La parroquia ecléctica de la calle Toro de Salamanca custodia un valioso museo de arte rescatado y rinde tributo al patrón desde 1896
El emblemático templo de la calle Toro se consolida como un referente de la arquitectura ecléctica y un auténtico museo de arte sacro recuperado. La parroquia, erigida a finales del siglo XIX, mantiene una intensa actividad pastoral y custodia valiosas piezas procedentes de iglesias salmantinas ya desaparecidas.
Ubicada en la bulliciosa calle Toro, la iglesia de San Juan de Sahagún representa uno de los hitos arquitectónicos más singulares del centro de Salamanca. El edificio rinde tributo al fraile agustino y patrón de la ciudad, célebre por su papel pacificador durante los sangrientos enfrentamientos nobiliarios del siglo XV.
La historia de esta comunidad comenzó antes que la del propio edificio. El obispo Tomás de Cámara y Castro decretó la erección canónica de la parroquia el 1 de julio de 1887, asignándole temporalmente la desaparecida iglesia de Santa Eulalia mientras se proyectaba un templo definitivo.
El lugar elegido fue el solar que ocupaba la antigua iglesia de San Mateo, un templo datado en el siglo XI que contaba con columnas y arcos de época bizantina y armaduras de madera en lugar de bóvedas. Este primitivo edificio fue derribado en 1891 debido a su estado completo de ruina, lo que brindó la oportunidad de proyectar un nuevo espacio religioso monumental.
El diseño y la ejecución del templo experimentaron varias fases. El primer proyecto fue esbozado en junio de 1889 por el arquitecto diocesano José Secall, quien planteó un edificio de 40 metros de longitud con un presupuesto de 131.335,66 pesetas. Sin embargo, este diseño inicial fue descartado.
La mayor parte de la edificación se realizó bajo la dirección de Joaquín de Vargas y Aguirre entre 1892 y 1894, quien dotó al edificio de su impronta característica y fijó sus dimensiones definitivas en 36 metros de largo por 25 de ancho. Finalmente, el arquitecto bilbaíno José María Basterra asumió la dirección en enero de 1895 para culminar los trabajos.
El 1 de marzo de 1891 se colocó la primera piedra en el ángulo noreste del futuro templo. La pieza llevaba grabada la inscripción “factus in caput anguli” y el acto contó con el alcalde de la ciudad, Matías Prieto, como padrino de la ceremonia.
El emplazamiento generó un intenso debate con el Ayuntamiento de Salamanca. El consistorio proponía construir sobre los cimientos exactos de la antigua parroquia, lo que habría situado el edificio en una posición diagonal respecto a la plaza. El obispo Cámara se opuso firmemente y propuso unas bases claras: situar el templo en el eje de la plazuela, hacer desaparecer la iglesia de San Justo y acometer expropiaciones voluntarias.
Tras la intervención del Ministerio de Gracia y Justicia, se aprobó la alineación defendida por la Diócesis. Esto obligó a expropiar viviendas anexas, como la de las sobrinas del difunto párroco de San Mateo, quienes solicitaron 85.000 reales por su propiedad. Durante el proceso también surgió un conflicto legal con Amador Martín, proveedor de piedra de Villamayor, que se resolvió con el pago de 1.250 pesetas por parte del obispado.
La financiación supuso un verdadero reto. Las obras comenzaron con un fondo de 48.901,57 pesetas, sufragado mediante los restos del derribo de San Mateo y San Justo, aportaciones del propio prelado y limosnas. Entre los donantes destacaron:
Pese a estos esfuerzos, las obras se cerraron con un déficit superior a las 190.000 pesetas.
El edificio se inscribe en las corrientes historicistas y eclécticas de finales del siglo XIX. Construido íntegramente con piedra franca de Villamayor, el templo combina la sobriedad del neorrománico con elementos decorativos propios del neogótico.
El elemento exterior más llamativo es su torre campanario de 50 metros de altura, cuya aguja puntiaguda se inspira directamente en la famosa Torre del Gallo de la Catedral Vieja. La fachada principal destaca por un gran rosetón de estilo neogótico que ilumina el coro.
A sus lados se ubican dos soberbios altorrelieves de bronce, obra del escultor Aniceto Marinas, fundidos en los talleres Masriera y Campins de Barcelona. Estas piezas representan los dos grandes prodigios del patrón:
El interior presenta una planta de cruz latina con presbiterio poligonal, emulando las soluciones del románico medieval. Más allá de su arquitectura, el templo funciona como un refugio de patrimonio, albergando piezas de iglesias salmantinas desaparecidas como San Mateo, San Boal, Santa Eulalia y San Antonio el Real.
