«La justicia es la forma política del amor.»
NICOLÁS BERDIAEV
«La esperanza no consiste en ocultar las heridas, sino en curarlas.»
JÜRGEN MOLTMANN
Llevaba tiempo queriendo escribir este artículo. No es la primera vez que reflexiono sobre esta herida, pero he esperado a la visita del papa León XIV a España, una ocasión que muchas víctimas de abusos sexuales contemplaban como una oportunidad para ser escuchadas y reconocidas. Las polémicas surgidas en torno a los encuentros mantenidos con ellas han vuelto a situar el problema en el centro del debate público. Y no deja de ser significativo que esta reflexión llegue en junio, el mes del Sagrado Corazón de Jesús. Una devoción asociada al amor, la compasión y la reparación de las heridas. Quizá hoy la reparación más urgente que tiene pendiente la Iglesia sea precisamente la de tantas víctimas que durante años encontraron más silencio que escucha, más protección institucional que cercanía humana.
Hay heridas que no pasan con el tiempo. Hay dolores que permanecen ocultos durante décadas, no porque hayan desaparecido, sino porque nadie quiso escucharlos. La crisis de los abusos sexuales y de poder en la Iglesia pertenece a esa categoría de tragedias humanas que obligan a mirar de frente una realidad incómoda. No se trata únicamente de delitos cometidos por algunos miembros del clero. Tampoco se trata solo de una crisis institucional o de un problema de reputación. En el centro de esta historia hay personas concretas, hombres y mujeres que fueron niños cuando su confianza fue traicionada por quienes debían protegerlos. Y mientras exista una sola víctima que no haya sido escuchada, reconocida o acompañada, la pregunta seguirá abierta: ¿qué sentido tiene hablar de Iglesia, de Evangelio o de perdón si no se pone a las víctimas en el centro?
Durante demasiado tiempo, la conversación giró alrededor de la institución. Se habló de escándalo, de imagen pública, de responsabilidad jurídica o de consecuencias económicas. Sin embargo, el verdadero drama estaba en otra parte. Estaba en la vida de quienes vieron rota su infancia, en quienes cargaron durante años con sentimientos de culpa que nunca les pertenecieron, en quienes perdieron la confianza en los demás y, en muchos casos, también en Dios. Como escribió el filósofo Emmanuel Levinas, «el rostro del otro me reclama y me obliga». Quizá la primera lección de esta crisis sea precisamente esa: volver a mirar el rostro de las víctimas y reconocer que ninguna institución puede situarse por encima de su sufrimiento.
Los abusos sexuales en la Iglesia son también abusos de poder. El agresor no actuaba únicamente como individuo. Actuaba revestido de autoridad moral, espiritual y simbólica. Era sacerdote, religioso, educador o guía espiritual. La confianza depositada en él se convertía en instrumento de dominación. Por eso el daño fue tan profundo. No solo se vulneró el cuerpo o la intimidad de una persona; se destruyó un vínculo de confianza que parecía sagrado. El teólogo Hans Küng advirtió que «no hay autoridad cristiana sin credibilidad moral». Cuando esa credibilidad desaparece, lo que se resquebraja no es solo una institución, sino la propia experiencia de fe de muchas personas.
A esta tragedia se añadió otra igualmente dolorosa: el silencio. Los silencios de la Iglesia constituyen una de las cuestiones más difíciles de comprender y aceptar. Durante décadas, demasiadas veces se protegió la institución antes que a las víctimas. Se trasladó a agresores, se minimizaron denuncias, se optó por resolver internamente lo que exigía justicia pública. El silencio se convirtió en una forma de poder. No era simplemente ausencia de palabras; era una decisión. Era elegir qué podía decirse y qué debía permanecer oculto.
