La autora norteamericana recorre en “Historias de fantasmas” la muerte de su esposo, la enfermedad y el duelo.
Dice Siri Hustvedt que el duelo es un asunto muy común. Todos lo hemos sentido, o lo sentiremos si amamos. Eso, dice la ensayista y narradora norteamericana, famosa por su conocimiento de la neurociencia, su erudición, sus novelas y su matrimonio con el imprescindible autor Paul Auster, no lo hace más fácil, pero sí al ser una experiencia compartida, hablar de ella puede ser consolador. Hablar del duelo. “Una historia de fantasmas” es un viaje por el duelo. La viuda recorre los primeros meses atroces, retrocede a los pasados en ese “Cancerilandia” que describe a los amigos, recuerda los inicios de su historia de amor… y nos entrega un libro necesario, el más personal de todos los suyos, donde aparece desnuda y desolada, casi recién viuda de un genio de las letras con el que formaba una pareja épica: talentosos, atractivos, habitantes del Nueva York más exquisito. Perfectos.
Hay una literatura de duelo, de falta, de enfermedad, de muerte, un testimonio personal que nos hace más cercano al autor. Un recordatorio de aquello por lo que pasaremos todos: el duelo, la falta, la enfermedad, el recuerdo de lo perdido. Siri Hustvedt se enfrenta a un tema tan antiguo como el hombre y lo hace con devoción, con sinceridad, con ese material documental que recuerda el largo y duro proceso del cáncer de su marido, incluso los años posteriores a la fecha mágica en la que se conocieron, 1981. Ella era una mujer brillante, de origen noruego, físicamente admirable. Él era un joven autor que se sentía inseguro por dejar un matrimonio fracasado y sobre, todo, a un hijo que siempre fue una herida abierta. El hijo de Paul Auster, rebelde, adicto, fue el causante de la muerte de su pequeña bebé por negligencia y luego, se suicidó. Su madrastra, con una finura encomiable, no obvia la historia que ocupó los tabloides y ensombreció la vida de su esposo. El esposo que no podrá asistir al crecimiento de su otro nieto, al que escribe hermosas cartas, decidido a que el bebé sepa más adelante que, en su lecho de muerte, el premiado escritor pensaba en él.
Paul Auster dio una lección de vida a su familia y a sus lectores. La pequeña obra que logró terminar ya enfermo es un alegato al optimismo. El mismo que alumbró su doloroso tratamiento. Cuando supo que se aproximaba la muerte, lo dejó todo, quiso descansar en su casa, en su biblioteca. Los paliativos se convirtieron en cotidianos y su esposa y su hija, la cantautora Sophie Auster, asistieron al final con dedicación. Fruto de la narradora que lleva un diario de los días dolorosos, este libro es un homenaje a la pareja legendaria que ganó un Premio Princesa de Asturias, al amor compartido entre las páginas y a la falta de amado. Desde la lucidez “Paul vivió setenta y siete años. No era joven. (…) vivió una vida larga, buena y productiva. Dejó muchos libros, libros amados en todo el mundo”, desde la desesperanza, “Vivir sin el contacto de Paul es una privación que, con el tiempo, se ha vuelto más dolorosa en lugar de menos”.
Todas las historias de amor, son historias de fantasmas, decía Foster Wallace, y Auster fantaseaba con volver en esa forma para saber cómo crecía su nieto, qué escribía su esposa. Una esposa que ha recuperado documentos, cartas, diarios, fotografías, vídeos, toda la parafernalia de la memoria para darse cuenta de que son fragmentos espectrales, historias de fantasmas que poco a poco, pese al dolor, atemperará el olvido. Escribir es una forma de actuar, decía Auster, escribir, para Hustvedt, es una manera de conjurar el dolor, de recordar, de fijar la historia de amor y muerte. Y nosotros, los lectores, admirados, quizás también envidiosos, emocionados y doloridos. Este libro es un milagro del amor que vence a la muerte, y un recordatorio de finales no felices: “Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Murió el 30 de abril de 2024, a las 18.58, en la casa de Brooklym donde ahora escrito estas palabras”.

Charo Alonso. Fotografía, Seix Barral.