El inventario artístico del templo se distribuye por sus diferentes espacios a modo de museo rescatado, comenzando por el altar mayor, que está presidido por un Cristo crucificado del siglo XVIII, procedente probablemente de la desaparecida iglesia de San Antonio el Real. A sus lados, el espacio se enriquece con dos obras contrastantes: en el lado del Evangelio se ubica una talla moderna de San Juan de Sahagún sobre una peana de piedra, mientras que en el lado de la Epístola descansa La Virgen con el Niño (Theotokos), una valiosa talla policromada de principios del siglo XV originaria de San Boal, adornada con coronas de plata. Muy cerca, junto al presbiterio, llama la atención la imagen de Nuestra Señora de los Dolores, cuya principal particularidad reside en que el pecho del Cristo que sostiene en su regazo funciona como sagrario.
El recorrido por las naves laterales revela más tesoros patrimoniales. La capilla del Baptisterio alberga una pila bautismal de granito recuperada de San Mateo y el óleo de la Virgen del Buen Consejo, una obra traída de Italia por el obispo Cámara, restaurada en Francia y enmarcada en un retablo rococó procedente de San Boal. Por su parte, la capilla de San José acoge una escultura barroca policromada del siglo XVII, y la capilla del Vía Crucis guarda el Cristo del Amparo, datado en el siglo XVIII, junto a catorce singulares cruces de hierro con esmalte verde.
Finalmente, en la entrada del templo reciben al visitante las tallas de Santa Lucía (siglo XVIII), Santa Águeda (siglo XVI) y Santa Bárbara. El conjunto se completa con una capilla enrejada que protege tres destacadas esculturas del siglo XVII pertenecientes a la escuela sevillana: San Antonio de Padua, San Francisco de Asís y San Diego de Alcalá.
Aunque el cuerpo íntegro de San Juan de Sahagún reposa en la Catedral Nueva, el templo de la calle Toro custodia una reliquia insigne bajo el altar mayor: el húmero del brazo izquierdo del patrón. Esta reliquia se conserva en una arqueta rectangular de madera, plata y marfil, apoyada sobre cuatro patas de águila y decorada con escenas repujadas por el Premio Nacional José Sánchez.
La bendición inicial del templo tuvo lugar el 21 de noviembre de 1895, seguida de una multitudinaria procesión desde la Catedral. Sin embargo, la consagración oficial se celebró en octubre de 1896 con unas fiestas que se prolongaron durante tres días. El evento congregó al nuncio del papa León XIII, el cardenal Cretoni; al arzobispo metropolitano, el cardenal Cascajares; y a los obispos de Jaca, Ávila, Zamora, Astorga, Ciudad Rodrigo y Salamanca. Durante estas jornadas, la urna con el cuerpo del santo fue trasladada al nuevo templo en una procesión iluminada por miles de farolillos de colores.
Décadas más tarde, el 18 de febrero de 1967, el obispo Mauro Rubio Repullés consagró el actual altar tras una remodelación interior adaptada a las directrices del Concilio Vaticano II, buscando una mayor austeridad y resaltando la belleza desnuda de la piedra de Villamayor.

Más allá de su incalculable valor arquitectónico y patrimonial, la iglesia de San Juan de Sahagún alberga hoy una dinámica realidad pastoral. Rafael Blanco, sacerdote diocesano con 32 años de ministerio y copárroco de la unidad pastoral —parroquias de San Juan de Sahagún y San Marcos, también Cabrerizos— desde el curso 2019-2020 junto a Roberto Ruano, destaca la vitalidad de este espacio.
“En estos siete años hemos descubierto las muchas posibilidades que tienen al hallarse en el centro y ser lugares de convocatoria”, explica el párroco. En este sentido, subraya la proliferación de grupos de Biblia y de adultos, así como una intensa vida catequética que reúne a “unos 200 niños del entorno residencial y a través de los colegios”.
La actividad diaria del templo se complementa con equipos de atención a enfermos y una necesaria labor de acción social. Sin embargo, Blanco destaca especialmente la respuesta de los fieles: “Valoramos como un hermoso regalo el hecho de que haya muchas eucaristías, a cual más concurridas y con unas asambleas orantes de una calidad excepcional que nos exigen preparar bien las homilías y la liturgia”.
Tras haber ejercido su labor en diversas localidades de la provincia, el sacerdote reconoce que el centro urbano tiene “otro cariz muy distinto”. Su trayectoria incluye servicios en Frades, Navarredonda, Villares de la Reina, Monterrubio de Armuña y Mata de Armuña.
“Quizá no hay tanta referencia comunitaria como en una comunidad rural; sin embargo, se generan unas comunidades muy vivas que en lo humano y en lo cristiano encuentran en la parroquia su referencia”, reflexiona Blanco.
Como custodios actuales de este legado histórico, el equipo sacerdotal asume una gran responsabilidad. “Nuestro compromiso es custodiar el arte que estas parroquias han recibido, restaurarlo y cuidarlo en la medida de lo posible”, concluye el párroco, quien define su labor en este emblemático templo salmantino como “un auténtico regalo de Dios”.
FOTOS: DAVID SAÑUDO
(Algunos de los detalles y fechas de este artículo se han recogido de la publicación 'Apuntes para una historia de la iglesia parroquial de San Juan de Sahagún de Salamanca', del párroco e historiador Juan Manuel Sánchez Gómez)