El teólogo Johann Baptist Metz afirmaba que «la autoridad del sufrimiento es la única autoridad verdaderamente universal». Sin embargo, durante años esa autoridad fue ignorada. Muchas víctimas hablaron y no fueron creídas. Otras ni siquiera se atrevieron a hacerlo porque intuían que nadie las escucharía. El resultado fue una segunda herida, tan devastadora como la primera: la sensación de que su dolor no importaba. Cuando una institución llamada a proteger a los más vulnerables no escucha a quienes han sufrido, pierde algo esencial de sí misma.
La pregunta por el sentido aparece inevitablemente. ¿Cómo ha podido ocurrir algo así en una comunidad que proclama el Evangelio de la compasión? No existe una respuesta sencilla. Pero quizá una parte de la respuesta tenga que ver con el clericalismo, con una comprensión deformada de la autoridad, con la tentación de identificar la defensa de la institución con la defensa de la verdad. El papa Francisco ha repetido en varias ocasiones que el clericalismo es una de las raíces de muchos abusos. Allí donde el poder deja de entenderse como servicio y se convierte en privilegio, el riesgo de abuso aumenta.
Sin embargo, quedarse únicamente en el análisis sería insuficiente. La cuestión decisiva es qué hacer ahora. La primera respuesta es escuchar. Escuchar de verdad. No como gesto simbólico ni como estrategia de comunicación. Escuchar significa creer a las víctimas, darles espacio, permitir que su relato ocupe el lugar central. Como escribió Dietrich Bonhoeffer, «la primera tarea del amor es escuchar». Sin escucha no hay verdad, y sin verdad no puede existir reparación.
La segunda respuesta es reconocer. Reconocer públicamente el daño causado, asumir responsabilidades y abandonar cualquier tentación defensiva. El perdón solo puede comenzar allí donde existe una verdad reconocida. No hay reconciliación posible basada en el olvido. La memoria de las víctimas debe formar parte de la memoria de la Iglesia. Recordar no es permanecer atrapados en el pasado; es impedir que el pasado se repita.
La tercera respuesta es reparar. Y reparar significa mucho más que indemnizar económicamente. Aunque las compensaciones materiales son necesarias, no bastan. Reparar implica acompañamiento psicológico, apoyo jurídico, espacios de encuentro, justicia restaurativa cuando las víctimas así lo deseen y una profunda transformación de las estructuras que hicieron posible el abuso. La filósofa Hannah Arendt escribió que «la reconciliación no significa perdonar lo imperdonable, sino comprender para que no vuelva a suceder». La reparación auténtica nace precisamente de esa voluntad de transformación.
Finalmente, está la cuestión del perdón. La Iglesia debe pedir perdón. Debe hacerlo con humildad, sin condiciones y sin esperar nada a cambio. Pero también debe comprender que el perdón pertenece a las víctimas. Nadie puede exigirlo. Nadie puede convertirlo en obligación moral. Solo quien ha sufrido puede decidir si desea recorrer ese camino. La tarea de la institución no es reclamar perdón, sino hacerse digna de él mediante la verdad, la justicia y la reparación.
Quizá la gran enseñanza de esta crisis sea que la credibilidad moral no se recupera con discursos, sino con gestos. No con declaraciones solemnes, sino con una escucha perseverante y una voluntad sincera de cambio. Las víctimas no son un capítulo incómodo de la historia de la Iglesia. Son el lugar desde donde debe comenzar cualquier proceso de renovación. Allí donde se escucha su voz, donde se reconoce su sufrimiento y donde se trabaja honestamente por reparar el daño, puede empezar a abrirse un camino de esperanza.
Porque el futuro no dependerá de la capacidad de la Iglesia para defenderse, sino de su capacidad para ponerse junto a quienes fueron heridos. Y quizá solo entonces, cuando el poder se transforme en servicio, el silencio en verdad y el perdón en compromiso, pueda comenzar una reconciliación auténtica. No una reconciliación que cierre las heridas, sino una que las acompañe con respeto, memoria y humanidad.
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