Bloguera, comunicadora y narradora, Jessica Gómez aborda en “Cambio dramas por croquetas” una mirada ligera, divertida y certera sobre nuestra vida moderna
Es tiempo de preparar la bolsa para ir a la piscina, y tan necesario como el bañador o el protector solar debería ser meter en ella un libro de Jessica Gómez para terminar muriéndote de risa en el césped o al borde del agua. Aun a riesgo de empaparlos, porque son adictivos y no hay forma de soltarlos, hay que atrapar esos títulos tan suyos a los que se añade el último, “Cambio dramas por croquetas” publicado por Harper Collins. No lo duden, alguien capaz de escribir “Mamá en busca del polvo perdido” o “Me faltan horas y me sobran gilipollas” merece que le dediquemos no solo un rato, sino un monumento ¿Y por qué? Porque desde que publicó su primer cuento “Una teta, una naranja, una aceituna” en 1914, esta bloguera asturiana, colaboradora en diversos medios, escritora y fantástica comunicadora, Jessica Gómez no ha parado de mostrarnos que no hay nada malo en ser imperfecta, en disfrutar de la vida, comer chocolate, evitar discutir con idiotas, reírte con las amigas y pasar de dramas. Y todo con una ligereza y un humor desbordante que no ocultan la cercanía, el lenguaje preciso, la agudeza absoluta, la crítica social certera que reconoce verdades como puños y ese descaro coloquial nada impostado que la convierten en nuestra Nora Ephron doméstica.
Charo Alonso: Aquí, desde la perspectiva mesetaria ¿No es verdad que hay una forma directa y cruda de decir las cosas típicamente asturiana, quizás seca y siempre certera?
Jessica Gómez: Pienso en mi amiga Paloma, pucelana ella hasta la médula, y solo puedo pensar que a mí no me sale ser ni tan seca ni tan certera. Curiosamente, en Asturias decimos verdades como puños y no tenemos problema en tirar “a mancar”, que decimos aquí, a hacer daño. Pero como somos bonachones y hospitalarios te lo decimos con esta cara nuestra de hogaza de pan de pueblo y parece que las verdades mancan menos.
Ch.A.: Este libro tuyo me ha matado de la risa y me he reconocido en cada página, pero vamos a empezar con la fotografía de la solapa que es muy reveladora de lo que leeremos: pijama, bata, zapatillas, vasito vino…
J.G.: La foto de la solapa fue una ida de olla absoluta y el fotógrafo hizo un trabajo increíble. Yo quería muchos elementos: un hórreo al fondo, un butacón abandonado (estaba debajo del hórreo), pijama, bata, zapatillas, mi gato y una copa de vino servida en un vaso de nocilla. Pero que miraras el conjunto y solo pudieras pensar: “Menuda reina”, pero no porque sea la reina que soy yo, sino porque es la reina que somos todas; reinas en nuestro drama de vida adulta. Despeinadas, en pijama y con nuestro vino favorito en un vaso de oferta, es la reina que todas llevamos dentro. Bueno, y fuera.
Ch.A.: Creo que algún vasito de Nocilla quedará en casa para brindar contigo y con este libro en el que la maquetación y la tipografía también hacen su papel para interesar al lector ¿Qué papel tienes como autora en este campo? Por cierto, los títulos de los capítulos, geniales.
J.G.: Los títulos de los capítulos me llevan su buen rato, la verdad, porque tienen que ser un poco graciosetes y reveladores, resumir sin destripar y encima hacerlo con algo de gracia. Algunos se me ocurren de las formas más absurdas. Lo cierto es que me lo paso bien. Pero en la maquetación no tengo nada que ver: delego por completo en el equipo. Siempre he dicho (y mantengo) que un libro lo construye un equipo completo, y yo confío plenamente en el talento y el trabajo de los demás, que saben bien lo que hacen. En todos mis libros han hecho un trabajo increíble, que acompaña por completo al contenido, y me siento orgullosísima de lo que hacemos juntas/os.
Ch.A.: Esa epifanía que, a veces, tenemos todos, ese momento de ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Lo sigues teniendo después de escribir este libro, diario, compendio o lo que sea?
J.G.: ¡Por supuesto que sí! Yo a mi libro vengo a quejarme y a repartir consejos que soy incapaz de seguir. ¿Por quién me tomas? ¿Por una gurú? ¡Que he escrito la mitad del libro en bragas, por el amor de Dios!
Ch.A.: Este ejercicio de reflexión, de desahogo, de humor, de costumbrismo que es tu narrativa ¿Cómo pasó de un blog a un libro? ¡Y ya van varios!
