Algunas temporadas vivo en el aire más que en la tierra. No tiene ningún mérito por mi parte más que el resistir a los malos modos de las compañías aéreas y, sobre todo, a los de sus pasajeros. Al cabo del año me llevo muchos berrinches, practico frecuentemente la carrera aeroportuaria con maleta de mano (debería ser considerada deporte olímpico) y me repito varias veces a mí misma que el año que viene volaré lo indispensable y solo si me obligan.
Hasta hace pocos años, apreciaba el rato en el aire para leer, escribir y pensar en mis cosas porque en aquella quietud a diez mil pies poco más se podía hacer, además de agradecer un cierto silencio adormecedor. Ahora, gracias a los muchos aparatos que llevamos todos encima, y de los que a veces las azafatas tienen que arrancarnos y reñirnos para que los apaguemos cuales colegiales, todo ese silencio terapéutico se ha terminado; por no hablar de las épocas en las que los aviones se llenan de niños que ven dibujos animados (digo yo que no será porno) a un volumen que fácilmente se escucha desde tierra firme sin que sus padres, que llevan auriculares para no oírlos, se den por aludidos. Admiro muchísimo a los y las azafatas que tienen que lidiar cada día, en un espacio tan estrecho y sin posibilidad de repartir collejas, con toda esa tropa de maleducados profesionales que se levantan cada mañana y cogen un avión; y créanme que estos últimos son miles. No entiendo como no les damos a estos pobres trabajadores del aire un doctorado en psicología y protocolo al final de sus carreras con todos los honores posibles, que se lo merecen.
Hace unos días, una huelga espontánea de los controladores me tuvo tres horas merodeando por el aeropuerto y una hora y media sentada en el avión sin despegar. Una oportunidad de oro para contemplar el zoológico humano en directo y sin filtros; porque finalmente un aeropuerto no es más que una jaula de fieras con tiendas y cafeterías de a millón, de donde solo se puede salir, enjaulado también, en el artefacto que vuela. El aeropuerto es salón de pasos perdidos donde los humanos se mezclan sin distinción de color ni religión, un desparrame de brazos ocupados y piernas que descansan sobre las maletas o sobre el asiento de enfrente y, con ello, impiden ocuparlo a otros viajeros. Hay miradas ocultas tras unas gafas de sol a plena luz del día, caras que enseñan lo mal que han dormido esa noche o lo mucho que han llorado al despedirse del ser querido. Niños que buscan la mano de sus padres cuando a estos no les queda ni un dedo libre de paquetes y bolsas; personas mayores de esa tercera edad rejuvenecida y bullanguera que han descubierto en Dubái un nuevo Benidorm y que si en el Golfo la cosas se ponen feas, se vuelven a Benidorm tan contentos. Hay familias que viajan juntas sin estar unidas y muchos viajeros solitarios a quienes el gentío hace compañía. Hay cada vez más prisa y menos risa porque son más los que viajan por negocio que por ocio y decenas de mochileros que tanto me recuerdan a la joven con mochila que yo misma fui, pero que tuvo la suerte de recorrer toda Europa en tren donde cada trayecto tenía una carga poética que estos mochileros de avión nunca podrán saborear.
La huelga de controladores de hace dos semanas no será la última de mis días. Aquellas fueron horas de una de esas tardes soleadas y eternas del verano nórdico, cuando hay luz hasta las once; una luz de tormenta que pintaba los aviones inmóviles de todos los colores y con todos los reflejos posibles; uno de esos días en los que una vive dentro de un cuadro de Magritte y que a mi alrededor nadie parecía apreciar entre los que no paraban de hablar por teléfono y los que soltaban improperios contra quienes organizan esta locura aérea y a quienes quieren sustituir por máquinas, cosa que da un poco de miedo, hay que admitirlo. Los controladores en huelga nos regalaron horas de espera innecesarias y, a más de uno, mucha frustración y rabia por lo inesperado, pero el día que las torres de control se vacíen de seres humanos, ese día sí que sí, definitivamente me bajo de los aviones. Para siempre.
Concha Torres
La empresa Diario de Salamanca S.L, No nos hacemos responsables de ninguna de las informaciones, opiniones y conceptos que se emitan o publiquen, por los columnistas que en su sección de opinión realizan su intervención, así como de la imagen que los mismos envían.
Serán única y exclusivamente responsable el columnista que haga uso de nuestros servicios y enlaces.
La publicación por SALAMANCARTVALDIA de los artículos de opinión no implica la existencia de relación alguna entre nuestra empresa y columnista, como tampoco la aceptación y aprobación por nuestra parte de los contenidos, siendo su el interviniente el único responsable de los mismos.
En este sentido, si tiene conocimiento efectivo de la ilicitud de las opiniones o imágenes utilizadas por alguno de ellos, agradeceremos que nos lo comunique inmediatamente para que procedamos a deshabilitar el enlace de acceso a la misma.