Arden las calles al sol de poniente, que cantaba Radio Futura (para quien aún los recuerde) y arden especialmente en lugares como este que habito donde la cantidad de veranos para olvidar, llenos de lluvia, calefacción, frío y tempestades supera por goleada a los veranos como Dios manda en mi marcador particular. Han bastado diez días a casi cuarenta grados para ver a estas gentes nórdicas asustadas e indefensas después de muchas noches sin dormir en unas casas de ventanales inmensos sin persianas, teniendo que ir a trabajar en transportes públicos sin aire acondicionado, suspendiendo colegios, conciertos de música y hasta la sempiterna reconstrucción de la batalla de Waterloo (en la que no participa Puigdemont) y es un evento de masas. Las urgencias han tenido casi el mismo trabajo que en los tiempos del COVID, los ayuntamientos repartían instrucciones con ideas tan elementales como “no salga usted a mediodía si no es necesario” o “recuerde que en las horas más calurosas lo mejor es cerrar las ventanas” …No pensé yo que mis ojos verían este zafarrancho de combate contra el termómetro cuando llevo treinta y tres años lamentándome de la lluvia, las nubes, la falta de luz y la calefacción en agosto. Ahora que venga el listo de turno a decirme que el cambio climático es un invento de cuatro mercachifles que quieren vendernos cremas solares; lo estoy esperando con el cuchillo en la boca.
Se han dado cuenta igualmente, estas almas felices del Norte de Europa, que en España practicamos la jornada continua, la siesta, acortamos los días de colegio en junio y comemos gazpacho no porque seamos un pueblo especialmente dotado para dormir y hacer sopas frías (admitamos de todas maneras la genialidad del gazpacho) sino porque ese sol que ellos buscan en las playas de nuestras costas, a nosotros lleva muchos años haciéndonos pupa en verano; y que el aire acondicionado no es tanto un invento del maligno destinado a sobrecargar la atmósfera sino en nuestro caso, una necesidad perentoria y un derecho humano al mismo nivel que el de hacer ruido, que acabarán ambos recogidos en la Constitución cuando podamos meterle mano, que esa es otra. Se lo crean o no, los franceses han enviado una comisión ministerial a Madrid para informarse de cómo hacemos los españoles para que la vida continue cuando hay cuarenta a la sombra; que se podrían haber ahorrado el viaje leyendo estas líneas, por ejemplo; o preguntando por teléfono a cualquier ciudadano de a pie que en Madrid o Valencia sale de casa a la siete de la mañana para estar en su puesto de trabajo media hora después y los autobuses urbanos circulan.
Y de la canícula del Norte, salto sin remisión y resignada a la canícula del sur porque esa es mi vida, ser marinero de dos orillas o pasajero frecuente de esas líneas aéreas que me maltratan, pero si las cuales no podría vivir. La canícula española que se adelanta como un reloj averiado y que este año ya dio su primer zarpazo en mayo, el segundo en junio y a saber cuantos zarpazos más nos dará, que el verano ahora sobrepasa ampliamente el 21 de septiembre. Nuestros mayores sostenían que el verano era mucho mejor que el invierno, entre otras cosas, para todos aquellos que viven con lo justo y no pueden pagar calefacciones y abrigos. Las noticias tremebundas que nos traen las canículas, nos dejan claro que en esto de hacerle frente a las calenturas, los ricos se las arreglan mejor que los pobres y que estos últimos días de fuego en las calles, se han cobrado también muchas vidas de gente que duerme en casas a 30 grados con el ascensor averiado por la propia canícula y que pasan directamente del sueño imposible al sueño eterno sin que nadie del entorno se entere ni se moleste en llamar a su puerta para ver si necesitan algo.
Da miedo a veces pensar como está el mundo pero, por lo pronto, todavía da más miedo tenerle miedo al verano, aquella que era la estación de las vacaciones, la siesta, el botijo, las sandías y los atardeceres playeros. De canícula en canícula, sin respiro y con algún terremoto por aquí o por allá, la tierra nos recuerda que no tenemos otro planeta a donde marcharnos y que, como si ella fuera un casero despiadado (que no lo es) la tratamos muy mal.
Concha Torres
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