La pedanía de Agallas volvió a convertirse en punto de encuentro familiar y comunitario en una de sus festividades más arraigadas
El anejo sagallejo de Vegas de Domingo Rey volvió a reunir a vecinos, oriundos y familias con motivo de la celebración de San Antonio de Padua, una festividad profundamente arraigada que cada año convoca a la comunidad en torno a la fe, la memoria compartida y el reencuentro.
Bajo la atenta presencia de la sierra de La Canchera, vigía pétrea de este rincón del suroeste salmantino y frontera natural con Extremadura, la pequeña pedanía recobró por unas horas el pulso de otros tiempos. Allí donde durante buena parte del año el silencio y la escasez de habitantes marcan el ritmo cotidiano, la festividad del santo lisboeta devuelve vida, voces y abrazos a sus calles.
Son pocos los vecinos que hoy residen de forma permanente en el poblado, pero muchos los hijos y descendientes de esta tierra que no faltan a la cita anual. Acuden movidos por la devoción, pero también por esa necesidad íntima de volver al origen, de reencontrarse con familiares y amigos y de arropar con afecto a quienes mantienen encendida la llama de la vida en el pueblo.
La jornada central se vivió con especial recogimiento en la iglesia de San Salvador, cuyo templo resultó insuficiente para acoger a todos los fieles que quisieron asistir al oficio religioso en honor a San Antonio. La ceremonia estuvo presidida por el arcipreste del Arciprestazgo del Águeda, Nicolás Chaves Marcos, quien glosó en su panegírico la figura del santo portugués, cuya huella espiritual sigue viva siglos después desde su reposo en la ciudad italiana de Padua.
Concluida la eucaristía, la imagen de San Antonio recorrió en procesión las empinadas calles de Vegas de Domingo Rey entre cánticos, plegarias y muestras de fervor popular, antes de regresar a su altar en la parroquia, donde quedó nuevamente entronizada.
La celebración continuó después con un vino español ofrecido de forma dádiva por el Ayuntamiento de Agallas en el salón habilitado para este tipo de encuentros. Allí, entre brindis, conversaciones y recuerdos compartidos, vecinos y oriundos prolongaron una jornada marcada por la concordia, el afecto y ese sentimiento de pertenencia que, año tras año, sigue dando sentido a las pequeñas grandes fiestas de nuestros pueblos.