El cristal estalla en mil pedazos,
el tiempo se detiene en un segundo fugaz.
Una niebla de escombros borra la historia,
dejándo un eco indomeñable.
Quedan desesperanzas prisioneras,
abismos, donde el sol se apagó.
No hay palabras que curen las heridas,
ni consuelo que alivie el jardín de las lágrimas.
¡Pregonar el valor de la gente
que entre escombros buscaban
¡Faltan palabras!
cuando la sangre llora
en el edolor duele.
Querido pueblo venezolano:
Sé el momento tan difícil que están atravesando y, aunque la distancia física nos separe, quiero que sepan que su dolor me importa y que no están solos.
Es desgarrador pensar en cómo los imprevistos y las crisis golpean tan duro, llevándose en cuestión de segundos lo que ha costado años de sacrificio construir. En un país donde cada logro, cada casa y cada sueño representan el doble de esfuerzo y perseverancia, perder la estabilidad duele de una manera incomprensible.
Quiero que se den permiso de sentir, de llorar y de estar cansados. Nadie está preparado para que la vida le cambie de esta forma. Pero si algo he aprendido, es que la fuerza y la voluntad que llevan dentro son más grandes que cualquier tragedia.
No les pido que sean fuertes todo el tiempo, pero confío en esa resiliencia que caracteriza a los venezolanos, esa capacidad de sacar luz incluso cuando los cerca la oscuridad. C ada paso que den para volver a empezar, por pequeño que parezca, es una victoria.
Les mando un abrazo enorme, lleno de muchísimo cariño, respeto y esperanza. Que nunca les falte la fe para seguir adelante.
Con todo mi afecto,
Isaura
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