En estos días terribles en los que Venezuela sufre las consecuencias del catastrófico terremoto que ha provocado un sinnúmero de muertos, heridos y desaparecidos, quiero recomendarles La edad infinita, primera y exitosa novela de la poeta Miriam Reyes, que convierte al país caribeño no solo en escenario, sino también en protagonista de una historia sobre la emigración española y, en particular, gallega.
Formada en Letras en la Universidad Central de Venezuela, licenciada en Filología Hispánica en Barcelona, traductora y videocreadora, Reyes, nacida en Orense en 1974 y Premio Nacional de Poesía en 2025, recrea de manera emotiva y bellísima su propia experiencia a través de la infancia, adolescencia y primera juventud de una niña que llega a Venezuela en 1983 para reunirse con sus padres, emigrados años antes. La dureza de ese doble desarraigo —el viaje infantil a Venezuela y el regreso a España siendo ya adulta— explica, probablemente, las tres décadas transcurridas hasta la escritura y publicación de la novela.
Tenemos así a una niña de ocho años que añora a sus abuelos, dejados atrás en el idílico país de la memoria; a una mujer adulta que recupera y evoca a esa niña —la edad infinita—; y a una Venezuela convertida sucesivamente en cárcel, hábitat preferido, manicomio, isla del tesoro, sala de fiestas y paraíso perdido, a la que la narradora interpela y describe. Las tres protagonistas quedan condensadas en un párrafo revelador: Entiendo que te preguntes con recelo desde cuándo escriben cosas así las niñas de ocho años. Yo también me lo pregunto. Y hasta me avergüenzo un poco.
Sobre ese triángulo se levanta una novela que sigue a una niña frágil e insegura obligada a abandonar Galicia para instalarse con unos padres ya distanciados afectivamente, perdiendo no solo el refugio de sus abuelos y el mundo conocido, sino también parte de su lengua, de sus referencias y de su identidad. Debe aclimatarse a un habla, una geografía, unas costumbres y unos afectos extraños, mientras su biografía discurre en paralelo al progresivo deterioro político, económico y social de Venezuela, en uno de los grandes aciertos del libro, que funciona simultáneamente como relato de formación y como crónica del declive de un país que durante décadas representó una tierra de promisión para miles de emigrantes españoles.
A través de ese recorrido asistimos a su desconcierto inicial, a la nostalgia por los abuelos y por la vida dejada atrás, a la adaptación a la escuela y al español venezolano, a la frialdad del hogar familiar, al descubrimiento del universo de la emigración gallega, a la conciencia del desarraigo y de vivir entre dos mundos, a un oscuro episodio de sus diez u once años —anticipado con admirable sutileza desde el comienzo y que no revelaré—, a su temprana vocación literaria y, más tarde, a la universidad, la conciencia ideológica y el compromiso político.
Entre todas estas dimensiones sobresale la construcción del personaje infantil como encarnación del desplazamiento permanente, la fragmentación identitaria y la pérdida de continuidad biográfica. La tensión entre el mundo de origen y el de llegada nunca llega a resolverse; la niña afronta su nueva realidad con una hipersensibilidad que convierte lenguas, afectos, códigos culturales y geografías en elementos de una profunda disonancia. Ya no pertenece del todo a ninguna parte, incapaz de recuperar el «nosotros» perdido (De momento, carece de un nosotros. No puede incluirse en el de los padres…), y esa conciencia desgarradora define tanto a la niña como a la mujer que la recuerda.
A esa sensación de extrañamiento contribuye decisivamente la distinta vivencia de la emigración para los padres y para la hija. Ellos, llegados cuando Venezuela todavía se percibía como tierra de riqueza petrolera, conciben la migración como un proyecto económico reversible —trabajar, ahorrar y regresar—; la niña, en cambio, la vive como una transformación irreversible de su mundo. Los adultos mantienen la lógica del retorno, aceptando precariedad y frustración mientras esperan una prosperidad cada vez más improbable; ella comienza a habitar un presente sin regreso posible, y la familia deja de ser refugio para convertirse en otro espacio de disonancia.
De ahí surgen también las poderosas figuras de los padres y, a través de ellas, el retrato del entorno de los emigrantes gallegos en Venezuela. Son personajes marcados por el fracaso, el cansancio y la obstinación en un retorno imposible. El padre cruza el Atlántico en 1981 creyendo todavía en la prosperidad petrolera; la madre lo sigue un año después, y cuando vuelve a España a buscar a la hija ya ha ocurrido el Viernes Negro de 1983, símbolo del fin de la estabilidad económica venezolana. Frente a la épica de tantos emigrantes triunfadores, ellos encarnan una emigración precaria, hecha de trabajos miserables, viviendas exiguas y obsesiva falta de dinero, descrita por Reyes con una prosa de gran intensidad poética.
Pese a todo, los padres se encierran en una burbuja nostálgica y desconfiada. Mientras la niña desea ser venezolana, cantar el himno y hablar como sus compañeras, ellos permanecen aferrados a la Hermandad Gallega, a las comidas, las canciones y los recuerdos de la tierra, en una experiencia atravesada por prejuicios, resentimientos y dificultades de integración. El clima familiar resulta frío y hostil, dominado por un padre autoritario y violento, dueño de su «rreino», grafía cuya duplicación parece subrayar el carácter opresivo de esa autoridad. Donde antes existía el refugio cálido de los abuelos, ahora solo hay silencios, incomprensión y vergüenza.
La última gran vertiente de la novela es la presencia de esa Venezuela hoy sufriente, mucho más que un mero escenario. La trayectoria de la niña aparece profundamente imbricada con la evolución del país, desde el final de la abundancia petrolera y el Viernes Negro hasta la crisis económica, el endeudamiento, la inflación, la violencia urbana, los movimientos estudiantiles y el fracaso definitivo del sueño venezolano. El deterioro colectivo se refleja también en el hogar familiar, convertido en un espacio tensionado y empobrecido. Al final, tanto la niña como el país pierden la inocencia: la tierra exuberante que acogió a tantos emigrantes se transforma en un lugar de éxodo, y la protagonista acabará abandonándola también, con el mismo desgarro con que llegó años atrás.
--
Miriam Reyes. La edad infinita. Editorial Tránsito. Madrid, 2025. 184 páginas. 18.95 euros
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.