonista se había convertido en una pulsión que solo podía salir convertida en narración más extensa.
Una narración que se sitúa en la ciudad dulce, esa que muchos reconocemos como Zamora. De niña, acompañando a mi padre, descubríamos que, gracias a la fábrica de Reglero, aquel rincón no era ni románico ni modernista… sino el lugar del olor a natillas y delicias prometedoras. Zamora huele a dulce, pero en la novela breve de Pelayo, es una ciudad pequeña, vivida en las afueras, de niños que se juntan a pasar las largas tardes de verano recorriendo la línea de una acequia. Y de repente, como suceden las cosas de la vida, pasa algo. Y ese algo es observado por una niña, que, poco a poco se descrubre involucrada en un hecho que comienza a pesar a lo largo de las páginas y ese peso, al comienzo ligero, se revela, con un ritmo conseguidísimo, como un secreto infame.
“La ciudad dulce” me pareció, muy al principio, una intriga sofocante, una historia con mucho de costumbrista, sí, pero que oculta algo magistralmente. Ese patio aparentemente seguro donde los padres confían en que jueguen los hijos esconde un peligro. Y ese peligro tiene víctimas y victimarios. Aunque como en la buena literatura, y la de Victoria lo es, no todo es blanco o negro. La sutileza es su mejor baza a la hora de contar una historia que, según la autora, necesitó que los personajes, siete como el número de la biblia, la relataran desde varias perspectivas. Una solución estructural fantástica que le permite dar voz a las diversas voces: los niños, la madre incomprendida, y al final… Una historia que, pese a centrarse en un hecho, sugiere muchos más flecos, porque la vida es así, caleidoscópica. Y, surgen nuevos temas: la diferencia de clases, la ciudad y sus aledaños, lejos de toda historia monumental, el peso de la culpa, del destino adverso, de la curiosidad, del silencio y de los lazos familiares que nunca son lo que parecen. Esta novela sugiere más que cuenta, y lo hace con esa cadencia suave, constante en su progresión, de una autora que es excelente observadora de lo vivido y sobre todo, capaz de magnífica factura. Qué bien escribe y qué bien nos lleva por la senda de la memoria Victoria Pelayo. Sin dramatismos, sin juzgar a nadie, sin más pasión que la de una vida que necesita ocultar lo inenarrable, lo terrible, la serpiente en el jardín, la paradoja.
Cuántas veces decimos que hay que conocer a nuestros escritores. Los nuestros, los espléndidos narradores de una región siempre literaria. Victoria Pelayo, habitante de la feraz naturaleza extremeña es de prosa sobria, iluminada, de surco recto. Profundamente zamorana. Porque hay una forma de contar, mesetaria, cierta, luminosa y certera. Como la que tenemos la fortuna de leer en este libro que nos deja conmovidos, removidos, en silencio. Y todo mientras recordamos el olor a infancia inocente de aquella ciudad dulce, leyendo esta novela publicada por Avant, Premio Ciudad de Ceuta. Absolutamente recomendable.

Charo Alonso. Fotografía: Carmen Borrego