Aún recuerdo, en mis primeros viajes en tren desde el pueblo hasta Salamanca, aquellos trenes tan “lujosos”, procedentes de Portugal y con letreros inmensamente largos: Compañía Internacional de Coches Cama y de los Grandes Expresos Europeos” ¡Qué pasada! Yo veía nuestro austero vagón, asientos sobre listones de madera y sin número fijo de ocupantes, pero el único cartel que encontraba era, en letras mucho más pequeñas: RENFE. Cuando me dijo mi padre el significado, recibí mi primera definición sobre lo que es un acrónimo. En el fondo, me quedó la sensación de que nuestros trenes serían más modestos que los extranjeros -y no me equivocaba.
Han pasado casi ochenta años y los niños que suban a un tren por primera vez ya no serán tan pesimistas como yo. Afortunadamente, España cuenta con una red ferroviaria moderna y muy amplia. Lástima que el último ministro encargado de esa cartera esté haciendo oposiciones para volver a los años de la posguerra. Donde pone el ojo, salta la avería. Pero bueno, hoy no quiero hablar de trenes. Hoy la cosa va de acrónimos.
Cuando Pedro Sánchez Pérez-Castejón resultó elegido presidente del Gobierno, debo confesar que, de entrada, recordé aquel primer letrero ferroviario. Todos los apellidos compuestos -salvo contadas excepciones- lo son porque algún antepasado quiso destacar, de forma permanente, su posición social a favor de sus descendientes. Si bien es cierto que esa alteración está debidamente regulada, también lo es que hay quien busca más bien pavonearse o, simplemente, aprovecharse de la fama bien ganada por algún antepasado.
El acrónimo del presidente sería PSPC. La verdad es que tampoco es para sacar pecho y, además, esas siglas se pueden confundir con las de algún partido político. Eso es lo que me ha sucedido a mí. Las dos primeras, PS, podrían corresponder a Partido Socialista, pero no serían reales porque Pedro Sánchez hace tiempo que ha dejado de ser socialista para ser progresista , con lo cual debería figurar como PP, y ya tendríamos el lío armado. Otra posibilidad sería definirlo como político sincero, pero ya hemos comprobado que tampoco reflejaría la realidad. Entre las muchas combinaciones que se pueden hacer con ese par de letras, se me ocurre la que más se acerca a la realidad: ¡pobre socialismo!
Repasando nuestra historia hay que emplearse a fondo para citar algún socialista que haya destacado por su interés a la hora de conseguir la unidad de todos los españoles, mejorar su bienestar y respetar las leyes de cada momento. Alguno hubo, pero la triste realidad es que, a pesar del empeño en negarlo, hubo y hay muchos más dedicados a lo contrario. Entre todos ellos, muy pocos superaron la nefasta labor del que ahora se declara primer socialista de España. Y esos pocos que aún sobreviven al actual cataclismo han optado por declararse ajenos a este ficticio socialismo.
Las otras dos letras, PC, me lo ponen mucho más fácil. El Sr. Pérez-Castejón ha recuperado la vena marxista que abandonó Felipe González. El PSOE primitivo tenía resabios procomunistas; algunos más enraizados que el propio Marx o el siguiente Stalin. Basta darse una vuelta por nuestra historia. Si la primera Internacional – AIT Londres 1864- nació como agrupación de obreros y sindicatos, pronto, la segunda Internacional Socialista -Paris 1889- fue una federación de partidos socialistas y laboristas, que se deshizo con la llegada de la I GM. Con la llegada a España de la Segunda República -1931- el PSOE arrojó su careta de socialdemocracia y se unió al Frente Popular -coalición de socialistas, comunistas y republicanos de izquierda- ¿ Le suena a Ud. este coctel? Las bancadas de la izquierda de nuestros parlamentos dan un respingo cuando se les trata de frente populistas. No deben ofenderse, como no se ofende la otra arcada cuando se la tilda de derechona, y reconocer de una puñetera vez que ese PC del título corresponde, no a Pérez-Castejón, sino a Partido Comunista, que es la etiqueta que llevan en la solapa todos los ministros y buena parte de quienes los sostienen en el cargo.
Comencé con un símil ferroviario y quiero terminar con otro. Este tren llamado España, está sufriendo demasiados accidentes, algunos imperdonables. Tiene un jefe de estación que mira por encima del hombro a los viajeros, y unos maquinistas, con nula preparación, que piensan más en llegar a casa con alguna buena propina que en solucionar las quejas -siempre justificadas- de los sufridos viajeros. Los jefes de estación de otros territorios ya se cuidan de no invitarle a ninguna reunión, porque no se fían de él.
Nunca dice la verdad, ni se dan explicaciones, ni se cumplen los horarios, ni se controlan las vías, ni se hace caso de las reclamaciones. De forma descarada, prefiere hacer tratos con los compañeros de aquellos asesinos que ejecutaron a más ochocientos españoles -entre ellos, más de 40 militantes de su partido- antes de pactar con la oposición en los temas más necesarios y urgentes -como sucede en cualquier democracia. Pero no. el andamiaje montado para acabar con nuestra democracia, y ejercer abiertamente como el frente populista que esconde, no admite otro posible gobierno que pueda -más bien, que deba- reconducir la situación.
Esa es la consecuencia directa de su constante cesión ante esas exigencias de los independistas que chocan frontalmente con los principios reflejados en nuestra Constitución . Luego, para este jefe de estación a quien las aguas sucias ya le están anegando , si alguna catenaria se desmanda y las piezas originan víctimas, se echa la culpa al maestro armero -en este caso, a los jueces- y se espera a que pase el chaparrón. Eso sí ; como el dinero público no es de nadie, nuestro primer ferroviario tira de chequera para repartir bufandas a cambio de votos. Ojo con pensar que pueda soltar de la mano su actual banderita ropa.
Así iremos irremediablemente a otro descarrilamiento más grave que el último, a no ser que los viajeros se bajen de este tren y se suban a otro más seguro.
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