Tiene la autovía un rumor constante de tráfico, longitud y modernidad. Y un poco más allá de sus retamas amarillas y sus carteles azules, la carreterita secundaria languidece entre sus cunetas descuidadas, sus campos de cereal abrasado por el calor repentino de mayo. Apenas pasa nadie, y a su orilla, los antiguos negocios del tránsito son ruinas para el recuerdo: un taller, un restaurante, un hostal diminuto… y un puticlub frente al que se sientan, como en la terraza promisoria de nuestras calles, dos mujeres luciendo muslos derruidos sobre la silla de plástico blanca.
Ahí están, sobre el suelo de terrazo agrietado, tranquilas, asoleadas, fumando el cigarrillo de la espera. Es de día y desde el coche no distingo sus rostros, solo su actitud descansada, su felicidad ociosa, su relajo. El pequeño cubo rodeado de alambradas tumbadas es el único negocio de la carretera secundaria que sobrevive a la autovía. Y ahí están, esperando la noche, lagartijas al sol, envueltas en el humo del sosiego.
Eran pequeños los niños y recorríamos una carretera secundaria en el norte de Gerona, cerca de la frontera, buscando el pueblo medieval donde les compramos a los pequeños dos espadas de madera. El bosque se asomaba a la cuneta y entre sus coníferas monumentales, una mujer, extraña en sus vestiduras negras, sus tirantes y sus licras penosas, esperaba sentada en una incongruente silla de plástico blanca. “Mira mamá –dijo mi sobrino- una señora de picnic” ¿Qué hacía aquella mujer depositada por el coche de su señor esperando al cliente en medio de la nada? Parecía un animalito perdido a quien nadie echaría de menos si vienen mal dadas, si su cuerpo acaba comido por los animales que seguro, sortearán su patética figura. Allí, a la intemperie de todas las crueldades. Sola. Junto a una carretera por la que pocos coches pasan, lejos de la autopista, de la rotonda, de la ruta de los camiones que atraviesan la frontera. Sola. Un animal exótico en medio de la hierba, una silla absurda en medio de la lujuria verde del norte, del bosque casi europeo en su frondosa cercanía a la montaña. Sola.
La imagen de aquella mujer de licras apretadas, sujetador negro y espera quieta en medio de la nada se quedó en la retina del horror, esperando ser inmortalizada. Sola. Depositada allí y seguro que retirada por la noche, cuando haya metido en su bolso mugriento los billetes de su turno de trabajo. Un trabajo en medio de los troncos, los tocones recubiertos de hongos, las hojas que caen en el silencio de la fronda. Sola. Y algún coche que pasa, se detiene, cliente del oficio más viejo del mundo. Y nosotros, de vuelta por otro camino, con dos niños cansados, felices, dándose en la cabeza con su espada de madera. Sola, indefensa. Callada, animal, sola. A la intemperie de la carretera secundaria.
Charo Alonso. Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.
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