Al pueblo pequeño le crecen las gentes con la fiesta de la patrona o con la celebración del personaje histórico, y las calles se engalanan como los vecinos y visitantes, se abren las casas y se llena la carpa del encuentro con la comunión compartida de la comida y esa sangría que se calienta al sol, a despecho del hielo para aguar el vino, con el que saciamos la sed en el milagro de la generosidad municipal. Pueblo chico de inviernos quietos en las calles a las que miran las ventanas de postigos cerrados, las ventanas cegadas que ya no saben de visillos que se corren, de mujeres buscando la luz para la costura, el hombre, el rayo de sol para el periódico de otro tiempo.
Y entre las piedras que construyen la pared centenaria, la ventana se asoma con su ojo tapado. Son, entre sillares labrados a maravilla, los dinteles de la casa el lujo de la proporción, el arte de la permanencia, la sobriedad de la belleza. Alguien los alzó y los equilibró en medio de los muros calzados con los pedazos de pizarra para sostener puertas y ventanas que ahora a ninguna parte llevan, y ahí siguen, para recordarnos la fuerza de los otros, los predecesores, los que no tenían más máquinas que sus manos y la palanca de su oficio, de su pericia, de lo aprendido como niños, jóvenes, obreros de la casa que se vivía, generación tras generación, a otro lado de la celosía de madera.
Se levantaba el hogar con lo que el entorno ofrecía: piedra arenisca, granito que se tallaba en bloques de perfecta geometría, ladrillos de adobe secado al sol, hierro del yunque que hacía arados, forja de los días del carpintero José y su banco de trabajo casi en la calle, montando la mesa de la comida, el taburete del descanso frente a la chimenea que también está ciega de luz, derruida con su resto negro de tantos fuegos. Los muros han sobrevivido a la viga y al tejado que se ha caído durante los inviernos y acogen al pájaro, al gato que se despereza al sol, a la mirada del ajeno que no recuerda quién vivió en esa casa que nadie ha querido ni podido restaurar para el uso de los fines de semana, del recuerdo familiar, de lo que queda. Hogar perdido en la ruina de la diáspora.
Tienen todos nuestros pueblos pequeños este muro que se derrumba, esta ventana ciega, este temblor de cielo sin tejado. Lugares para evocar una casa con calor de hogar y gentes hacendosas, refugio y pobreza con restos de lo que nos queda. Y alrededor, en medio de la fiesta, el futuro, el niño vestido para la celebración, el sol que pega, el polvo que huele a gamarza, la carretera… y la vida que palpita, sí, la que regresa.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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