J.G.: Porque nos dimos cuenta de que conectaba con la gente. Opino que una vida completa y una mentalidad sana tiene que ser como la dieta: “variada y equilibrada”. Sin embargo abunda la literatura que nos hace reflexionar desde la emoción (eso es razonablemente fácil), pero escasea (y mucho) la que nos ayuda a hacerlo desde la risa, desde la autocrítica desenfadada. Eso nos ayuda a quitar peso a la vida, a eso que llamamos problemas y que, muchas veces, no lo son tanto. La risa es la mejor aliada de la perspectiva.
Ch.A.: Me ha gustado mucho esta reflexión tuya de que “no somos clase media”, somos clase obrera venidos a más, y gracias. ¿Desde cuándo pensamos que lo podemos tener todo? ¿O desde cuando empezaron a engañarnos con esa mentira?
J.G.: Creo que todo empezó con los créditos y los pagos aplazados. De pronto no tienes dinero para irte de vacaciones, pero puedes tirar de tarjeta de crédito para irte una semana a un todo incluido a la isla caribeña de moda y crees que tu estrato social ha cambiado, porque haces cosas que antes solo podían permitirse unos pocos privilegiados. No ha cambiado nuestra clase social: el capitalismo ha encontrado la manera de hacer mercado en las clases bajas con productos “baratos” a costa de la sobreexplotación de las clases todavía más bajas y, además, de cobrarte intereses por ello. Es un negocio redondo, y la forma de legitimarlo es hacernos creer que si participas de ello eres clase media —dijo ella recibiendo en la cara el frío del aire acondicionado que se ha comprado por Amazon a pagar en seis cómodos plazos-.
Ch.A.: Dices verdades como puños entre bromas y anécdotas. Y seguimos con el discurso desmitificador ¡Genial eso de que tu habitación propia son las cinco de la mañana! Decididamente Virginia no tenía hijos ni excesivas obligaciones domésticas! Para escribir, aparte de necesitar habitación propia, necesitamos calma y silencio.
J.G.: Virginia era brillante y maravillosa (supongo yo, que no la conocí en persona). Lo que pasa es que era, como toda mortal, producto del conjunto de sus circunstancias. Ella pudo darse cuenta de que el privilegio que ella tenía (dinero, espacio) era necesario para la creatividad, y que era algo que se le negaba de manera sistemática, estructural, a las mujeres. Eso era y sigue siendo cierto. Lo bueno es que ella se daba cuenta de su propio privilegio porque, como digo, era maravillosa. Me pregunto cómo se las apaña Carmen Mola para escribir como lo hace manteniendo su trabajo de profesora de secundaria y cuidando de tres hijos, que solo las que los tenemos sabemos lo difícil que es conciliar tantas lavadoras (e interrupciones para limpiar mocos, besar pupas o ayudar con los deberes) con el trabajo de escribir.
Ch.A.: No tenemos tiempo para aburrirnos ni sentido del humor, a veces, para reírnos de lo que nos pasa ¿Crees que leyendo un libro como los tuyos podemos remediar esas tremendas carencias?
J.G.: Te voy a contar una cosa: yo fui voluntaria en una asociación de ayuda a madres mayoritariamente primerizas, y había dos tipos de voluntarias: las que “rescataban” a las madres (les decían qué debían hacer y cómo) y las que creían que las madres eran fuertes e inteligentes para salvarse solas, solo necesitaban a alguien que les proporcionara información veraz y herramientas eficaces para hacerlo. Adivina a qué grupo pertenecía yo. No creo que ningún libro pueda remediar nuestras miserias, no creo que debamos esperar que nadie nos salve. Pero creo que el sentido del humor es una herramienta poderosísima para encontrar qué es eso que nos daña y dar con la forma de quitárnoslo de encima sin dolor y sin culpa.
Ch.A.: Qué cierto, pero ahora dime la verdad, este libro lo han escrito tres tíos con un seudónimo propio de la época, que no me negarás que llamarse Jessica ahora es muy “ábalos”.
J.G.: TE PROMETO que hablé de Carmen Mola antes de que me hicieras esta pregunta, me muero de risa, ja, ja ja, ja, ja. Efectivamente, somos tres señores. Estábamos tomando un café en el bar, pensando en pseudónimos, y se nos ocurrió Jessica al ver a Ábalos en la tele. Pensamos en apellidos inventados como “Gallón” o “Garruta”, porque es el tipo de humor que se estila en nuestro estanque, pero dejamos el Gómez porque era más creíble.
Ch.A.: Pues no me queda otra que creérmelo y recomendar tu libro, un libro para reír y pensar en cosas como que es una suerte comer todos los días, algo que parece una obviedad pero que tenemos que reconocer ¡Y agradecerte! Lo dicho, a meter tus libros y tu blog en la bolsa de la piscina.
J.G.: ¡Gracias a ti, hermosa! Me ha encantado la entrevista. Aquí para lo que necesites, cuando tú quieras
Fotografía Ariel González