Aplaudimos al papa cuando habla de la dignidad humana, de que todos los seres humanos son sujetos de dignidad, como dijeron los humanistas del renacimiento y como también, respecto a los indios dijeron los eminentes teólogos de la Escuela de Salamanca…
Aplaudimos al papa y decimos que suscribimos todo lo que dijo, pero luego pactamos las exclusiones de los inmigrantes (los nacionales primero; esa falacia o patraña, como se quiera con la que se pactan gobiernos autonómicos) y de los humildes y de los sin techo, como si tal cosa.
Aplaudimos al papa, cuando afirma que son reprobables los usos de las prácticas religiosas como fachada o escaparate, como convención social (y aquí surge el enunciado evangélico de los sepulcros blanqueados)…, cuando luego se está perjudicando a parte de la población, la más precaria, con políticas solo al servicio de los poderosos. Y seguimos yendo a misa como si tal cosa.
Muchas serían las cosas que podrían decirse del paso por nuestro país de León XIV, que ha dejado mensajes progresistas en lo social y conservadores en lo doctrinal. Y que ha guardado también silencio frente a cuestiones palpitantes que se plantean hoy los ciudadanos y ciudadanas y la opinión pública más atenta a la problemática del ser humano en esta contemporaneidad tan convulsa que nos toca vivir y soportar.
Silencios sobre los conflictos bélicos que asolan nuestros días, sobre el genocidio palestino, sobre los abusos del clero con niños y adolescentes (una herida abierta), sobre la situación de las mujeres en la iglesia…
Todas estas cuestiones se están comentando estos días en tertulias televisivas y radiofónicas y en artículos de opinión de los periódicos.
El paso del papa por nuestro país, en general, ha sido beneficioso. Su atención a algunos problemas sociales de nuestros días, a los sectores frágiles (inmigrantes, pobres, personas víctimas de determinados conflictos), su apelación al bien común, a la concordia, al entendimiento, sus referencias a la cultura española (Escuela de Salamanca, Santa Teresa, Cervantes, Miguel de Unamuno), su presencia en la Sagrada Familia de Gaudí (un artista y místico al tiempo)… son aspectos que hay que valorar.
Pero, pese a la visita papal, seguimos con nuestras hipocresías y paradojas de siempre. Con ese lema, tan trágico y tan cínico, al tiempo que hipócrita, de buenas palabras y malos hechos. Con esos acosos y derribos que marcan nuestra vida pública de los últimos tiempos y de hoy mismo.
Y entonces ¿qué más da que aplaudamos siete o setenta minutos unas palabras que tratan de establecer una cierta sensatez civilizada en pro del bien común, si no nos bajamos del burro, si seguimos, como acostumbramos, en las andadas del ruido y la furia?
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.