A propósito del Mundial de Fútbol, el otro día leí una frase de un escritor, de cuyo nombre no puedo acordarme; sí de la frase: “El fútbol es la vuelta a la infancia”.
Me parece que esta frase da en el clavo, pues todo juego es la esencia de la infancia; una infancia sin juegos no existe y si existiera saldría de ella un monstruo, no un ser humano.
Con la intensidad con la que vivimos toda la infancia decidí anoche interrumpir el sagrado sueño y velar para poder presenciar el partido España-Uruguay, desde las dos de la mañana ( hora española) de su inicio, en compañía de algunos amigos ( que es la situación más propicia para revivir el juego infantil).
Antes de empezar el partido, me encuentro ya con la primera característica infantil en un sector no pequeño del público del estadio: la FIFA decidió con humano criterio un minuto de silencio, antes del inicio del juego, en memoria de las víctimas del terremoto de Venezuela que aún nos conmueve vivamente. Lo inesperado fue que ese sector, atrapado en el miedo infantil al sufrimiento y a la tristeza, no fue capaz de permanecer en silencio ni ese minuto convenido y se puso a gritar frases o sonidos ajenos a unos segundos colectivos de expresión de la tristeza por los venezolanos sacudidos por la desgracia: Los niños, con frecuencia, son incapaces de dominar sus emociones.
Pero en este triste y pequeño detalle de parte de los espectadores no se agotó la expresión de la debilidad de la infancia. Ya en el partido, el equipo de Uruguay empezó a mostrar, en un “crescendo” de virulencia a medida que pasaba el tiempo del juego, otra parte infantil de la infancia sin control emocional: los ataques a sus rivales españoles se iban haciendo más y más duros, claramente agresivos. Seguramente el argumento más o menos consciente de su impulsiva conducta no deportiva, es que su derrota con España significaría la exclusión de la continuación en el Mundial. Con el infantil argumento de que “lo que no puede lograr las capacidades, lo puede lograr la fuerza bruta”.
Finalmente un tercer ejemplo de la presencia de la infancia en el juego del fútbol es más positivo y aleccionador: todas las ocasiones en las que un buen jugador choca con los límites de sus capacidades y no mete el gol, cuando no hay algún obstáculo claro que se lo impida; es una lección de humildad que enseña cómo hay una línea de separación entre la siempre limitada humanidad y la omnipotencia de los dioses.
Pero, además de estas manifestaciones de fragilidad en la infancia, también un buen partido de fútbol hace revivir en la mayoría el placer inolvidable del objetivo grupal alcanzado con la victoria, la conciencia de las capacidades físicas individuales y el intercambio social que crea un conjunto, el equipo, superior a la suma de cada uno de los jugadores. La alegría de compartir el éxito, el placer de todo juego limpio de mentiras o trampas.
Como, desgraciadamente presenciamos en otras situaciones no lúdicas, en las que parece que el deseo de poder y dinero es el único móvil que persigue el juego social.
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.