Vivimos con la ilusión de que todo es nuestro: la calle, la plaza, el trabajo, los hijos, hasta la planta que florece en la maceta. Sin embargo, qué poco es lo que nos pertenece. Quizás los pendientes que fueron de la abuela, el anillo encajado en el dedo que se hincha con el calor, el amor que tuvimos y recordamos, el bebé que se aferra a la piel… en los versos certeros, luminosos, de la palentina Esperanza Ortega, vibra la falta como una certeza. El armario está lleno de ropa, pero no tengo nada, dice Esperanza. La casa llena y la carencia, dolorosa. Nada tenemos. Ni siquiera aquello que nos ha costado la vida, el sudor del tiempo que pasamos trabajando, el coche que nos lleva, el agua que corre por la piel, la factura del día a día…
Ni siquiera la calle que recorremos es nuestra. La ciudad que marcamos en nuestros papeles oficiales, el lugar de trabajo al que acudimos puntuales atravesando esa misma calle hollada por nuestros pasos. Nada es nuestro. Su destino se decide en reuniones que no controlamos. El cambio no nos pertenece y la decisión nos asombra. Asistimos, quizás indiferentes, al hecho de que nos hurtan el paisaje cotidiano, nos lo ocupan de dueños que sí hacen alarde de posesión feroz, casi caníbal. La calle es suya, la amueblan, la colonizan, la hacen inhabitable. Condicionan nuestro espacio y hasta nuestro paisaje, la costumbre de lo bello. Deciden que las terrazas y su suciedad y ruido son más importantes que los días en los que la página ocupa el hermoso recuerdo del libro viejo. Porque sí, porque la ganancia no sabe de cultura, ni la caja registradora de letra que nos hace humanos.
A la calle sabia, a la calle letrada, a la calle de ciudad con pasado libresco, cultural, de historia en páginas memorables, le florecen espacios para el ocio de unos pocos que interrumpen el paso demorado de las estaciones de todos, del que va a trabajar y paga sus impuestos municipales, del paseante que escribe en cada gesto, del columnista que boceta el día que pasa. Y ese deambular se vuelve cada vez más complejo. La calle es el salón al aire libre de inquilinos molestos, ajenos, sempiternos. Suya es la voluntad de ocuparlo todo, hasta los días en los que los libros salen de los anaqueles para llenarlo todo de otoño, de convivencia feliz con los lectores. No hay remedio. La voluntad de unos pocos se impone al resto. Y sin embargo, no hay que acatar la decisión en silencio, nos decimos, sino elevar un grito sordo y educado, el del libro abierto, el libro necesario, el libro que guarda entre sus tapas el recuerdo de otro dueño. Qué necesario es llenar las calles de pasos demorados, de evocación de otro tiempo, de belleza en cada gesto. Y qué absurdo dejarse llevar por ese deseo de dinero inmediato, de obstáculo, de basura, de beneficio de unos pocos, de molestia para quienes nos creímos, absurdamente, de nuestra ciudad, los dueños.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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