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“Nadie ha sostenido la estructura de nuestra sociedad con tanta generosidad como las amas de casa”
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GRACIA SÁNCHEZ, PRESIDENTA DE LA ASOCIACIÓN DE AMAS DE CASA, CONSUMIDORES Y USUARIOS

“Nadie ha sostenido la estructura de nuestra sociedad con tanta generosidad como las amas de casa”

Publicado 12/06/2026 20:50

La salmantina repasa una vida de lucha desinteresada por la dignidad de la mujer, el consumo y el asociacionismo local

La historia reciente de Salamanca no se puede entender sin el papel fundamental que han jugado las mujeres en el tejido asociativo, un movimiento invisible pero vertebrador que tuvo en la Asociación de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios su trinchera más noble y que fue reconocida el pasado año con la Medalla de Oro de Salamanca. Al frente de esta nave, durante décadas, ha estado Gracia Sánchez, una mujer que roza los 90 años y que, con la lucidez intacta de quien ha visto cambiar un país entero, repasa una trayectoria vital dedicada a dar voz y refugio a miles de salmantinas. Sánchez echa la vista atrás no con la nostalgia del que añora el pasado, sino con el orgullo de quien sabe que sembró en tierra fértil cuando el invierno era más crudo.

Para comprender la magnitud de esta lucha, es necesario hacer un ejercicio de memoria y retroceder a una España en blanco y negro, un país donde la mujer requería de autorización marital para abrir una cuenta bancaria o aceptar un trabajo. Los primeros pasos de la asociación se remontan al año 1972, cuando María Luisa Oliete la fundó en la capital del Tormes. Aquella iniciativa no nacía de la nada; era el fruto tardío de la primera Ley de Asociaciones de 1964, que había permitido que en Madrid, ya en 1966, se creara la primera agrupación de amas de casa. Salamanca, siempre pausada pero constante, se incorporó a este movimiento con el firme propósito de formar a las mujeres, de darles una voz que la sociedad les negaba y de ofrecerles un espacio de socialización más allá de las cuatro paredes del hogar. Era un feminismo primigenio, de base, que no se teorizaba en las universidades, sino que se ejercía en el día a día, rescatando a la mujer de una integración absoluta y sumisa a la familia y al marido.

Gracia Sánchez se incorporó a este proyecto en 1983, tras haber vivido varios años fuera de España. Su regreso a Salamanca coincidió con una necesidad personal de integrarse en la sociedad local, y fue el eco de una asociación que defendía a las mujeres lo que la llevó a cruzar su umbral. Por aquel entonces, la estructura de la entidad se mantenía con el esfuerzo de pioneras como Carmen o María Ángeles, entre otras, quienes sobrevivían con las cuotas de las socias y una fe inquebrantable en su labor. Gracia asumió la presidencia en 1992, inaugurando la que sería la época de mayor esplendor de la agrupación. Durante la primera mitad de la década de los noventa, la asociación alcanzó la asombrosa cifra de 1.500 asociadas activas. “Llenábamos todos los teatros”, recuerda Gracia con una sonrisa que ilumina su rostro al evocar aquellos años en los que cualquier convocatoria se convertía en un acontecimiento social en la ciudad.

Sin embargo, detrás de los viajes, las conferencias y la aparente ligereza de las reuniones, la asociación se convirtió en un auténtico salvavidas para mujeres que sufrían en silencio las mayores tragedias de la época. En aquellos años, ante la absoluta inexistencia de instituciones públicas de apoyo o de protocolos de protección, las amas de casa eran el único lugar al que acudir cuando la desesperación llamaba a la puerta. “Eran casos a veces desgarradores. Escuchar a mujeres con hijos en la drogadicción de la heroína, con violencia de enfermos mentales, violencia machista, todo tipo de violencia”, relata Sánchez con un hilo de voz que aún denota el peso de aquellos secretos compartidos. La asociación no tenía psicólogos ni abogados en nómina, pero tenía algo más escaso y valioso: la capacidad de escuchar sin juzgar. Desde la discreción de sus despachos, derivaban los casos más graves a Cáritas o a las parroquias, y luego iniciaban un proceso de sanación colectiva integrando a estas mujeres en excursiones, mesas redondas y exposiciones.

Aquellas salidas de un día, aquellos viajes en autobús que hoy pueden parecer rutinarios, eran para muchas de ellas la única ventana al aire libre en una vida de asfixia. Las hijas y nietas de aquellas mujeres aún se acercan hoy a Gracia para agradecerle aquellos años: “Mi madre fue cuando mejor estuvo, volvía a casa tan contenta que nos contagiaba”. Era una transformación casi física; las mujeres se arreglaban, iban a la peluquería, compartían un café y, por unas horas, lograban desconectar de realidades durísimas. A pesar de que el machismo de la época intentó ridiculizarlas tildándolas despectivamente de “marujas”, ellas respondieron con dignidad, construyendo una red de sororidad que devolvió la autoestima a toda una generación de salmantinas que habían olvidado lo que era sonreír.

