Tienen calor, los intensos. Valiente novedad, todos los fines de curso son así. Se mueren de calor, se salpican de agua en los baños, se hacen abanicos con las hojas de los apuntes, se lamentan y, sin embargo, juegan al fútbol con la misma saña aunque el patio esté ardiendo. La queja de fin de curso es un clásico, y cualquier excusa es buena para ejercitar el derecho al pataleo. Reconozcámoslo, lo que le pasa a los intensos es que ya están al borde del colapso: quieren vacaciones, los más, y quieren seguir viniendo al instituto, los menos.
Después de todo, eso de las clases tiene su aquel. Vida social, mimos diversos desde el departamento de orientación, que por tener tiene hasta galletas de cariño, cartoncitos de leche de esos que jefatura da a cuentagotas porque algún gracioso ha jugado con ellos a las explosiones a pisotones, y sobre todo, confianza. Algunos de nuestros chicos no están precisamente felices en su casa, en ella falta de todo, desde afecto a bono de piscina, comida en la nevera y algo más que un móvil. Su situación no es de vacaciones felices, pueblo de los abuelos donde correr o viaje al mar o a la montaña aunque sean tres días, no. La suya es una larga sucesión de jornadas en una habitación o en un piso que arde como el infierno, sometidos a la estrechez, a la calle que no se puede pisar, a la falta de dinero para un helado, al hastío. Y extrañan el instituto al que venir con sus pasos arrastrados, su mochila ya libre de tanto libro, su gana de pirarse alguna hora para acabar con los amigos bajo un árbol del parque. El parque, el refugio climático en las largas horas en las que el calor no aprieta, el lugar donde juntarse con los que, como ellos, también pasan las vacaciones en el largo estío de sus casas de ciudad, sus pisos pequeños, sus familias extensas y a menudo, mal avenidas.
Regreso del trabajo por calles sin árboles, por ventanas pequeñas, espacios sin balcón donde salir a decir que hace calor, que no hay quien aguante… y pienso en mis intensos de verano, mis intensos de terrazo fregado una y otra vez para que refresque un poco la habitación de muros baratos. Duermen y duermen, las mañanas de estío, salen a dar esa vuelta de pantalón corto y parque con fuente donde remojarse. Pasan la siesta en el hastío del piso recalentado y vuelven a salir, a encontrarse bajo esos árboles que son el espacio del parque, el lugar de su recreo, tan cerca del instituto que les mira, cerrado y recogido, con su descanso de pasillos llenos, su recuerdo de ruido. Y lo miran con cierta nostalgia, los intensos, aunque nunca lo reconocerán. Lo suyo, benditos sean, es decir ahora que tienen ganas de vacaciones, aunque siempre haya quien con la boca chica suelte aquello de que yo quiero seguir viniendo. Es la pobreza silenciosa que nadie vemos, la que nosotros sabemos, la que nos duele, la que no tiene remedio.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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