, 28 de junio de 2026
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La realidad convulsa
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LA PROVINCIA DEL ALMA

La realidad convulsa

Publicado 24/06/2026 14:48

Pisamos no suelo firme, sino arenas movedizas. Todos aquellos valores que pensamos que se hallaban asentados y en los que nos educaron (respeto a los demás, de las ideas y opiniones distintas de las nuestras; jamás insultar, ni levantar la voz, ni utilizar la mentira en el trato con los otros; la dignidad de todos como máximo ideal… y otros valores por el estilo) hoy no valen un céntimo, pues se desprecian y se pisotean.

De todo esto, hablaba con un amigo, profesor jubilado, cuando dábamos un repaso a la actualidad, tan convulsa y en la que el ruido y la furia faulknerianos parecen los parámetros de un estado febril y enfermo que rehúye la curación. Y estábamos preocupados los dos, porque nunca hubiéramos pensado que, en nuestro país, tras el final de la dictadura y la andadura democrática, fuéramos a derivar por estos andurriales tan tortuosos, en los que provocarse un esguince emocional y anímico es lo menos que puede pasar.

Me ponía a leer, porque lo tenía pendiente, El Periquillo Sarniento (1816), del mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), considerado la primera novela hispanoamericana, y daba con un párrafo que pareciera estar escrito para nosotros mismos, cuando el protagonista indica a sus hijos a quienes no han de prestar sus cuadernos manuscritos con sus memorias:

“os suplico no los prestéis a esos señores, ni a las viejas hipócritas, ni a los curas interesables y que saben hacer negocio con sus feligreses vivos y muertos, ni a los médicos y abogados chapuceros, ni a los escribanos, agentes, relatores y procuradores ladrones, ni a los comerciantes usureros, ni a los albaceas herederos, ni a los padres y madres indolentes en la educación de su familia, ni a las beatas necias y supersticiosas, ni a los jueces venales”…

Y sigue una relación de gentes y tipos humanos que, hoy, entre nosotros, salen todos los días en los telediarios. Como si no pudiéramos encomiar, publicitar y difundir los comportamientos dignos, que también los hay, sin duda, pero que pasan desapercibidos e incluso son despreciados, porque la ejemplaridad y el buen hacer ya no venden; solo los pícaros que van por todas las tertulias de los medios de comunicación, vendiendo humo con sus fechorías y guardando lo robado a buen recaudo.

Decía una leyenda o parábola judía –que me gusta citar a menudo– que, en cada momento de la historia, el sentido del mundo lo mantienen, es sostenido por treinta y seis justos, es decir, por una minoría de seres humanos, que mantienen viva y encendida esa llama de la humanidad, necesaria para que sigamos siendo humanos.

Esa minoría de justos se encuentra entre nosotros. Pero vive como oculta, como dejada, como despreciada, como minusvalorada…, como si no existiera. Cuando, sin embargo, existe, y da muestras de bondad, de generosidad, de entrega, de fraternidad, de apoyo mutuo, de desprendimiento, de piedad hacia los demás (recordemos, aquí, que María Zambrano definía la piedad como el trato adecuado con lo otro… y con los otros)… y, en definitiva, de coraje de existir.

Y es esa la llama que mantiene viva y con sentido a la humanidad hoy, en este tiempo de ruido y furia, tan convulso.

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