Cerca de 95 mayores participan en el Proyecto de ‘atención a personas con funciones cognitivas deterioradas’ donde las relaciones sociales son la mejor terapia
En las aulas de Cruz Roja en Salamanca, el murmullo de las conversaciones se mezcla con el sonido de los lápices sobre el papel. Lo que a primera vista parece una clase convencional es, en realidad, un refugio contra el aislamiento para cerca de 95 personas mayores de Salamanca. Se trara del Proyecto de ‘atención a personas con funciones cognitivas deterioradas’. En una jornada de estos talleres, hemos conocido diferentes historias de sus protagonistas, como las de Pascual o Teresa y Paulina.
El proyecto, que cumple ya diez años de trayectoria, cuenta con la financiación de la Junta de Castilla y León a través de la subvención anual del IRPF. Su funcionamiento combina tareas para realizar en casa con sesiones presenciales de corrección y apoyo mutuo.
Bajo la dirección de Trinidad Mateos, psicóloga y técnica del programa, y un entregado equipo de voluntarias, los talleres se convierten cada lunes y miércoles en un espacio donde ejercitar la mente es tan importante como compartir un abrazo o una confidencia.
La metodología se adapta a las estaciones y festividades del año, desde el Lunes de Aguas hasta el Día de la Madre, utilizando la lectura de poemas en voz alta y ejercicios prácticos para estimular la fluidez verbal y la memoria de los asistentes.

“Todos los proyectos de Cruz Roja tienen el objetivo de crear red social, es decir, que salgan de casa. A veces decimos que la actividad es la disculpa”, explica la psicóloga. El verdadero éxito radica en romper la rutina y ofrecer un entorno seguro.
Esta visión la comparte plenamente María Jesús, voluntaria desde hace cinco años, coincidiendo con el inicio de la pandemia. Para ella, el vínculo afectivo que se genera entre las usuarias supera cualquier expectativa técnica del taller.
“ V i e n e n también a socializar, establecen relaciones entre ellos cuando no se conocen, y luego crean una red, se hacen amigas y quedan”, relata María Jesús con emoción. “Yo vengo porque me aportan, me dan vida; las quiero con toda el alma”, confiesa la voluntaria jubilada.
Las sesiones presenciales se estructuran en diferentes turnos para ofrecer una atención cercana y personalizada a cada uno de los participantes. El calendario semanal se distribuye de la siguiente manera: los lunes por la tarde hay dos grupos de 16:30 a 17:30 h. Y los miércoles por la mañana, un total de tres grupos consecutivos de 10:00 a 11:00 h, de 11:00 a 12:00 h y de 12:00 a 13:00 h.
“Hay que adaptar el ritmo a cada persona”
Durante estas horas, los usuarios realizan una gran variedad de ejercicios de estimulación cognitiva diseñados específicamente para sus necesidades como actividades de cálculo numérico y operaciones sencillas., ejercicios de percepción, atención y concentración visual; dinámicas de colorear y buscar diferencias entre dibujos o la lectura de textos y poemas para trabajar la comprensión y fluidez verbal.
El equipo de apoyo, formado por entre ocho y diez voluntarias como Pilar o Inma, cuenta con perfiles muy diversos. Entre ellas destaca la joven dominicana Lilian Giselle Doñez
Pineda, estudiante de neuropsicología que finaliza ahora su estancia en Salamanca.
“Aquí trabajamos la memoria, la atención y el lenguaje, porque tenemos deterioro cognitivo leve en algunos de ellos”, detalla Lilian Giselle, quien destaca la necesidad de
adaptar el ritmo a cada persona con paciencia y empatía.

A pesar de las pequeñas diferencias lingüísticas de su país de origen, la joven asegura llevarse un aprendizaje imborrable. “Ser voluntario es un compromiso, es amor, es paciencia”, afirma antes de regresar a la República Dominicana.
Tanto las voluntarias veteranas como las más jóvenes coinciden en que el tiempo dedicado regresa multiplicado en forma de cariño. “Recomiendo el voluntariado porque es una parte donde crecemos como personas y fomentamos la empatía”, concluye Lilian Giselle.