Entre la marea de testimonios que dejaron una huella imborrable en el alma de la presidenta, destaca una historia que retrata con crudeza la sumisión y el límite de la resistencia humana. Ocurrió en su despacho, donde se presentó una mujer cuyo marido sometía a la familia a un trato diario que Gracia califica de “horroroso”. El hombre controlaba cada céntimo, insultaba durante las comidas y mantenía a sus hijos en un estado de terror constante. Un día, mientras almorzaban, el marido sufrió un colapso fulminante y falleció repentinamente sobre el plato. La reacción de la esposa, llevada al límite de la desesperación por años de maltrato, no fue el llanto, sino un suspiro de liberación primaria: “Pues a comer hoy, a comer al menos un día que vamos a comer en paz”. Esta historia, que Gracia relata con un profundo respeto por la psicología de la víctima, evidencia hasta qué punto el hogar podía convertirse en una cárcel.

La defensa de los consumidores y el histórico salto a la política local

Con el devenir de los años, la asociación entendió que la defensa de la mujer también pasaba por su capacitación como ciudadana y consumidora. La tragedia del aceite de colza en 1981, que causó miles de víctimas en España, desveló la total desprotección de los ciudadanos ante el mercado y aceleró la promulgación de la primera Ley de Defensa de los Consumidores de 1984. La agrupación salmantina se adaptó a los nuevos tiempos y pasó a denominarse Asociación de Amas de Casa, Consumidores y Usuarios. Para liderar este cambio, Gracia Sánchez se formó intensamente durante meses adquiriendo conocimientos técnicos que luego revertiría en sus asociadas a través de cafés coloquio y charlas informativas. “El mejor defensor del consumidor es el mismo, cuando conoce sus derechos”, sostiene con firmeza.

Esta intensa actividad social no pasó desapercibida en los círculos políticos de la época. Gracia participaba activamente en la Asociación Democrática Conservadora, vinculada inicialmente a figuras como Isabel Tocino y, posteriormente, a Elena García Botín bajo las siglas de Mujeres para la Democracia. Eran tiempos de un activismo apasionado y costeado por sus propios bolsillos; Gracia recuerda cómo viajaban a Madrid pagándose el billete para asistir a congresos donde, lejos de la polarización actual, compartían debates y armonía con el sector progresista liderado por una joven Margarita Robles. “Había mucha más armonía entonces”, evoca.

En 1995, el entonces candidato a la alcaldía de Salamanca, Julián Lanzarote, la llamó para formar parte de su lista electoral. Confluían en ella el bagaje social, el liderazgo sobre un colectivo inmenso de votantes y la necesidad de incorporar perfiles femeninos potentes a la política municipal. Gracia aceptó con la condición de ir en el número 7 de la lista, su número de la suerte, y tras lograr una histórica mayoría absoluta, se convirtió en la primera concejala de Consumo de la ciudad. Su paso por el Ayuntamiento de Salamanca dejó un legado imborrable: impulsó la creación de la concejalía de Mayores, fue la primera mujer teniente de alcalde en presidir los plenos municipales y creó en 1997 la Junta Arbitral de Consumo, una estructura pionera que el consistorio aún mantiene hoy a través de la OMIC. Tras cuatro años de intensa labor local, dio el salto a las Cortes de Castilla y León, donde ejerció como procuradora durante otra legislatura.

El reto del relevo generacional y la crítica al feminismo politizado

Tras ocho años en la primera línea política, Gracia regresó a su hogar natural, la asociación, que hoy se enfrenta al doloroso desafío del relevo generacional. Con apenas 120 socias y una edad media muy elevada, la presidenta lamenta que la sociedad actual haya perdido el espíritu de asociacionismo: “Hoy nadie se asocia a nada”. Sin embargo, su defensa del colectivo de las amas de casa permanece inalterable frente a quienes pretenden minusvalorar su papel. Para Gracia, el ama de casa es la figura que más ha aportado a la sociedad y a los gobiernos, ahorrando millones de euros en residencias, guarderías y cuidados familiares. Asimismo, aprovecha cada ocasión para rendir un sentido homenaje a la mujer del campo, aquella que compaginaba las duras tareas agrícolas y ganaderas con el cuidado del hogar, trabajando sin descanso y llegando a la vejez sin una cotización propia que respaldara su jubilación.

Al mirar el presente, Gracia Sánchez se muestra sumamente crítica con la deriva del movimiento feminista contemporáneo, al que acusa de haberse politizado en exceso y de haber perdido el rumbo. “El mensaje actual es equivocado. Ahora ya todo se hace por dinero; si no me pagan, no soy nada, no hago nada”, sentencia con la autoridad que le otorgan décadas de voluntariado real, de trabajo desinteresado y de lucha a pie de calle.

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