He leído con detenimiento y preocupación el reciente manifiesto del colectivo salmantino de librerías anticuarias y de segunda mano. El Ayuntamiento da a elegir a este gremio, entre la espada de celebrar la próxima Feria del Libro Antiguo durante escasamente nueve días -siete menos que de costumbre- en la plaza Mayor, o la pared de poder abrir medio mes si acceden a abandonar el emplazamiento tradicional y se desplazan a otro lugar. El asunto es más complicado de lo que parece a simple vista: solamente nueve días en la plaza principal impedirían rentabilizar la visita a los vendedores que pretendan venir de fuera. Y la alternativa de cambiar de sitio, supondría una importante reducción de clientela, como ya se ha comprobado en otras ocasiones. Ambas opciones resultan nefastas para la buena continuidad de una feria que enriquece el panorama cultural de Salamanca.
Nada se puede tener en contra del uso de nuestra plaza como lugar de negocio. Las terrazas -que disfrutamos locales y forasteros- ocupan todos sus ángulos prácticamente los 365 días del año. Pingües ganancias para el gremio de hosteleros. Pero ¿por qué los libreros no pueden beneficiarse del mismo espacio? Ya se ha mermado recientemente la Feria del Libro (nuevo), desubicando hacia la Torre de Abrantes las presentaciones de las novedades editoriales, que hasta la fecha siempre se habían realizado en la plaza Mayor. Menoscabo para los autores y desprestigio para la propia ciudad que, en su papel de anfitriona, debiera ofrecer su más noble lugar -como siempre ha hecho- para seguir siendo una importante capital cultural.
Alguien puede alegar que las casetas de las librerías desentonan con la estética barroca del entorno. Pues mejórese la apariencia, añadiendo elementos para que se parezcan a las de la Cuesta de Moyano de Madrid. Peores son los andamiajes para los espectáculos musicales -y por tanto culturales- de las fiestas de septiembre. Y tampoco acompasan el ritmo arquitectónico las sillas, mesas, sombrillas y servilletas tiradas por el suelo, inherentes al servicio ofrecido por las cafeterías a sus clientes.
Cuando en plena pandemia las autoridades tuvieron a bien conceder a nuestros hijos menores de edad los mismos derechos que a las mascotas, la plaza Mayor, “desterrazada”, se convirtió en un improvisado parque infantil, con las criaturas recorriéndola a pie, en patines, patinetes o bicicletas, sin artefacto mobiliario alguno que se lo impidiera. ¡Plaza libre de obstáculos y para todos!
No se trata de reivindicar algo tan extremo. Vaciar la plaza de inquilinos -“ocupas” no hay porque todos pagan cuota- sería deshumanizarla. Como en la magnífica imagen capturada por Victorino García Calderón, quedaría tan hermosa como desolada. Se trata de solicitar el reconocimiento del derecho de todos a ofrecer productos culturales en esa misma plaza Mayor, centro de una ciudad que aspira a seguir siendo uno de los faros culturales del mundo. Por supuesto que la gastronomía servida en este lugar es cultura. Es de suponer que nadie puede dudar que los libros también lo son. Y los libreros de viejo no exigen, mientras hacen sus ferias, que los negocios de restauración paralicen su actividad. Sólo piden poder compartir un mismo espacio público ¡16 días de 365!
Los términos del manifiesto son tan razonables que seguramente el alcalde los tendrá en cuenta. Pero si él y su equipo de gobierno municipal insisten en dejar a los hosteleros como únicos usufructuarios de esta ubicación maravillosa, en los planos de Salamanca que edita el propio ayuntamiento, sería más honesto borrar el vocablo plaza y cambiarlo por terraza. Terraza Mayor de Salamanca.
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